
Son las siete de la mañana y te acabas de levantar... Antes del café y del primer vistazo al móvil, un vaso de agua puede marcar la diferencia en el funcionamiento del organismo durante el resto del día. El motivo es que, tras siete u ocho horas de sueño, el cuerpo despierta en un estado de deshidratación moderada. Durante la noche se pierden líquidos a través de la respiración y la transpiración, por lo que el primer vaso de agua no es solo una bebida: es un mecanismo de activación sistémica.
El cuerpo humano está compuesto en gran parte por agua: aproximadamente el 75% de los músculos, cerca del 90% del cerebro, el 22% de los huesos y más del 80% de la sangre contienen este líquido esencial. Esta presencia masiva explica por qué la hidratación es fundamental para que los órganos funcionen correctamente. El agua transporta nutrientes y oxígeno a las células y actúa como amortiguador natural para proteger estructuras vitales.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se recomienda consumir entre un litro y medio y dos litros de agua al día. Sin embargo, más allá de la cantidad total diaria, el momento en que se bebe también influye en cómo responde el organismo.
Rehidratación y activación metabólica
Beber agua en ayunas restablece de inmediato el equilibrio hídrico tras la noche. Esta rehidratación inicial favorece la función renal y hepática, facilitando la eliminación de desechos metabólicos acumulados mientras dormimos. Durante el descanso, el cuerpo realiza procesos de reparación celular y "limpieza interna"; el agua matutina contribuye a expulsar esas sustancias a través de la orina.
Además, ingerir agua activa el metabolismo. Si el agua está fresca, el cuerpo necesita gastar energía para igualar su temperatura a la corporal (37 °C), un proceso conocido como termogénesis. Esto eleva temporalmente el metabolismo basal durante los minutos posteriores a la ingesta. Aunque no se trata de un mecanismo milagroso para adelgazar, sí contribuye al gasto energético.
El agua también estimula el movimiento peristáltico del intestino. Beberla con el estómago vacío favorece el tránsito intestinal y ayuda a prevenir o combatir el estreñimiento. Al mismo tiempo, puede reducir la acidez estomacal y preparar el sistema digestivo para el desayuno.
Cerebro, energía y piel
El cerebro es aproximadamente un 75% agua, por lo que, incluso una deshidratación leve obliga a las neuronas a trabajar más para realizar las mismas funciones. Rehidratarse al despertar mejora la memoria a corto plazo, la concentración y la agudeza mental. Muchos dolores de cabeza matutinos no se deben únicamente al sueño insuficiente, sino a la falta de líquidos porque el agua ayuda a evitar la presión sobre las membranas cerebrales asociada a la deshidratación.
En términos de energía, una hidratación adecuada favorece la oxigenación celular y reduce la sensación de fatiga. También influye en la salud de la piel: al mejorar la circulación y facilitar la eliminación de toxinas, contribuye a mantener la elasticidad y tonicidad cutánea. No es un efecto inmediato, pero sí una inversión sostenida en salud dermatológica. Asimismo, el agua lubrica músculos y articulaciones, ayudando al correcto funcionamiento del sistema musculoesquelético.
Cómo incorporarlo correctamente
Los expertos sugieren beber uno o dos vasos de agua, preferiblemente a temperatura ambiente o tibia, y esperar entre 20 y 30 minutos antes de desayunar. No es necesario ingerir grandes cantidades de golpe; unos 250 o 300 mililitros son suficientes para activar los procesos descritos.
En definitiva, beber agua al despertar es un hábito sencillo y de coste cero que actúa como un "encendido" biológico. Desde la primera célula hasta la última, el organismo responde a este gesto básico que optimiza funciones vitales y prepara el cuerpo para afrontar el día.

