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Aristóteles ante el Tribunal de Justicia de la UE

Aristóteles vería en la amnistía del procés el fin de la legitimidad política, como en las revoluciones oligárquicas que premiaban a tiranos.

Aristóteles vería en la amnistía del procés el fin de la legitimidad política, como en las revoluciones oligárquicas que premiaban a tiranos.
Dean Spielmann en un acto del Tribunal Europeo de DDHH. | Flickr/CC/CCBE Europe

Para entender a Pedro Sánchez y su coro de tertulianos mariachis hemos de remontarnos a los Treinta Tiranos en tiempos de Sócrates. Imaginemos por un momento que Trasíbulo, el héroe demócrata que en 403 a. C. expulsó a los Treinta Tiranos del Ágora ateniense, hubiera decidido, una vez victorioso, no solo perdonar a los oligarcas de base —eso era sensato, para evitar una carnicería interminable—, sino también absolver ipso facto a Critias, a Carmides y al resto de los verdugos que habían ejecutado a cientos de ciudadanos y confiscado fortunas enteras. Imaginemos que, además, lo hubiera hecho sin exigirles ni una sola rendición de cuentas, sin un escrutinio público donde confesar sus crímenes devolviendo lo robado. ¿Qué habría dicho Aristóteles? Probablemente lo mismo que diría hoy si leyera las conclusiones del abogado general de la UE Dean Spielmann sobre la amnistía que Sánchez ha concedido a los golpistas catalanistas por un puñado de votos: que eso no es reconciliación, sino capitulación; no es mesura, sino soberbia disfrazada de magnanimidad.

Y sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido en España. Los líderes del procés —nuestros particulares Treinta Tiranos con ocho apellidos catalanes— intentaron un golpe institucional contra la Constitución de 1978, declararon unilateralmente la independencia, malversaron millones y organizaron una tentativa de asalto al orden democrático. Fueron derrotados jurídicamente por el Tribunal Supremo y el Constitucional. Y ahora, desde el exilio dorado de Waterloo y subidos a los escaños que les regala una aritmética parlamentaria indecente, exigen y obtienen una amnistía a medida, redactada por ellos mismos y pagada con la investidura de un Gobierno que se arrodilla ante los vencidos.

Spielmann, con la mejor buena fe del mundo (vamos a ser caritativos), cita a Aristóteles en la Constitución de los atenienses para bendecir la operación sanchista de amnistiar incluso a Puigdemont: «Por las cosas pasadas nadie podría vengarse de nadie, excepto de los Treinta, de los Diez, de los Once y de los que mandaron en el Pireo; y ni de estos si rendían cuentas». El abogado general cree ver en Atenas un precedente glorioso de «justicia transicional». Lo que no parece haber entendido es que la frase de Aristóteles funciona aquí como un espejo invertido: lo que él presenta como ejemplo de sabiduría política es precisamente lo contrario de lo que España está haciendo.

Hagamos un análisis de lo ocurrido en Barcelona como si estuviéramos en el Liceo. En 403 a. C. los demócratas eran los vencedores militares y morales. Ellos dictaron las condiciones. Y decidieron, en primer lugar, una amnistía general e incondicional para la inmensa mayoría de los colaboradores oligárquicos (para que volvieran a casa y no alimentaran guerrillas eternas). También instituyeron una excepción expresa y punitiva para los líderes máximos: los Treinta, los Diez, los Once y los gobernadores del Pireo. Por último, incluso a estos últimos se les ofrecía una salida honorable: si rendían cuentas voluntariamente, quedaban amnistiados. Es decir, reconocimiento de sus crímenes, admisión de la verdad, humillación pública y castigo en forma de devolución de lo robado a cambio de paz.

