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Carlos  Malpartida

El verano de Gistau

Le espero la noche del 5 de enero con el vaso de leche y el cachito de turrón, para que me ponga en los zapatos un poco de esa voluntad suya de aquel verano en que se leyó todo.

Carlos  Malpartida
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Le espero la noche del 5 de enero con el vaso de leche y el cachito de turrón, para que me ponga en los zapatos un poco de esa voluntad suya de aquel verano en que se leyó todo.
David Gistau. | David Alonso Rincón

Tengo guardado en algún sitio –esa manera de guardar las cosas donde nadie las pueda encontrar, ni tan siquiera tú mismo– un recorte de periódico con una viñeta que creo que es de El Roto, ya digo que no doy con ella, en la que aparece dibujado Cervantes. El alcalaíno está sentado en un sofá viendo la televisión mientras le da la espalda, ajeno por completo, a toda una gran estantería de libros. Uno de esos dibujos que garabatea con muy pocos trazos sobre lo cotidiano de nuestros días definiéndonos por completo. Si la fotografía tiene mucho de inquietante al mostrarnos el reflejo de uno, no siempre bueno o casi nunca bueno, el dibujo crea imágenes, metáforas gráficas que son en puridad la realidad misma. Guardo con celo ese dibujo, con tanto celo como para no encontrarlo, ya que es una de las fotos más fidedignas que me han hecho.

En una de esas noches de televisiva actitud cervantina, sería el año 2002, veía el programa Negro sobre Blanco que tenía Sánchez Dragó sobre literatura, libros y literatos. O sobre literatos, libros y literatura, que parece lo mismo pero está muy alejado de ser igual. Los menos jóvenes recordarán la musiquilla aquella del “Todo está en los libros, todo está en los libros, tooodo, tooodo, tooodo estáááá en los libros”. Parecido a la canción del Mercadona pero con temática libresca. Algo igual de alimenticio y con más de una marca blanca. Se echa de menos algún programa para ver a los escritores con auténtica pose de escritores, ya que empiezan a tener que ir a la televisión a ganarse las perras con otros papeles menores y ejerciendo de opinadores. Lo mismo te hablan del coronavirus y del precio del pollo que de la última expulsión de Master Chef o del desprecio de Messi a este último Barça de Bartomeu. Escritores como navajas suizas sacando cualquier utensilio en función del tornillo de la actualidad al que tener que pasar de rosca.

Era uno de esos domingos de Sánchez Dragó, atril y post-its (poco se habla de todo lo que ha hecho Sánchez Dragó por la industria del post-it) cuando apareció un tal David Gistau hablando de su libro. Un libro que iba de fútbol o algo parecido. Gistau era cachorro todavía, debía de rondar los treinta años, pero tenía ya fisionomía de escritor de ABC. Un cachorro de gran pastor alemán de nuestras letras. Cuando murió Umbral pensé que ocuparía aquella contra, ya que era el heredero natural de las negritas umbralianas. Gistau y todos han mamado a Umbral, copiado a Umbral, querido ser Umbral a su manera, aunque se lo callaban cada uno a su forma. Cosa esta última muy umbraliana. Gistau era un umbral con zapatillas deportivas, melena por barba y polos Lacoste a riesgo de que el cocodrilo le mordiera el pecho. Siempre pensé que heredaría la tierra de aquella columna. Una tierra, ya un secarral, que ahora tiene pozo.

El programa, ya digo, iba sobre literatura y fútbol y coincidía también con la aparición de un libro de David Gistau que tenía el balompié como paisaje de fondo. En algún momento de la charla, Sánchez Dragó le preguntó a DG sobre su vocación y sus lecturas y éste le respondió remitiéndose a un verano en el cual se lo leyó todo o casi todo. Tres o cuatro meses mal contados. Menudo semental. El poder de la absorción de la palangana de Cela pero en capacidad lectora. Tampoco encuentro el vídeo en YouTube de aquel programa (la verdad es que no encuentro nada). La intención es asegurarme de que lo que digo es cierto pero tampoco me voy a volver muy loco, ya que lo recuerdo tal que así y me vale. Gistau y un verano de su juventud leyéndose todo lo leíble y haciéndose escritor. Un verano, coño, quién no tiene un verano. Pues no sé ustedes pero yo no he sabido, no he querido o no he podido sacarlo. Inviernos sin leer, otoños comprando sin gracia ni orden algún que otro libro y alguna primavera leyendo alguna pequeña cosa; pero un verano, lo que se dice un verano canónico a lo Gistau, no he tenido ninguno. Kafka tiene un personaje en alguno de sus libros, tampoco lo encuentro ahora (espero que sea Kafka), que va leyendo los libros en estricto orden alfabético. Otro método para hacerse un verano. Tengo también un amigo argentino que se monta su veranito diario leyendo obligatoriamente al menos una página al día de los libros que tiene empezados. “Al menos una. Trescientas o una, pero al menos una antes de dormir”. Como echarle un rezo a las letras, una feligresía, un convencimiento, un poquito de fe. Creo que ya he dicho que mi amigo es argentino y a los argentinos, especialistas en vender burras y dulces de leche, hay que creérselos, o no creérselos, con cierta distancia. Aunque este amigo mío es heredero del gauchaje más noble y honrado y además toca una guitarrita muy chica, y si él lo dice seguro que es verdad, o no.

Al llegar diciembre y uno empieza a hacer el balance y las listas del año (a los que hacen listas también los deberían expulsar de los campos), te sigue faltando un hueco en el calendario sentimental: la estación estival de la lectura a lo Gistau. Por eso en el belén pongo un cuarto mago detrás del negro, el rey David, al que pedirle la mirra del tiempo para saber hacerme un verano de libros entre factura y factura por pagar.

El caso es que hace ya un tiempo vi a Gistau en persona. Era el domingo del puente de diciembre y me lo encontré saliendo de un VIPS tirando de carrito y rodeado de churumbeles. Un dandi. Ese dandismo inverso de padre de familia numerosa que lo mismo se va a comer tortitas al VIPS con toda la prole que se pone a conducir hasta Lisboa para ver a su Madrí. Columnistas conduciendo, esto era el futuro. Estuve a punto de pedirle un selfi pero recordé que Gistau hacía guantes y lo vi tan apurado saliendo de los chiqueros de aquel VIPS atestado de gente que preferí no rifarme una galleta.

Total: le espero la noche del cinco de enero con el vaso de leche y el cachito de turrón, para que me ponga en los zapatos un poco de esa voluntad suya de aquel verano y 2021 sea por fin el año en el que dejar de fumarme el tiempo y apuntarme al gimnasio de los libros.

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