
Cuando yo nací, la Bardot, Brigitte, la BB de la tinta rosa de entonces, ya tenía 17 años. Fue la primera vez, creo, que iniciales gemelas de nombre y apellido reemplazaban con éxito la identidad del personaje. Podría haber habido otras como GG (Greta Garbo) o ChCh (Charles Chaplin). Pero no las hubo, que yo sepa. Se intentó hacer fortuna con MM (Marilyn Monroe) o CC (Claudia Cardinale), pero o no llegó a cuajar o ni punto de comparación.
Hoy diríamos que BB fue una sigla que sustituyó con éxito clamoroso al nombre completo de una actriz. Además, usarla disimulaba la realidad de su origen en conversaciones escabrosas que podían ser espiadas por los administradores de la virtud pública. Si se indaga se descubre que el nombre técnico de esa operación de abstracción es "reducción onomástica con valor antonomásico y metonímico". Casi nada.
O sea, que sí, que BB fue la reducción más famosa y suficiente de todas. Todo el mundo, en mis tiempos adolescentes, sabía que BB era Brigitte Bardot. No por sus películas, que tardamos en ver (la primera, la de Roger Vadim, Y Dios creó a la mujer se estrenó en ¡1956!, en Europa y Estados Unidos, pero no en España, donde no pudo verse en cines hasta ¡1971!) sino por su presencia constante y desafiante de la moral de posguerra en la poco desarrollada aún prensa del corazón.
