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Los Toros. La afición. Olé

Los aficionados a los toros son únicos, extraordinarios, modelos de excelencia ciudadana.

Morante de la Puebla en un momento de su histórica tarde. | Alfredo Arévalo/Las Ventas

El lunes, 12 de enero, comenzó la temporada taurina en España. Se abrieron en Madrid las taquillas de Las Ventas, el coso taurino más importante del mundo, para renovar los abonos de la plaza. La cola a las nueve de la mañana ya llegaba hasta la boca del metro. El día era oscuro, frío y lluvioso. Cientos de personas esperaban estoicamente su turno. Las taquillas no se cerraron ni para almorzar. Todo transcurrió sin incidencias. Todo era normalidad. Todo fluía como en una corrida de toros. Los aficionados a los toros son únicos, extraordinarios, modelos de excelencia ciudadana. Son maltratados por las empresas, los políticos, los ganaderos y, por supuesto, por los toreros, pero aguantan todo lo que les echen. Son genuinos estoicos. Son el sostén de un espectáculo extraordinario, sin duda alguna, cruel y, como dijera el gran Antonio Díaz-Cañabate, fuera de las apetencias que dominan a la gente deseosa tan solo de alegrías, aunque solo sean superficiales y fugaces. Los aficionados son la frontera cariñosa para que la plebe ansiosa de "montones de felicidad diseñada" no suprima, cito de nuevo al gran continuador de la grandiosa obra de Cossío, Los toros, la "esencia taurina asentada en la seriedad que se deriva de la emoción."

Hasta ahora, seamos honestos en la valoración, esa afición ha logrado, mejor que peor, detener con su autoridad a las masas de público que pretendían imponer criterios circenses, frívolos e ignaros respecto a la seriedad de la corrida de toros. Las multitudes, poco a poco, han dejado de ser masas obtusas y retozonas de "felicidad pastiche", y se han cultivado en un arte, un ritual pagano, complejo y lleno de matices estéticos y morales. Por fortuna, el número de aficionados, escribo la palabra en cursiva para distinguirla del público de aluvión y risotada absurda, ha crecido en España como nadie hubiera sospechado hace décadas. El número de jóvenes que asisten a las corridas es incomparable con el de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Hoy los jóvenes acuden más a las plazas que en otras épocas. Se escriben y venden libros de toros como nunca. En las redes sociales se habla de toros. El número de festejos taurinos ha crecido en toda España. Se vuelve a discutir con pasión de encastes y ganaderías. Los toreros y los toros son respetados. Hay un reconocimiento mayoritario de las corridas de toros. La afición a los toros no solo se mantiene sino que parece resurgir con nuevas fuerzas…

Y, sin embargo, los aficionados siguen vigilantes. Sospechan que les vendan gato por liebre. Hacen bien. Son la sal de las corridas de toros. La sospecha del aficionado es menester elevarla a modelo de crítica ante la avaricia de los empresarios y la manipulación del espectáculo por parte de los políticos. También los toreros ventajistas y los ganaderos, especialmente los que malcrían toros sin trapío, deberían respetar el criterio de los aficionados. Toda esa gente que vive del toro debería tenerle "miedo" a los aficionados. Pero, antes de nada, deberíamos elevar a norma moral el comportamiento crítico de los aficionados ante la barbarie de quienes persisten en prohibir la corrida de toros. Creo que, hoy a diferencia de lo que ocurría en el pasado, cada aficionado a los toros lleva escrito un Manifiesto, un breve y apasionado conjunto de creencias e ideas, en su mente para defenderse de esos bárbaros que persiguen a quienes asisten a las plazas de toros.

Sí, observo con fruición que la mayoría de los aficionados a los toros aprecian la necesidad de teoría, o sea, de enriquecerse moral y estéticamente no solo con la asistencia a las plazas de toros, sino con la lectura y reflexión sobre este arte. Los aficionados a los toros son genuinos estetas, cuando no son genuinos artistas de la tauromaquia, porque muchos de ellos han elevado a arte su teoría sobre los toros. En otras palabras, nunca ha habido en la historia de la tauromaquia tanto y tan buenos aficionados, preparados e inteligentes, como los de hoy. He ahí una de las mil razones para escribir contra las prohibiciones de la fiesta de los toros. Siempre aplaudiré a los aficionados a las teorías sobre los toros, aunque yo escriba sobre toros movido más por motivos que por razones, o sea, yo escribo de toros porque me da la gana, porque tengo ganas de escribir de toros, toreros, públicos, ganaderos, escritores taurinos, poetas, novelistas, escultores, pintores, cineastas, filósofos, estetas y, en fin, sobre todo bicho viviente que tenga algo que ver con el espectáculo artístico.

Me gusta hablar de toros. Me gusta narrar con ciertas "razones", o mejor dicho, con razón apasionada (¿o acaso conoce alguien una razón que no sea apasionada?) mi afición taurina. Ninguna persona con dignidad defiende sin redaños su razón. Sin fuerza, sin coraje y sin valentía nadie expone sus argumentos. Por lo tanto, quede claro, desde el mismo paseíllo que abre esta tribuna, que no pararé frente a nada ni nadie que trate de cuestionar el espectáculo más arriesgado del mundo: un hombre jugándose la vida ante un toro de lidia. Mi manifiesto es sencillo: persigo con voluntad crítica, o sea con razón apasionada, a quien cuestione a unos seres humanos que transforman su miedo, su pánico, o quizá su audacia y temeridad, en movimientos tan bellos como efímeros. Y, por otro lado, defiendo siempre a los toreros, a los ganadores de reses bravas y al público asistente al ritual, o sea a los aficionados. Sobre los empresarios suspendo mi juicio…, y no precisamente por malicia, sino por precaución, pues es arriesgado escribir de toros, como de otros muchos asuntos, en un Estado agónico que desprecia su Nación, su identidad; pero la vida sin riesgo no es más que un asunto de seres cobardes. Abunda esta especie, pero yo no quiero estar entre ellos.