Aristóteles aplaude esa solución porque encarna el justo medio: ni venganza ilimitada (que perpetúa el conflicto) ni impunidad ilimitada (que invita a nuevas rebeliones). Es la amistad política en acción que se reconstruye cuando los culpables principales reconocen su falta y la comunidad, magnánima, los reintegra porque han hecho el esfuerzo de reconocer su delito y han cambiado.

Nada que ver con la amnistía española de 2024. En primer lugar, sigue la impunidad selectiva e incondicional precisamente para los líderes: Puigdemont, Junqueras, Forcadell, los Jordis, los CDR y cía. No se ha dado ninguna exigencia de rendición de cuentas: ni reconocimiento de culpa, ni devolución íntegra del dinero malversado, ni renuncia explícita al unilateralismo. Por otro lado, los vencedores constitucionales (el Estado de Derecho) no son los que dictan las condiciones, sino que son los vencidos quienes las imponen desde Bruselas y Waterloo, a cambio de siete votos parlamentarios.

Es decir, la cita de Spielmann constituye la inversión del modelo ateniense. Lo que el abogado de la UE lee como precedente legitimador es, en realidad, la condena más rotunda que Aristóteles podría imaginar. En la Política, Aristóteles analiza decenas de revoluciones y apunta siempre en la misma dirección: las constituciones perecen cuando los criminales son premiados y los que se atienen a la ley son ninguneados o castigados. Perdonar a los cabecillas sin rendición de cuentas no es reconciliación; es incentivar la insurrección. Es enseñar a la siguiente generación que basta con resistir lo suficiente, huir a tiempo y esperar a que un gobierno débil compre tu silencio con impunidad. Es el camino seguro hacia nuevas crisis.

Teresa Freixes, catedrática de Derecho Constitucional, ha desmontado los errores técnicos de Spielmann: su recurso extravagante al Derecho Internacional Humanitario (como si el procés hubiera sido una guerra entre ejércitos y no un golpe institucional interno), su obsesión por demostrar que no se tocaron fondos europeos (cuando la jurisprudencia del propio TJUE considera afectado el interés financiero de la Unión siempre que se debilite la lucha contra la corrupción), y sobre todo su ceguera ante el procedimiento viciado de la LOA, que conculca la tutela judicial efectiva y convierte a los jueces en meros fedatarios de una ley pactada en Ginebra entre un prófugo y el emisario de un presidente en minoría (por cierto, últimamente en prisión por sospechas fundadas de corrupción).

Pero más allá de los árboles jurídicos que Freixes disecciona, está el bosque filosófico: lo que España ha hecho no es una amnistía aristotélica; es una anti-amnistía. Es el tipo de «reconciliación» que Aristóteles condena cuando los demagogos premian a los facciosos para conservar el poder: una facción perdona a sus propios líderes para mantener el control del Estado, mientras la otra mitad del país contempla impotente cómo se rompe la igualdad ante la ley.

Aristóteles, que no era precisamente un fanático de la democracia radical, habría aplaudido la moderación de Trasíbulo y Anito en el siglo V a. C. Pero habría visto en la amnistía del procés exactamente lo que vio en las revoluciones oligárquicas que terminaban premiando a los tiranos: el principio del fin de la legitimidad política.

Porque una cosa es perdonar al enemigo vencido desde la fuerza serena del que ha ganado legítimamente, y otra muy distinta es que el enemigo vencido te dicte las condiciones del perdón desde un chalet en Waterloo, mientras sigue proclamando que lo volverá a hacer. Eso no es prudencia y sabiduría, sino degeneración y sumisión. Aristóteles, cuyo nombre se invoca en vano, nos miraría con esa mezcla de tristeza y desprecio que reservaba a las ciudades que olvidaban que la justicia proporcional es el cemento de cualquier comunidad política que merezca sobrevivir. Ojalá el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, cuando dicte sentencia definitiva, recuerde que Europa no se fundó para legitimar capitulaciones, sino para defender el Estado de Derecho frente a quienes lo asaltan, vistan himatión griego o barretina estelada.

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