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La izquierda contra Occidente

Dawkins se sorprende de que la que él llama “izquierda regresiva” le impida ahora criticar la religión islámica.

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Richard Dawkins | EFE

Richard Dawkins es un eminente científico inglés especializado en biología evolutiva y conocido mundialmente por su incansable actividad como defensor del racionalismo ateo frente a todo tipo de religión. Suele encuadrársele en el grupo denominado Los Cuatro Jinetes, formado por él y sus compañeros de lucha antirreligiosa Sam Harris, Daniel Dennet y el ya fallecido Christopher Hitchens.

Educado en la fe anglicana, que abandonó en su adolescencia, Dawkins se define a sí mismo como izquierdista. Efectivamente, ha sido alabado durante décadas por la izquierda, especialmente en los países anglosajones, campo principal de su actividad como escritor y conferenciante, por su defensa del ateísmo y su crítica a las religiones. Ha dirigido su artillería principalmente contra la religión cristiana por ser la dominante en el Occidente en el que nació y vive, y, más concretamente, contra la católica, a la que ha considerado la más perniciosa de todas a lo largo de la historia.

Pero resulta que últimamente le ha dado por subrayar la peligrosidad del islam para la paz mundial, mucho mayor en nuestros días que la de la religión de Cristo, que anda muy de capa caída. Y se ha llevado la sorpresa de que su querida izquierda le está dando la espalda. Por ejemplo, el pasado verano se canceló una conferencia que iba a pronunciar en Berkeley, California, ante las presiones de quienes le acusaron de islamófobo. ¡Berkeley, la cuna del Free Speech Movement en los 60! ¡Berkeley, el origen de la agitación universitaria de aquella revolucionaria década! ¡Berkeley, el primer éxito de aquella New Left que comenzaba a sustituir la estrategia marxista clásica de la lucha de clases por el antirracismo, el feminismo, los derechos de los homosexuales, el aborto, la ideología de género y la despenalización de las drogas!

Es decir, cuando la izquierda quiso derribar el orden ideológico tradicional de Occidente, que había sobrevivido a duras penas hasta los primeros años de la Guerra Fría, clamó por la libertad de expresión. Pero una vez que el orden ideológico occidental ya es aplastantemente izquierdista, se acabó la libertad de expresión.

Dawkins se sorprende de que, tras décadas criticando el cristianismo en numerosos países de tradición cristiana sin haber tenido nunca el menor problema de censura, la que él llama "izquierda regresiva" le impida ahora criticar la religión islámica. Y confiesa que esta doble vara de medir de la izquierda es un gran misterio para él.

Pero no es ningún misterio. Se trata simplemente de que el núcleo del izquierdismo, en cualquiera de sus variantes –y en estos asuntos, como en tantos otros, la izquierda comienza bastante a la derecha–, no es otra cosa que el odio a la civilización occidental y a los elementos religiosos, étnicos, culturales, políticos y económicos que la constituyeron en el pasado y que, aunque cada día más débilmente, la siguen constituyendo hoy.

Si desde el punto de vista económico, Occidente se caracteriza por el sistema capitalista que le ha convertido en el sector indudablemente más próspero del planeta, a años luz del autodestruido sistema socialista, a la izquierda le toca rechazar el capitalismo.

Si desde el punto de vista militar y político, el sostén de Occidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido la OTAN capitaneada por los Estados Unidos, la izquierda tiene que odiar a la OTAN y, especialmente, a los Estados Unidos. Éste es el motivo, por cierto, de la antipatía de casi toda la izquierda hacia Israel y la subsiguiente simpatía por el mundo árabe. No hay nada de antisemitismo en ello, sino rechazo al aliado de los Estados Unidos en Oriente Medio. El amigo de mi enemigo es mi enemigo. Aunque ello implique apoyar unos regímenes teocráticos alejadísimos de la ideología izquierdista.

Si desde el punto de vista cultural, eso que llamamos Occidente ha sido construido desde tiempos de Homero mayoritariamente por aquellos a los que la progresía norteamericana bautizó como Dead white males (Hombre blancos muertos), la izquierda ha de empeñarse en barrer de los libros y las aulas ese canon cultural milenario para sustituirlo por mujeres y no-europeos, a ser posible contemporáneos, mediante un sistema de cuotas igualitarias que sitúa en segundo plano la calidad e importancia de la aportación de cada cual.

Y si desde el punto de vista religioso, Occidente está basado en la tradición teológica, moral, artística y jurídica construida durante dos milenios de cristianismo, la izquierda ha de luchar encarnizadamente por su extirpación.

Esto es lo que a Dawkins le parece misterioso: si el motivo de la oposición al cristianismo por parte de la izquierda fuese su pensamiento materialista, lo cual sería lógico, tendría que oponerse por igual a cualquier otra religión, y muy especialmente a la islámica por el violento fanatismo que caracteriza a buena parte de sus fieles en el siglo XXI. Pero el motivo no es su materialismo, sino su odio patológico a Occidente. Y como la religión cristiana es la que ha construido y sigue siendo la mayoritaria en Occidente, está destinada a recibir el odio eterno de la izquierda. Y las demás religiones, especialmente aquellas contra las que haya chocado la cristiandad durante siglos y que hoy en día sigan siendo una amenaza para el modo de vida occidental, cuentan con la ignorante, sectaria y suicida simpatía de la izquierda.

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