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Katy Mikhailova

El derecho a dormir

Dormir importa. Importa si eres hombre. Importa si eres mujer. Importa si tienes un niño de tres meses, una novia influencer o diecisiete brasileños en el salón.

Virginia Fonseca y Vinicius | Instagram

Hay pocas instituciones más antiguas en el fútbol que echarle la culpa a una mujer. Antes eran las modelos. Después llegaron las novias. Luego las WAGs. Ahora tenemos influencers. Cambian los tacones, los filtros y los algoritmos, pero la superstición permanece intacta: cuando un futbolista deja de meter goles, tarde o temprano alguien mira hacia el dormitorio.

La última señalada se llama Virginia Fonseca, es brasileña, influencer y novia de Vinícius. En los últimos días las redes sociales han decidido que parte de los males del delantero del Real Madrid podrían tener explicación doméstica. Fonseca graba vídeos, utiliza el gimnasio de la casa, recibe amigos, familiares, entrenadores, asistentes y, según las cuentas de algunos aficionados, llegó a reunir a diecisiete personas en casa del futbolista la víspera del partido contra la Real Sociedad. Una especie de Gran Hermano tropical instalado en casa de Vini. Faltaba Mercedes Milá.

El problema de las teorías perfectas es que a veces aparece la realidad y las estropea. El miércoles, el Real Madrid ganó 4-1 a la Real Sociedad. Mbappé hizo tres goles. Vinícius marcó otro y regaló al francés la asistencia del hat-trick.

De momento, las cremas hidratantes no parecen haber conseguido destruir al Real Madrid. Y quizá convendría empezar precisamente por ahí.

Porque el Madrid de Mourinho empieza a transmitir algo que durante demasiado tiempo pareció perdido: orden. Hay jerarquía, hay hambre y empieza a haber una química entre futbolistas que se percibe incluso antes de mirar el marcador. Mbappé juega como quien sabe exactamente qué tiene que hacer. Vini vuelve a sonreír. Bellingham encuentra espacios. Y Mourinho, que siempre ha entendido que un vestuario es mitad táctica y mitad psicología, parece haber comprendido dónde tocar.

El fútbol se juega con los pies, pero empieza bastante antes. En la cabeza. Y también, aunque resulte mucho menos épico, en la cama.

Hace ocho años, Juanma Castaño provocó una pequeña guerra nacional al afirmar que los futbolistas no podían levantarse por la noche a cuidar de sus hijos. Su argumento era sencillo. El futbolista vive también de su descanso. Contaba que algunos jugadores le habían confesado que sus peores momentos profesionales habían coincidido con los primeros años de sus hijos, cuando dormían peor.

Le llamaron machista. Yo creo que el problema no estaba exactamente en lo que decía, sino en cómo estaba formulada la ecuación.

Porque un futbolista profesional probablemente no debería levantarse seis veces la noche anterior a un partido. Una atleta olímpica tampoco.

La igualdad no puede consistir en dormir todos igual de mal. Ana Peleteiro lo explica mejor que cualquier tertulia en su Instagram recientemente. Ha sido madre sin renunciar al deporte de élite, ha entrenado embarazada y ha contado también la parte menos fotografiable de la conciliación: organizar horarios, entrenamientos, descanso, biberones y cuidados para poder seguir compitiendo al máximo nivel.

Y ahí desaparece el género y aparece algo bastante menos ideológico. La fisiología.

Dormir importa. Importa si eres hombre. Importa si eres mujer. Importa si tienes un niño de tres meses, una novia influencer, diecisiete brasileños en el salón o un vecino que decide montar una fiesta un martes. El cuerpo no conoce el feminismo ni el machismo. Conoce el cansancio.

Y es que ahora las WAGs son el "VAR sentimental" del futbolista. Si el jugador marca, nadie pregunta quién acostó a los niños. Si falla un penalti, examinamos a la novia.

Victoria Beckham conoció aquello. También Coleen Rooney. Georgina Rodríguez ha vivido bajo ese microscopio. La mujer del futbolista tiene una extraña cláusula invisible en el contrato, debe ser suficientemente espectacular para acompañar a una estrella y suficientemente discreta para que jamás parezca que distrae a la estrella.

Tiene que estar, pero no demasiado. Ser guapa, pero silenciosamente. Tener una vida propia, pero procurando que no se note durante los noventa minutos.

Durante años nos preocupó demasiado con quién se acostaban los futbolistas. Quizá habíamos formulado mal la pregunta. A mí me da exactamente igual con quién duerme Vinícius. Lo único que quiero saber es si duerme ocho horas. Mourinho puede ocuparse del resto.

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