
Vivimos en una época que ha decidido descafeinarlo todo. Literal y metafóricamente. Café sin cafeína, leche de avena, de soja, matcha ceremonial para no alterar demasiado el sistema nervioso… y, de paso, emociones igual de diluidas. Todo suave, todo ligero, todo fácil de digerir. Como si sentir mucho fuera un exceso y no una condición necesaria para que algo merezca la pena.
Hace dos meses, un amigo me dijo que cómo iba a ser mi novio si ya era intensa como amiga. Y ahí me quedé pensando (no en ellos, sino en algo bastante más preocupante): ¿qué le pasa exactamente a esta sociedad con la intensidad? El problema es que cuando rebajas tanto el sabor, dejas de saber a algo.
Madrid, la semana pasada, tenía otra conversación en paralelo. Varios conciertos de Rosalía. Llenos absolutos y demostraciones de lo que ocurre cuando alguien no negocia su intensidad. Porque más allá de gustos personales, hay algo incuestionable. Y es que Rosalía es una de las artistas más importantes de Europa. Y no lo es a pesar de su intensidad, sino gracias a ella. Su obsesión, su disciplina, su manera de llevar cada detalle hasta el límite… eso es intensidad. Y eso es lo que transforma algo en arte y no en producto. Tiene un vehículo de proyección porque antes ha habido una entrega radical. No hay genialidad sin exceso. No hay innovación desde la tibieza.
Y entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué hacemos los demás, los que no tenemos un escenario, ni un equipo, ni una narrativa global que sostenga nuestra intensidad? Pues, aparentemente, aprender a moderarla. A hacerla más cómoda. A no incomodar. A convertirla en algo gestionable.
Pero quizá el error está ahí. Porque si uno repasa cualquier trayectoria que haya dejado huella (en el arte, en la empresa, en la vida y en el ruedo) hay un denominador común: intensidad. Una intensidad bien llevada, eso sí. Picasso no fue moderado. Ni lo fue nadie que haya cambiado algo mínimamente relevante. Mi padre, sin ir más lejos, era un intenso de manual. Y, curiosamente, nunca dejó indiferente a nadie. Ni para bien ni para mal. Pero dejó marca.
Alguien no intenso no ha logrado absolutamente nada en esta vida. O, al menos, nada que merezca ser recordado.
Y no voy a suavizarme para encajar en un mundo que cada vez se parece más a una versión light de sí mismo. Ni debemos pedir perdón por sentir mucho, por implicarnos, por entusiasmarnos o por decepcionarnos con la misma fuerza.
Porque el problema no es la intensidad. El problema es una sociedad que ya no sabe qué hacer con ella. Y quizá ha llegado el momento de dejar de rebajarla y empezar, simplemente, a sostenerla.
