
La suerte de banderillas "es la manifestación poética del lidiador que la practica", proclamó Ignacio Sánchez Mejías en la conferencia que dictó en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1929. De las banderillas negras (él se refirió a las antiguas de fuego) habría dicho "que son una provocación a la furia, un deseo perverso". Aunque ya no se usan, valen literariamente para castigo de un ministro.
El ministro en cuestión, Ernest Urtasun Domènech, pasará a la historia como quien, siendo titular de Cultura, nada menos, canceló la presencia de Ignacio Sánchez Mejías de la conmemoración del Primer Centenario de la Generación del 27. Que, a su lado, codo a codo, estuviese otro ministro, éste Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, mencionado como presunto implicado en la trama de las mascarillas y otras porquerías, nos da una idea de quién es quién en este desatino. Y arriba del todo, el Puto Amo.
«Convertido en un auténtico mito y en una referencia esencial en la estética del 27, sólo el sectarismo totalitario de nuestro ministro puede pretender que se prescinda de su importante figura en el centenario de aquella pléyade de poetas que dieron a las letras hispánicas una nota de modernidad de la que todavía hoy vive la lírica de nuestro país», declaró a ABC Rogelio Reyes, catedrático emérito de Literatura Española de la Universidad de Sevilla y miembro de número de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, además de estudioso de la Generación del 27 o Grupo del 27 como se llamó al comienzo.
Muchos entre nosotros, desde Andrés Amorós, Agapito Mestre, Federico Jiménez Losantos, que lo hizo de "los nuestros", a otros muchos en otras atalayas, además de su propia familia, han convenido en el diagnóstico: que Ignacio Sánchez Mejías fuese torero ha resultado motivo suficiente para promover su cancelación, a pesar de saberse que impulsó, invitó, seguramente financió y agasajó a los reunidos en la Sevilla de 1927. Por si fuera poco, fue autor teatral de éxito, poeta, novelista, cronista taurino y empresario de espectáculos. La fiesta nacional de los toros debe ser cancelada porque así lo dicta un gobierno, como otro, recuérdese proclamó que España dejaba de ser católica.
El toro que mató a Sánchez Mejías el 11 de agosto de 1934 en la plaza de Manzanares se llamaba Granadino y dicen que era de remate seco, de mirada intencionada y que embestía por dentro. Ahora otro bicornio, éste político e inculto, vuelve a cogerlo en todas las plazas de toros de España con el propósito de causarle la muerte del olvido, seguramente la peor de todas. Debiera saber quien deba que a los toros que matan a toreros se les recuerda siempre. Es un destino.
Se ha dicho mucho sobre el diestro sevillano y la Generación del 27. Me atreveré a dar unos pespuntes, entre curiosos y anecdóticos no muy conocidos con el único propósito de banderillear con negrura a un ministro de Cultura que parece no ser consciente del ridículo que ha hecho, un ridículo mayúsculo y patético.
No sólo ha mostrado la cara inquisitorial y orwelliana del régimen sanchista, sino que, en su obsesión por la erradicación de los toros de la vida española, ha cancelado no sólo a un torero, sino a un personaje extraordinario de la cultura popular, de la literatura y de la vida española, más si cabe tras los poemas que le dedicaron Lorca, Alberti, Gerardo Diego y Miguel Hernández, entre otros.
El de Gerardo Diego se conoce menos:
Y ahora, Ignacio, se dibuja
en tu frente el desvarío.
Si no cabe ni una aguja
entre las tablas y el asta,
¿cómo va a pasar un río,
un vértigo, un hombre...? Basta.
¡Basta! Y no me haces caso
y rompes a abrirte paso
al hilo de la rendija.
Ay, mariposa siniestra,
clavada en la suerte, fija.
Aparta de mí, sí, aparta
tanto presagio y el llanto
de aquel novio de la Muerte."
Tampoco son muy conocidos los versos de Rafael de León, un grande de la poesía popular:
Todas las ganaderías
mugen a la misma hora
y en el filo de la aurora
junto a los bravos erales
sobre el mar de los trigales
la brisa también lo llora.
Esto parece casi natural, pero que un Giovanni Papini, en El libro negro, supiera del torero por un Lorca que le confesó estar escribiéndole unos versos, ya lo es menos. Le dijo el español al italiano: "Estoy escribiendo un poema sobre Ignacio Sánchez Mejías, uno de nuestros toreros más famosos, y espero hacer comprender la belleza heroica, pagana, popular y mística que hay en la lucha entre el hombre y el toro. Pero creo que nadie ha sabido explicar a los extranjeros el contenido profundo, sublime, y hasta diré casi sobrehumano, del sacrificio taurino."
