
La enfermedad de Newcastle es una de las grandes amenazas históricas para la avicultura. Aunque para el gran público es una gran desconocida, en el sector se la considera una de las patologías más temidas por su alta capacidad de contagio y por las graves consecuencias económicas que puede provocar.
Se trata de una enfermedad vírica que afecta a gallinas, pollos, pavos y a muchas otras especies de aves. El virus se transmite con facilidad a través del aire, del agua, de los excrementos y también mediante objetos contaminados, como ropa, calzado, jaulas o vehículos que entran y salen de las granjas. En condiciones favorables, el patógeno puede sobrevivir durante días o incluso semanas en el entorno.
Los síntomas varían mucho según la agresividad de la cepa. En los casos más leves, las aves pueden presentar problemas respiratorios, decaimiento o una bajada en la puesta de huevos. En las formas más graves, la enfermedad provoca diarreas, trastornos neurológicos, dificultad para respirar y una mortalidad muy elevada, que puede llegar a afectar a prácticamente todo el lote en explotaciones no vacunadas.
Aunque la enfermedad de Newcastle se detectó por primera vez hace casi un siglo, sigue siendo hoy un problema global. El virus circula en aves silvestres y palomas, que pueden actuar como reservorio sin mostrar síntomas claros, lo que complica su control. Además, la globalización del comercio y los movimientos de animales aumentan el riesgo de que el virus salte de un país a otro.
Desde el punto de vista de la salud pública, el riesgo para las personas es muy bajo. En casos muy concretos, trabajadores expuestos a grandes cantidades de virus pueden sufrir una leve conjuntivitis, pero no se considera una enfermedad peligrosa para los humanos. El verdadero impacto se concentra en el plano económico y productivo: cuando se confirma un brote, las autoridades obligan al sacrificio de las aves afectadas, se imponen restricciones de movimiento y se refuerzan los controles sanitarios en toda la zona.
La principal herramienta para frenar la enfermedad sigue siendo la prevención. La vacunación sistemática de las aves, junto con medidas estrictas de bioseguridad —control de accesos, desinfección de vehículos, evitar el contacto con aves silvestres—, es clave para reducir el riesgo de brotes. Los expertos insisten en que mantener estas medidas de forma constante es mucho más eficaz (y menos costoso) que actuar cuando el virus ya ha entrado en una explotación.

