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Así funciona el cambio de estación: la clave está en el ángulo de la luz y no en la distancia

La inclinación de 23,5 grados del eje terrestre, y no la distancia al Sol, define las estaciones al variar la radiación solar recibida cada año.

La inclinación de 23,5 grados del eje terrestre, y no la distancia al Sol, define las estaciones al variar la radiación solar recibida cada año.
Pixabay/CC/Marys_fotos

El cambio de estaciones en la Tierra es uno de los fenómenos naturales más conocidos y, al mismo tiempo, uno de los más malinterpretados. De manera general, existe la creencia de que el verano llega porque nuestro planeta se acerca al Sol y el invierno porque se aleja. Sin embargo, esta explicación es incorrecta y simplista. El verdadero motivo de las estaciones está relacionado con la inclinación del eje de la Tierra y con la forma en que el Sol ilumina su superficie a lo largo del año.

Antes de nada, es importante recordar que la Tierra no gira "recta" mientras orbita alrededor del Sol sino que su eje de rotación está inclinado unos 23,5 grados respecto al plano de su órbita. Esta pequeña desviación es suficiente para provocar grandes diferencias en la cantidad de luz solar que reciben las distintas regiones del planeta en cada momento del año. A medida que la Tierra completa su recorrido anual alrededor del Sol, esa inclinación hace que un hemisferio quede más expuesto a la radiación solar directa mientras el otro recibe los rayos de forma más oblicua.

Cuando el hemisferio norte se inclina hacia el Sol, recibe más horas de luz y una mayor cantidad de energía concentrada, lo que da lugar al verano. Al mismo tiempo, el hemisferio sur queda inclinado en sentido contrario, con días más cortos y menor calentamiento, lo que se traduce en invierno. Seis meses después, la situación se invierte.

Verano, invierno y estaciones intermedias

El funcionamiento de las estaciones puede resumirse en tres situaciones clave. Durante el verano, el hemisferio inclinado hacia el Sol recibe luz más directa y los días se alargan, lo que favorece temperaturas más altas. En invierno ocurre lo contrario: el hemisferio se inclina alejándose del Sol, los rayos llegan con menor intensidad y las horas de oscuridad aumentan.

Entre ambos extremos se sitúan la primavera y el otoño, que comienzan con los equinoccios. En estos momentos, la inclinación del eje terrestre no favorece a ningún hemisferio en particular y ambos reciben una cantidad similar de luz solar. El resultado son días y noches de duración casi igual en todo el planeta, marcando las estaciones de transición.

Solsticios y equinoccios: los hitos del año

El papel del Sol se manifiesta de forma clara en cuatro fechas clave. Los solsticios señalan los momentos de máxima inclinación hacia o en contra del Sol. En el solsticio de verano, los rayos solares inciden de forma más perpendicular sobre un hemisferio, los días son más largos y la energía solar se concentra con mayor intensidad. En el solsticio de invierno, los rayos llegan muy inclinados, atraviesan más atmósfera y pierden capacidad de calentamiento, dando lugar a los días más cortos y fríos.

Los equinoccios, por su parte, ocurren cuando el Sol se sitúa directamente sobre el ecuador. En esas fechas, día y noche duran prácticamente lo mismo en todo el mundo, unas doce horas cada uno.

Pero hay que tener en cuenta que no solo importa cuántas horas brilla el Sol, sino también el ángulo con el que lo hace. En verano, el Sol se sitúa más alto en el cielo y su energía se reparte sobre una superficie menor, calentando con mayor eficacia. En invierno, el Sol permanece más bajo y sus rayos se dispersan sobre áreas más amplias, reduciendo el calor recibido.

Un origen remoto

Se cree que la inclinación del eje terrestre se originó hace miles de millones de años, cuando un objeto de gran tamaño, conocido como Tea, chocó con la Tierra primitiva. Ese impacto alteró su eje de rotación y lanzó al espacio restos que, con el tiempo, habrían dado lugar a la Luna. Desde entonces, el eje mantiene su orientación mientras la Tierra orbita alrededor del Sol, provocando el ciclo continuo de estaciones.

Este equilibrio astronómico regula el clima, la agricultura, los ciclos naturales de animales y plantas y forma parte esencial de la vida en nuestro planeta, recordándonos que las estaciones son el resultado directo de la interacción entre la Tierra y el Sol.

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