Indalecio Prieto, gran aficionado a los toros, recordaba cuatro broncas monumentales en la plaza de Vista Alegre: la despedida de Lagartijo; la que forzó la petición de perdón de rodillas de Marcial Lalanda, que no le sirvió de nada; la que se llevó Fernando Gómez Gallito, hermano de Rafael y Joselito, que terminó en la cárcel, y la de Cocherito de Bilbao, Castor Jaureguibeitia Ibarra, "en una mala tarde, bronca que agravó Sánchez Mejías, quien iba con él como banderillero, por golpear a un fotógrafo y romperle la cámara."
Ernest Hemingway lo mencionó varias veces en sus obras. En Por quien doblan las campanas, dijo de él: "—Se inventan esas cosas después –arguyó Robert Jordan–; después que el tipo se ha muerto. Todo el mundo sabía que Ignacio Sánchez Mejías estaba a pique de recibir una cornada, porque había pasado mucho tiempo sin entrenarse, porque su estilo era pesado y peligroso, y porque la fuerza y la agilidad le habían desaparecido de las piernas y sus reflejos no eran lo que habían sido antes.
—Desde luego –reconoció Pilar–. Todo eso es verdad. Pero todos los gitanos estaban enterados de que olía a muerte, y cuando entraba en Villa Rosa había que ver a personas como Ricardo y Felipe González, que se escabullían por la puerta de atrás."
Su influencia en la vida cultural española fue tal que su presencia junto a los poetas del 27 enfadó a Juan Ramón Jiménez. De ese trance surgió la ruptura con su "secretario", José Bergamín, que lo contó así: "Yo rompí con él por un acto que promovió en Sevilla Sánchez Mejías. Juan Ramón atacó duramente a Lorca, Alberti, Guillén y Salinas; yo le dije que cambiara de conversación, pues eran mis amigos, pero él insistió, añadiendo a Prados, Altolaguirre y Cernuda, calificándolos de mariconcillos de playa."
Y sigue Bergamín: "Le dije que no podía escuchar una cosa así, ya que en Andalucía era una injuria muy despectiva, a lo que me respondió: "Y además se lo diré a ellos" . Zenobia intervino, intentando apaciguar los ánimos, pero Juan Ramón replicó: "Cerraré mi puerta y ya no tendremos nada que ver", a lo que respondí: "Voy a sentirlo mucho porque ya no podré oír todo lo malo que diga usted de mí". Todo el mundo me felicitó por mi rompimiento".[i]
Ha dicho Andrés Amorós que, de haber nacido en Norteamérica, Ignacio Sánchez Mejías, hubiera sido una estrella de cine. ¿Cómo no iba a serlo alguien que seducía a mujeres y a hombres, escribía poesía, novelas y teatro en clave psicoanalítica o taurina, que cantaba flamenco, que se emocionaba escuchando cante jondo e incluso se partía la camisa de sentimiento, que hacía las crónicas de sus propias corridas, que vestía de moros a sus invitados o los llevaba a un manicomio, que hizo textos para lucimiento de La Argentinita, su amante, o que daba conferencias en Nueva York?
Si además era un torero de postín, cuñado de Joselito el Gallo, de poderío arrebatador, eminente banderillero, queda mejor dicho. Y rematemos. Por si fuera poco, era una persona generosa y sensible al dolor ajeno. Admiraba a Manuel Torre, cantaor de Jerez, que murió pobre en Sevilla, "y allí lo enterraron de caridad, y cómo le ayudó, pagándole ocho meses de cama, en una sala de la Cruz Roja sevillana, su amigo Sánchez Mejías y cómo este mismo diestro, socorrió a Juana «La Macarrona» cuando le robaron en Madrid…el pequeño capitalito que guardaba, de cerca de diez mil pesetas, entre dinero y joyas.[ii]
Juan José Arreola, uno de los grandes escritores mexicanos de la herencia de Borges y el realismo mágico iberoamericano, dejó escrito: "Sinceramente confieso, como todos los auténticos nacidos de madre mexicana y de abuelo español, que mi deseo primero, como el del otro Machado, antes de ser un mal poeta, habría sido el de ser un buen banderillero. Ese que clava grímpolas de acero bien templado en el grueso lomo del toro de la vida. Muy adornadas, por cierto, de papirolas y oropeles chillantes. Y negras definitivas, como las de Ignacio Sánchez Mejías, ya fueran largas o cortas."
