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Por qué nunca deberías mirar el teléfono móvil mientras comes

Diversos estudios vinculan estos hábitos con la resistencia a la insulina, lo que impide que el cuerpo gestione correctamente la energía consumida.

Diversos estudios vinculan estos hábitos con la resistencia a la insulina, lo que impide que el cuerpo gestione correctamente la energía consumida.
Gente comiendo mientras mira el teléfono móvil. | Getty Images

Las pantallas forman parte inseparable de la vida cotidiana. Teléfonos móviles, ordenadores, televisores o tabletas nos acompañan durante buena parte del día, incluso en momentos que antes estaban reservados para actividades sin tecnología, como las comidas. Sin embargo, la ciencia ha empezado a señalar que esta costumbre aparentemente inofensiva puede tener efectos importantes en la forma en que comemos. Diversas investigaciones indican que la exposición a pantallas antes o durante la cena no solo distrae, sino que puede modificar el apetito, alterar el metabolismo y aumentar el consumo de alimentos.

El fenómeno está relacionado principalmente con la luz azul emitida por los dispositivos electrónicos. Este tipo de luz, especialmente intensa en teléfonos y pantallas LED, influye en el sistema hormonal que regula el hambre y la saciedad. Cuando se utiliza el móvil por la noche, el cerebro puede interpretar que aún es de día, alterando el equilibrio natural del organismo.

Cómo la luz azul engaña al cerebro

Durante miles de años, el cuerpo humano ha regulado su actividad siguiendo los ciclos naturales de luz y oscuridad. La luz solar indicaba al organismo cuándo debía estar activo y buscar energía, mientras que la oscuridad señalaba el momento de descansar.

Las pantallas modernas emiten luz azul artificial que imita parte del espectro luminoso del sol. Cuando nos exponemos a ella por la noche, el cerebro recibe una señal contradictoria: interpreta que todavía es momento de mantenerse despierto y activo. Este 'engaño lumínico' altera los ritmos circadianos y puede desencadenar señales de hambre incluso cuando el cuerpo no necesita realmente más energía.

Como consecuencia, aparecen antojos o ganas de picar alimentos, especialmente ricos en azúcar o carbohidratos, justo en momentos en los que el organismo debería prepararse para el descanso.

La batalla hormonal: grelina y leptina

Uno de los efectos más importantes de la luz azul ocurre en el equilibrio entre dos hormonas fundamentales para regular la alimentación: la grelina y la leptina.

La grelina es conocida como la 'hormona del hambre'. Su función es avisar al cerebro de que el estómago está vacío y que es necesario comer. La leptina, en cambio, cumple el papel contrario: informa al organismo de que ya hemos ingerido suficiente comida y que debemos detenernos.

La exposición nocturna a la luz azul puede aumentar los niveles de grelina y reducir los de leptina. Este doble efecto provoca que sintamos más hambre y, al mismo tiempo, que tardemos más en percibir la sensación de saciedad. En la práctica, esto significa que es más fácil comer en exceso.

Además, la luz azul reduce la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. Esta reducción no solo dificulta dormir bien, sino que también afecta a los mecanismos metabólicos relacionados con el control del peso.

Más hambre y peor control de la glucosa

La alteración de los ritmos biológicos también puede afectar al metabolismo de la glucosa. Algunos estudios han relacionado la exposición a pantallas por la noche con mayores niveles de azúcar en sangre y una mayor resistencia a la insulina.

Cuando el cuerpo presenta resistencia a la insulina, le resulta más difícil utilizar la glucosa como fuente de energía. Esto favorece que el exceso de azúcar se almacene en forma de grasa. En otras palabras, no solo se puede comer más, sino que el organismo también puede gestionar peor esos alimentos. Este proceso contribuye a aumentar el riesgo de desarrollar problemas metabólicos si se mantiene en el tiempo.

El problema de la 'alimentación distraída'

Más allá del efecto fisiológico de la luz azul, existe otro factor importante: la distracción. Comer mientras se utiliza el móvil, se ve una serie o se navega por redes sociales reduce la atención que prestamos al acto de comer.

El cerebro necesita tiempo para procesar las señales de saciedad que envía el sistema digestivo, un proceso que suele tardar alrededor de veinte minutos. Si durante ese tiempo la atención está centrada en la pantalla, estas señales pueden pasar desapercibidas.

En consecuencia, muchas personas terminan comiendo más cantidad de alimentos sin darse cuenta. Además, la memoria de lo que se ha ingerido es menos clara, lo que puede provocar que el hambre reaparezca antes.

Pantallas y elección de alimentos

El tiempo frente a pantallas también puede influir en las decisiones alimentarias. Cuando la atención está absorbida por contenido digital, la capacidad de tomar decisiones reflexivas disminuye. En ese estado, es más probable optar por alimentos rápidos y muy calóricos, como snacks o productos ultraprocesados.

A esto se suma la presencia constante de publicidad alimentaria en redes sociales, plataformas de vídeo o televisión. Estos anuncios están diseñados para activar el deseo de consumir determinados productos, incluso cuando no existe hambre real.

En niños y adolescentes, este efecto puede ser aún más intenso, ya que sus sistemas de autocontrol y toma de decisiones todavía están en desarrollo.

Recuperar una relación saludable con la comida

Aunque las pantallas forman parte inevitable de la vida moderna, es posible reducir su impacto en los hábitos alimenticios con algunos cambios sencillos. Evitar el uso del móvil durante las comidas, limitar la exposición a pantallas antes de dormir o activar filtros de luz azul en los dispositivos pueden ayudar a mitigar estos efectos.

También es recomendable recuperar momentos de atención plena durante las comidas. Comer sin distracciones permite percibir mejor los sabores, texturas y señales de saciedad del cuerpo.

En un mundo hiperconectado, recordar que nuestro organismo sigue funcionando según ritmos biológicos muy antiguos puede ser clave para mantener un equilibrio saludable entre tecnología y alimentación. La próxima vez que aparezca un antojo mientras se revisa el móvil por la noche, quizá no se trate de hambre real, sino del efecto silencioso de la luz azul.

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