
"Líderes mundiales de los ámbitos gubernamental, empresarial, de la sociedad civil y académico se reunirán… para… una acción colectiva audaz, lo que hace que esta reunión sea especialmente relevante", reza el llamado al Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) 2026.
"Colectiva" ciertamente se refiere a colectivismo y, definitivamente, no es casual. Ya hace unos años el conservador sitio online Breitbart describía al foro como "un colectivo de élites izquierdistas y sus compinches corporativos multinacionales que debaten sobre cómo configurar las agendas globales para dividir el botín".
En esta costosísima reunión que pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos, entre el 19 y el 23 de enero se encontrarán presidentes de empobrecidos países africanos, de Oriente Medio y el norte de África, de Latinoamérica, además de occidentales. En total, cientos de líderes políticos, incluidos decenas de jefes de Estado.
O sea, son muchos burócratas estatales, de esos que se dedican a "regular" el mercado —a interferirlo coactivamente—, los que allí concurren. Y los temas en la agenda son temas de cómo el Estado debe regular el mercado natural, cómo estos gobernantes deben coartar a las personas, de acuerdo con el "sector privado" allí presente. Y, por cierto, nunca olvidan "cómo mejorar los sistemas de impuestos" porque de ellos viven.
Ahora, este "sector privado" —que no es ni la millonésima parte del mercado— está conformado por empresarios, como Bill Gates (quien ha participado innumerables veces y ha amasado una fortuna exagerada gracias, precisamente, a privilegios otorgados por los burócratas presentes), como el "copyright", que es un monopolio intelectual impuesto coactivamente por el Estado. Otros, interactúan intentando que no los regulen o no los perjudiquen, política errónea, en mi opinión.
Y los discursos son incoherentes. Por su parte, los políticos latinoamericanos y africanos están preocupados por la pobreza que ellos mismos han creado, por ejemplo, con abusivos impuestos que terminan pagando los más pobres ya que los empresarios los repercuten subiendo precios, bajando salarios, etc.
"Se prevé que la economía mundial, atrapada entre las tensiones comerciales y la incertidumbre política, crezca apenas un 3,1 % en 2026… el comercio… solo aumentará un 0,9 % en 2025… A pesar de que la inflación general se ha controlado gradualmente, la subyacente sigue siendo elevada y la ratio de deuda-PIB ha escalado hasta máximos históricos del 95 %", reconoce el WEF.
Y continúa: "…el 22 % de los empleos actuales en todo el mundo cambiarán en los próximos cinco años, principalmente como consecuencia de la IA. Actualmente, 4.500 millones de personas carecen de acceso a servicios sanitarios esenciales y el sector sufre un déficit de financiación de 10.500 millones de dólares anuales, lo que subraya la urgencia de inversiones en materia de salud", afirma el WEF. Sin embargo, no dice que los que lograron esto son los mismos dirigentes que van a Davos a rasgarse las vestiduras.
Y en esto no podía faltar la "inefable" persona de Pedro Sánchez que el año pasado, en nombre de la "libertad" de participación, propuso en este foro que los burócratas de la UE controlen arbitrariamente las redes sociales y castiguen a los "díscolos".
En el otro extremo —y vale aquello de que los extremos se juntan—, Javier Milei el año pasado llegó a afirmar que "foros como este han sido promotores de la agenda siniestra de la izquierda woke". Y este año planea reafirmar sus críticas y mostrar su apoyo incondicional a Trump. Es decir, potencia y publicita, con su presencia y discurso, el WEF, en el que, sin duda, triunfa y se fortalece el discurso y las acciones woke.
La posición realista es la de Elon Musk que, precisamente, se niega a participar por considerar que, en esta cumbre, diga lo que se diga en los discursos, en los hechos solo puede favorecer al wokismo. De hecho, una de las aspiraciones del presidente argentino es la captación de inversiones y, desde su participación el año pasado, la inversión extranjera directa en su país ha sido negativa a causa de las empresas que se han ido.
Es llamativo que parte de la opinión pública tenga una imagen negativa del mercado natural cuando este no es sino las personas, la misma opinión pública que lo rechaza. El mercado natural, subrayo, es el conjunto de los seres humanos, desde el punto de vista de la cooperación voluntaria, pacífica y espontánea entre las personas con el fin de vivir y mejorar.
Sucede que la idea se ha deformado hasta contrariar su verdadero sentido. Y en esto, sin duda, colabora el WEF, que está de moda, se presenta como "promercado" cuando no lo es, confundiendo al público. En primer lugar, como dije, el mercado está compuesto por 7.500 millones de personas —la población mundial— y los "líderes" llegados a Davos ni 4.000, ni la millonésima parte.
Y esto sucede aun cuando el Foro abiertamente propone más estatismo: "Ante el aumento de los riesgos geopolíticos, es previsible que estas intervenciones estatales se intensifiquen. Debemos prepararnos para la era de la resiliencia "inducida por el Estado"".
Todos los postulados del WEF son irracionales. A ver: una hipótesis científica necesita de tres condiciones necesarias mínimas, pero no suficientes. ¿Cuál es la condición suficiente? No existe, porque en la ciencia nada es definitivamente —absolutamente— verdadero jamás. Solo tenemos postulados que utilizamos en tanto sean útiles y cumplan esas tres condiciones necesarias.
Primero, no debe contradecir principios básicos; dicho de modo elemental, no puede decirse que lo malo es bueno. Segundo, debe tener una demostración lógica simple y razonable y, tercero, debe quedar corroborado por datos empíricos independientes y reiterados.
Tomemos por caso la recaudación impositiva, que es la sangre de los Estados y, por ende, del WEF. Primero, la presión fiscal —necesariamente coactiva— no puede ser buena porque contradice un principio básico: la violencia siempre destruye. Segundo (y para explicar el primero), al contrario del mercado, donde las personas pagan por aquello que les conviene —y se produce la eficiencia porque cada parte recibe lo que mejor le viene—, el Estado fuerza a pagar, utilizando su monopolio de la violencia, aunque lo que se ofrece no convenga.
Y tercero, donde la presión fiscal —conformada por impuestos, más inflación y endeudamiento estatal que quitan recursos al sector privado— es más alta, los datos empíricos muestran que menor es el desarrollo, porque el Estado malgasta los recursos al evitar la eficiencia que se produce cuando cada persona tiene la posibilidad de utilizar voluntariamente sus recursos en lo que más le conviene.
Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
@alextagliavini
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