Octavio Paz, Nobel de Literatura, recordó haberlo visto torear en México. Se ha contado que "A Paz le gustaba (y le gusta) la fiesta de los toros. Fue de niño, con un tío suyo, varias veces en Ciudad de México y llegó a ver a Ignacio Sánchez Mejías torear. Volvió a frecuentar la plaza a su vuelta a México (vivía en París) a principios de los años cincuenta, pero ciertas opiniones de no sé quién –un escritor francés– le hicieron abandonar la afición…", escribió el crítico, poeta y novelista malagueño Juan Malpartida.
Como Manuel Machado, Sánchez Mejías, y así lo constató José Moreno Villa, influyó en el aprecio de lo flamenco en Lorca y Alberti, enfrentándose a las corrientes anti flamenquistas de entonces. "…Yo no creo que sin Manolo Machado hubieran conseguido García Lorca y Alberti la desenvoltura y la emoción gitana que consiguieron". La amistad de Alberti con el torero sevillano hizo el resto. Sabido es que fue una amistad que logró que el portuense se vistiera de luces e hiciera el paseíllo como peón del propio Ignacio Sánchez Mejías. Cuenta en La arboleda perdida que, en cuanto sintió cerca al toro de verdad, eligió el soneto.
Fernando Villalón, otro poeta, éste tardío, del 27, era un gran amante de los toros (si tenían los ojos verdes, mejor) y como Mejías, que le llamaba el "poeta novel", se aficionó a las letras. Su amistad no les privó de grandes irritaciones provocadas en ocasiones por la manía de Villalón por las explicaciones esotéricas o imposibles.
Una vez discutieron sobre los Reyes Magos que, según Villalón, habían pasado primero por Cádiz antes de ir a Belén lo que para el torero era inaceptable. No podía saber que en el siglo XXI un Papa, Benedicto XVI, situó, inspirado por Isaías, 60, entre otros textos, uno de los orígenes de los Reyes Magos en el reino de Tartessos que menciona a las naves de Tarsis, camellos, metales preciosos e inciensos.
De todos modos, Villalón le dedico La Toriada – Oh, padre Gerión, que no vasallos/seamos de los hombres y caballos -, y unos versos titulados Alegrías y Panaderos que empiezan así, de esta forma enigmática: "Postinera y vivaracha/se ha levantado a bailar;/ su cola arrastra al andar/ como una reina borracha." A saber a quién se refería.
Aunque después hubo mucha disputa, Sánchez Mejías le compró a Villalón, casi arruinado y antes de morir, toda su Biblioteca con el fin de ayudarlo y conservarla. Muy desagradable fue la actitud de otro poeta del 27, Luis Cernuda, que escribió a Gerardo Diego: "Ahora quisiera pedirle un favor, que no es para mí. Está en Madrid la antigua amiga de Villalón. Me dice que todos los manuscritos del mismo pasaron a poder de ese individuo a quien llaman Sánchez Mejías; que le ha pedido repetidas veces que se los devuelva, siendo difícil editarlos, para guardarlos ella misma. El tal tipo no le hace caso y por último le dice que se los ha dado a Cossío. Tal vez pueda averiguar si esto es cierto". Las cosas de la vida.
Seguramente, parece deducirse de estas palabras de Cernuda, no conocía mucho al torero a pesar de que estuvo presente entre el público que asistió al acto organizado por el Ateneo de Sevilla en homenaje a Góngora en 1927. Parece claro que no se disfrazó con chilaba y turbante en la fiesta que organizó Sánchez Mejías ni pudo ir a la visita nocturna al manicomio de Sevilla – estaba fraguando su obra dramática Sinrazón, sobre la locura -, para sus invitados. "La celeste noche surrealista del manicomio e islas adyacentes", la llamó el propio Gerardo Diego.
Parece que además de jugar al polo, boxear, conducir coches de carrera, invertir en espectáculos y en negocios varios, alguno aeronáutico, presidir el Real Betis Balompié y soñar con torear en Nueva York[iii] (nuestro amigo y escritor Boris Cimorra a punto estuvo de conseguir celebrar una corrida de toros en la Plaza Roja de Moscú), de lo poco que no quiso fue invertir en una película de Luis Buñuel, también del 27 pero de la zona pictórica, como Dalí, Benjamín Palencia y otros.
