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Censurando a Shakespeare

Por lo visto, la modas ideológicas imponen no sólo lo que se puede y no se puede escribir hoy, sino lo que tendría que haber sido escrito en el pasado.

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Mark Rylance, director artístico del londinense Globe Theatre, ha declarado que censura habitualmente las numerosas frases antijudías de las obras de Shakespeare "para no molestar a los poderes fácticos". Para justificar su decisión alega que no tiene nada de particular, puesto que siempre se ha hecho así, ya que en siglos pasados, por ejemplo, se recortaban frases obscenas que pudieran ofender a un auditorio puritano.

Pero precisamente ahí se encuentra lo injustificable de su actitud, pues ¿no habíamos quedado en que, a diferencia de siglos pasados, la nuestra es la época de la libertad de expresión? ¿Dónde está el problema de representar las obras literarias del pasado tal como fueron concebidas por sus autores? Evidentemente el contexto histórico, las circunstancias, las creencias y las opiniones de un hombre del siglo XVII no son las mismas que las de uno del siglo XXI, pero eso no justifica la censura. Y si la justificara, entonces no hemos mejorado nada y la libertad de expresión es una falacia.

Lo mismo sucedió hace un par de años con una edición de las obras de Mark Twain de las que se eliminó la palabra nigger para no herir susceptibilidades. Aparte de la paradoja de que Twain se distinguiera por su antiesclavismo, la impronunciable palabra (la n-word la llaman en los políticamente correctísimos USA) ha sido sustituida por slave. ¿No será peor el remedio que la enfermedad? Hace ya bastantes años le pasó lo mismo a Agatha Christie, cuyo célebre Ten little niggers (Diez negritos) pasó a ser editado como And then there were none (Y no quedó ninguno). Pero la censura a Twain no se limita a dicha palabra, ya que se ha extendido nada menos que a Huckleberry Finn y Tom Sawyer, clásicos de la literatura en lengua inglesa que han sido apartados de la enseñanza primaria estadounidense por su incorrección política.

Por lo visto, la modas ideológicas imponen no sólo lo que se puede y no se puede escribir hoy, sino también lo que tendría que haber sido escrito en el pasado. La vaporización de Orwell a pleno rendimiento. En nuestros libres días, aunque cueste reconocerlo, el margen de maniobra ideológica es más estrecho de lo que fue en épocas anteriores. Aparentemente la libertad de expresión es absoluta, y así está proclamado en los textos constitucionales, pero hoy resulta difícil asistir a una confrontación vivaz de ideas. Por un lado, los límites marcados por la llamada corrección política provocan que sea difícil opinar sobre ciertos asuntos sin estar continuamente autocensurándose no sólo en el fondo sino hasta en la forma de expresarlo. Por otro, la distancia entre las distintas opciones políticas es cada día menor, por lo que hay poco campo para discutir. Las diferencias ideológicas que existían hace décadas entre las ramas de un mismo partido eran más grandes que las hoy existentes entre partidos aparentemente antagónicos.

Este fenómeno no se da sólo en el ámbito estrictamente político, sino también en otros como el filosófico, el periodístico, el literario o incluso el científico. La discusión sin complejos que en otros tiempos vivificó la actividad intelectual ya no existe en estos días de pensamiento blando. Los duelos dialécticos entre Góngora y Quevedo, o entre Chesterton y Shaw, o entre los brahmsianos y los wagnerianos, o entre Sánchez Albornoz y Américo Castro, o entre los partidarios y los detractores de Darwin, todos estos y otros muchos ejemplos de abierta discusión hoy serían difíciles de imaginar pues acabarían todos ante un juez.

Pero no sólo Shakespeare debería pagar póstumamente sus culpas, pues si a Voltaire, a Schopenhauer, a Unamuno, a Wells, a Kipling o a Weininger se les ocurriese escribir hoy sus opiniones sobre los negros, los indios o los judíos, serían procesados por incitación al odio racial (en el caso de Weininger, por autoodio); y tampoco tardarían algunos de ellos en ser llevados ante un tribunal si plasmaran por escrito su misoginia con la libertad con la que lo hicieron en sus días. Por lo que nos toca, habría que correr un tupido velo sobre ochocientos años de literatura española, desde Berceo hasta Baroja pasando por Quevedo y Bécquer. Hablando de Quevedo, ¿eliminamos de las ediciones de su obra poética su "Epitafio a un bujarrón" del mismo modo que algunos colegios religiosos en los años 40 tacharon la última estrofa de "La desesperación" de Espronceda, aquélla de "las queridas tendidas en los lechos, sin chales en los pechos y flojo el cinturón"?

Pero, regresando a nuestros días, en el Reino Unido se ha reclamado la prohibición de Tintín en el Congo por racista, en algunos colegios se han sustituido Los tres cerditos por Los tres cachorritos para no ofender a los musulmanes, el equipo de críquet The Crusaders ha tenido que cambiar su nombre por el de The Panthers ante las quejas de musulmanes y judíos, y en alguna edición le han borrado a Stevenson el pecaminoso último párrafo de su Playa de Falesá. En el Teatro Español de Madrid se ha ofrecido el espectáculo musical Blancanieves y los siete bajitos para no molestar a los enfermos de enanismo. Y no sé qué teatro de ópera de no sé qué ciudad australiana ha cancelado la representación de Carmen de Bizet bajo la acusación de apología del tabaco.

En la Alemania hitleriana a algunos genios se les ocurrió representar la ópera de Händel Israel en Egipto con el título de Un héroe del pueblo. E incluso llegaron a corregir el texto del Requiem de Mozart para que Deus in Sion quedase como Deus in coelis e in Jerusalem como hic in terra. Otros consideraron irrepresentable La flauta mágica por su argumento masónico, ante lo que Hitler intervino denunciando que "sólo quien carece de respeto por su nación criticaría La flauta mágica de Mozart por el hecho de que su texto se oponga ideológicamente a su propio punto de vista". Y a los que pretendieron prohibir la música religiosa cristiana les señaló que "eso pertenece al patrimonio cultural alemán. Es imposible erradicar dos mil años de desarrollo artístico germano sencillamente porque los nacionalsocialistas no compartamos la visión religiosa que ha imperado durante los dos últimos milenios".

Está claro que la ignorancia, el fanatismo y la mojigatería ideológica no tienen fronteras ni temporales ni nacionales ni ideológicas. Los actuales inquisidores de la Santa Iglesia de la Corrección Política pueden estar orgullosos de ser hoy tan tontos como los más tontos de los nazis de ayer.

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