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El testimonio de Primo Levi

La mayoría de los italianos que acompañaron a Levi en el traslado a Auschwitz murieron la primera semana, gaseados, de agotamiento o golpeados.

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Primo Levi (Turín, 1911-1987), a la postre uno de los escritores judíos italianos más influyentes del siglo XX, escribió el que quizá sea el testimonio más lúcido y desgarrador de la experiencia de Auschwitz y de su posterior liberación y marcha con los soldados del Ejército Rojo. En 1947 publicó el libro Si esto es un hombre, en el que quería mostrar lo más desgarrado y cainita del espíritu humano. Años después, en 1963, dio a la imprenta La tregua, que relataba el viaje que hizo con los soviéticos que le sacaron del lager de Auschwitz IV por media Europa, hasta que llegó a casa. Y finalmente, para cerrar la trilogía, Los hundidos y los salvados, en 1986, un año antes de su suicidio; una obra en la que confesaba que los que verdaderamente conocían el horror de la Shoá eran los que no habían sobrevivido.

Levi llegó a Auschwitz el 26 de febrero de 1944 después de un viaje de seis días en un vagón para ganado. Venía del campo de concentración de Fossoli, en Italia, donde había sido confinado por partisano. En la detención, Levi había preferido declararse "ciudadano italiano de raza judía", lo que le libraba de ser fusilado inmediatamente pero le mandaba a un campo nazi. En la estación civil de Auschwitz, las SS despojaron a los judíos de todas sus pertenencias y separaron a los útiles de los schmattes ("andrajosos"), a los que subían a falsos camiones de la Cruz Roja. En una media hora el Zyklon B mataba a mujeres embarazadas, bebés, ancianos y enfermos. A los demás los condujeron hasta el judenlager de Auschwitz IV, donde los desnudaron, pelaron, tatuaron un número y ataviaron con uniformes a rayas que tenían junto al hombro izquierdo un triángulo rojo sobre uno amarillo que formaba la estrella de David -y otro en el pantalón-.

El campo de Auschwitz IV tenía entre 10.000 y 20.000 judíos, y alimentaba la planta de Buna-Monovitz con mano de obra esclava. Levi fue asignado al Bloque 30, construido con madera alquitranada; un barracón igual que el resto de los cincuenta nueve restantes, geométricamente alienados. La jornada laboral empezaba a las cinco de la mañana, momento en el que sonaba el toque de diana polaco: "Wstawach!" ("¡De pie!"), y terminaba cuando se iba el sol. Levi paleó tierra, levantó sacos, descargó traviesas de vía férrea y llevó al hombro vigas, rieles y puntales para construir la fábrica química Buna-Werke de Auschwitz III. A los prisioneros se les obligaba, además, a realizar tareas triviales, como afeitarse o hacer la cama, so pena de durísimos castigos. El objetivo era tenerles ocupados y agotados para evitar una insurrección.

La mayoría de los italianos que acompañaron a Levi en el traslado a Auschwitz murieron la primera semana, gaseados, de agotamiento o golpeados. Los veteranos se aprovechaban de los recién llegados, y la violencia estaba instalada como norma en todos los grupos. Los más odiados eran los kapos, normalmente judíos que trabajaban para las SS en establecer el orden y repartir alimentos, ropa o medicamentos. Cada barraca tenía su pikolo, un chico de los recados que con frecuencia era el juguete sexual del kapo. Levi sentía que los judíos italianos eran débiles burgueses incapaces de adaptarse al lager. La mayoría de judíos eran rudos asquenazíes, centroeuropeos, cuyo yiddish era incomprensible para los italianos, quienes eran despreciados.

La noticia del Desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) alteró la vida en el lager. Los SS y los kapos estuvieron más violentos que nunca. No obstante, los judíos seguían llegando a Auschwitz. Los hornos crematorios llegaron a estar tan calientes que los ladrillos se resquebrajaron. Los aliados bombardearon el campo todo el verano, al tiempo que el Ejército Rojo avanzaba.

Levi se presentó entonces a un examen de química el 22 de julio de aquel año para trabajar en alguna industria, I. G. Farben, BASF, Siemens, Bayer, AGFA o AEG. A mediados de noviembre, los nazis le comunicaron que trabajaría en el departamento de polimerización de uno de sus laboratorios. No varió la ración de comida ni el traje de rayas, pero al menos trabajaba resguardado del frío, y le permitía robar objetos para intercambiar en el mercado negro. No duró mucho aquello. Los soviéticos avanzaban ahora con paso firme. El 25 de diciembre de 1944 cerró el laboratorio, y el 1 de enero de 1945 los nazis empezaron a desmontar Auschwitz. No podía quedar rastro de la barbarie. El 18 de enero empezó la evacuación de los prisioneros. Fueron las Marchas de la Muerte. Los SS ejecutaban a todo aquel que detuviera su marcha. Muy pocos sobrevivieron. Levi fue ingresado el 11 de enero aquejado de escarlatina, lo que le clasificó como incapacitado para marchar, y fue abandonado allí.

Los supervivientes quedaron solos en el lager; no más de novecientos. Los primeros en caer fueron los kapos, a los que mataron. No había comida ni lumbre. Levi y sus compañeros tuvieron la suerte de encontrar el silo de patatas de los SS. Cerraron las puertas de su pabellón, y Levi consiguió equipar la sala con luz gracias a la batería de un camión. Luego asaltaron el pabellón de los POW, los soldados británicos presos, donde encontraron mejor comida. Los cadáveres estaban por todas partes. La mayor parte de los supervivientes, escribió Levi, estaban en sus literas paralizados por el hambre y el frío. El 27 de enero aparecieron cuatro jinetes blancos con estrellas rojas en sus gorras. Gritaban "Germania kaputt! Ruski! Ruski!". Los soviéticos contemplaron la escena de Auschwitz horrorizados y asqueados. Levi tuvo un mal presentimiento, y regresó cojeando a su litera.

Los rusos les trataron con cuidado y alimentaron. Alguno de los compañeros de Levi murió porque su cuerpo muy degradado fue incapaz de digerir las grasas animales. La despersonalización que sentían les hundía en el silencio. En la medida de sus posibilidades, los judíos de Levi trabajaron para los soviéticos en tareas pequeñas. Los comunistas les llevaban de un lado para otro, como equipaje. Atravesaron Bielorrusia, Hungría y Austria, hasta que meses después de la Liberación, sin más explicaciones, les permitieron llegar a casa.

Levi nunca superó la experiencia de Auschwitz, y acabó suicidándose el 11 de abril de 1987 para olvidar el horror y la desesperación.

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