Vayamos, pues, al centro del asunto: tratemos de vencer al miedo o, al menos, convivamos dignamente con él. Escribamos, bien por motivos o bien por razones, sobre la fiesta de los toros o nos condenamos a la brutalidad silenciosa de los dictadores. Escribamos contra todo dictador que nos niegue el "derecho" de asistir al ritual moral y artístico más grandioso de todos los tiempos. Una corrida de toros es una celebración sagrada. Escribamos para defendernos de los ataques lanzados por los políticos contra esa celebración. Tómense, pues, estas palabras no como una declaración de principios, sino como el primer ataque contra los malnacidos, incultos y bestias que intentan eliminar el arte que fortalece el espíritu de millones de seres humanos y, de paso, da trabajo a miles de personas. Esto, sí, es un manifiesto. Solo quienes sienten el arte como una experiencia estética y moral, o sea, quienes tienen capacidad para ser genuinas personas, comprenderán la emoción de un espectador ante una faena taurina, sin duda alguna, el espectáculo creativo más sutil y complicado que quepa en la imaginación humana.

Y, sobre todo, nadie olvide a la hora de hacer su manifiesto la gran lección de los aficionados, a saber, los toros dan identidad al arte, a la ciencia y a la poesía. Merecen, pues, teoría. Se requiere estética, mucha sabiduría estética, para saborear y hacer holgado el arte, por poner dos ejemplos entre mil, de un Morante de la Puebla, o de unos ganaderos que consiguen toros del trapío de un Cuadri o un Prieto de la Cal. Se requiere ciencia, mucha ciencia, para entender el fortalecimiento del toro de lidia siguiendo toda la sabiduría que se aplica a la nutrición de los equinos de competición. Se requiere filología, y sobre todo mucha lexicografía, para estudiar y emocionarse con la evolución del lenguaje taurino en el español contemporáneo se hable donde se hable. Teoría, teoría y teoría, en fin, "ciencia inútil" requieren los toros para hacer aún más grande su poderío emancipatorio. Exhorto, pues, a todos los aficionados a seguir pensando sobre los toros. Su persistencia teórica es liberadora. Sin teoría en general, y sin teoría de los toros en particular, jamás lograremos salir de la barbarie en la que pretenden estabularnos quienes prohíben los toros, o peor, los manipulan. Ahí tienen, por ejemplo, a la Comunidad de Madrid que, por un lado, apoya la tauromaquia en términos electoralistas y, por otro, supongo que también por intereses electoralistas, subvenciona con mucho dinero a organizaciones dedicadas a perseguir la tauromaquia. En efecto, según leo en un magnífico trabajo de Inés Montano, publicado en El Imparcial y en la revista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 60. Tercer cuatrimestre de 2025, pp. 11-33. Según los contratos, la Comunidad de Madrid le pagó en total 2.736.911 euros por el contrato vigente desde 2014. Además, varios centros en la Comunidad de Madrid, como el centro integral de acogida de animales en Colmenar Viejo y el Centro de Protección Animal en Alcalá de Henares, elevan su presupuesto hasta 300 mil euros.1 Si estas subvenciones y dádivas dependen de la Consejería de Cultura, esa que dirige Mariano de Paco, sería menester que se pusieran las pilas para corregir estos desvaríos, sin duda alguna, electoralistas y culturalistas… Por otro lado, es preciso señalar el escaso porcentaje de subvenciones que recibió la tauromaquia del Presupuesto asignado a las artes escénicas en los Presupuestos Generales del Estado de 2023

En este nuevo contexto taurino y político, es oportuno que cada tauromaquia persista en montarse su propia teoría sobre el arte más sagrado de todas las artes: la corrida de toros. Cuanto más sepamos de eso qué hacen los toreros con los toros, más disfrutaremos de este arte. Cuanto más sepamos cómo se cría un toro de lidia, más sabremos valorar qué es un genuino ecosistema. Cuanto más nos expliquen los ganaderos y los mayorales cómo se embarcan y desembarcan una corrida de toros, mejor entenderemos qué pasa en el ruedo… En fin, cuanto más "ciencia inútil" hagamos, mejor viviremos el taurema central de los toros: ¡Olé! Del Rey para abajo nadie en España debería eludir el asunto de explicar, de dar con el quid del olé, o sea de hacer una teoría de las corridas de toros. Eso, naturalmente, exige asistir a las corridas de toros y leer crónicas taurinas y, por supuesto, acercarse de vez en cuando a leer algún libro de toros, o asistir a una exposición de pintura taurina… El Rey, sí, tiene que saber de toros. Ésta fue la principal recomendación que yo le di hace años a Felipe VI. Pero dudo mucho de que la haya seguido. Peor para él y para la monarquía. Pero de eso hablamos otro día.

1MONTANO, I.: "Tauromaquia 2025: El arte y el estado de cuestión", en Aracuaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 27, nº 60. Tercer cuatrimestre de 2025, pp. 11-33. También en Montano, I.: Informe tauromaquia 2025, I (la historia de la censura), en El Imparcial, 18 de julio de 2025. Montano, I.: Informe tauromaquia, II: la legislación española vigente para la tauromaquia, en El Imparcial, 5 de agosto de 2025. Montano, I.: Informe tauromaquia, III: Los medios de comunicación e intereses, en El Imparcial, 14 de agosto de 2025.

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