Cosa insólita era su forma de contratar a personal para su finca y casa. Jorge Guillén contó en 1965 en Cambridge que, entre los empleados de un cortijo andaluz propiedad del torero y escritor situado en Pino Montano, entonces en las afueras de Sevilla, había uno que sabía de memoria páginas enteras de Así hablaba Zaratustra, de Nietzsche. "Sánchez Mejías le llamaba ante sus invitados y decía: " A ver, Fulano, di eso de Zaratustra" . Y el hombre recitaba con vibrante entonación versículos de aquel evangelio."[iv]
En cuanto a espectáculos de baile y cante, Sánchez Mejías puso su empeño en impulsar la carrera de La Argentinita, Encarnación Gálvez, su amante, a la que no le gustaba la calva del torero. "En 1932, en el Teatro Español de Madrid, presenta su Compañía de Bailes Españoles, con un rosario de artistas flamencos que incluía a Manolita Maora, pero también a la orquesta Bética de Cámara con 40 profesores dirigida por Ernesto Halffter y a su propia hermana, Pilar López. Ignacio Sánchez Mejías y Federico García Lorca habían respaldado la función, bien con la redacción del guión, en el caso del torero, o con la aportación de canciones populares andaluzas, en el caso del poeta", ha contado Juan José Téllez.
Hasta Carmen Calvo parece haberse rendido a la excelencia del inmenso personaje que fue y es Sánchez Mejías. Cuenta Rubén Amón en El fin de la fiesta que coincidió con ella, siendo vicepresidenta del Gobierno con Pedro Sánchez, en un homenaje al torero organizado por el diestro Miguel Ángel Perera. Dice que la escuchó "definir la tauromaquia como un arte transgresor y vanguardista. Un espejo de la modernidad."
María Teresa León, en sus Memoria de la Melancolía, dice que no le gustaban los curas: "Un día, en un camino de Andalucía, llevándonos hacia Rota, hizo subir al coche a un cura que le pedía pasaje. Tiempos de la República. Al poco rato de empezar el camino, Ignacio comenzó a hablar: Padrecito, ¿qué le parece a usted lo que está sucediendo en España? El hombre se desató en consideraciones: ¡Ay, hijo, es horrible ver lo que está ocurriendo en España! Aquí los obreros faltan al respeto a la Iglesia y a los que les están dando de comer. Hace falta hacer un escarmiento. Ignacio frenó el coche con brusquedad: Bájese, padrecito, y búsquese otro chófer."
Por si aún no se ha advertido qué gran personaje ha cancelado este ministro, digamos, terminando, que tuvo un romance con la fundadora de la revista Marie Claire, la hispanista Marcelle Auclair, que compuso una importante biografía de Santa Teresa de Jesús. La conoció en casa de Jorge Guillen, pero no prosperó porque el diestro murió en 1934, no sin antes haber intentado seducirla en París, hasta donde llegaban las amargos quejidos que La Argentinita le lloró a Pastora Imperio.
Lo dicho, y lo mucho que queda por decir que es bastante más, sirva para castigar a un ministro que dicen de Cultura por haber cancelado a un personaje de leyenda de la generación del 27, que él contribuyó a hacer posible y a enriquecerla con su propia obra. Dice su personaje principal, un torero, en su drama Zayas:
"No es el toreo lo que se muere en esta casa con la extinción de todas estas cosas, soy yo, hijos míos, yo mismo quien ha muerto, ¡todo es de ustedes, todo! También yo, que ni siquiera tengo fuerzas para una queja... "
No se apuren. Sánchez Mejías siempre volvía, incluso después de retirado o muerto. ¿Por qué? Porque a sus años, ya algunos, le contó a El Caballero Audaz en una entrevista con cena en el tren Expreso de Andalucía, "hay que tener formalidad"[v]. Es lo natural. Lo ridículo es tener un Ministro de Cultura que no la tiene.
[i] Jorge Sanz Barajas, José Bergamín. La paradoja en revolución, Libertarias. Madrid 1998. Lo cita Enrique González Duro en su libro Biografía interior de Juan Ramón Jiménez, Libertarias, Madrid, 2002.
[ii] Pantoja Antúnez, José Luis, El cante flamenco en el teatro, 1, Revista de Flamencología. Año VII. Núm. 14 2º Semestre 2001
[iii] Eso le dijo a un periodista del New York Times, cuenta JJ. León Sillero en Duende Lorquiano.
[iv] Gonzalo Sobejano, Nietzsche en España, Gredos, Madrid, 1967.
[v] El Caballero Audaz (José María Carretero Novillo, que apropiado apellido), El libro de los toreros, Ediciones Caballero Audaz, Madrid, 1947, pág. 172
