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Paloma Hernández García

ARCO, "Urtasun el Decolonizador" y la Escuela de Fráncfort

ARCO es un órgano al servicio del sistema de ideologías dominante que busca implantarse políticamente a través de los objetos de la cultura. Muestra de ello es que su última edición también ha incidido en cuestionar el "legado colonial".

ARCO es un órgano al servicio del sistema de ideologías dominante que busca implantarse políticamente a través de los objetos de la cultura. Muestra de ello es que su última edición también ha incidido en cuestionar el "legado colonial".
Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid 2024 | Cordon Press

El ministro de Cultura, Ernest Urtasun (Sumar), se ha propuesto revisar las colecciones de nuestros Museos Estatales para superar el "marco colonial" y las perspectivas ancladas en "inercias de género o etnocéntricas". Para ello ha activado un plan de "descentralización" del Museo del Prado que no debe sorprender a nadie, pues tal iniciativa es consecuente con el principio de la plurinacionalización de las riquezas de la Nación que impulsa al gobierno frankesteinizador desde 2019. El ministro también ha anunciado su compromiso para "defender y reforzar los derechos culturales, la libertad de expresión y de creación y la protección legal del acceso a la cultura" y a tal fin Jazmín Beirak (MásMadrid) fue elegida nueva directora general de Derechos Culturales:

"En último término, hacer política cultural consiste en redistribuir recursos y poder para que el conjunto de la sociedad no pierda nunca la capacidad de cuestionar al propio poder".

Pero es absolutamente falso que los "profesionales de la cultura" estén ahí para cuestionar al poder. Los artistas del presente, salvo honrosas excepciones, ya no dependen de sus tradicionales grupos de dominio (Iglesia, monarquía, aristocracia) y no dependen de ellos, principalmente, porque dichos grupos ya han perdido su hegemonía. Ahora mismo, los artistas sirven a los grupos de poder realmente existentes. ARCO, sin ir más lejos, es un órgano al servicio del sistema de ideologías dominante que busca implantarse políticamente a través de los objetos de la cultura, y muestra de ello es que su última edición, recién clausurada, también ha incidido en cuestionar el "legado colonial", abordar las problemáticas de género o la urgencia de la crisis climática.

En suma, más ideología basura, más filosofía basura, más política basura, más chiringuitos basura. A las chifladuras del tipo "regularización del piropo", "sola y borracha quiero llegar a casa", "derechos climáticos", "ciudadanos del mundo", "la patria es un sentimiento", "Nos merecemos algo mejor que la familia", "ojalá nos hubieran colonizado los ingleses", "los obreros votan mal", "plurinacionalidad y derecho a decidir", "derecho a ser felices", se unen ahora "los expertos en derechos culturales". Y el problema, como siempre, es la indefinición, porque resulta, señor Urtasun, que ir de bares, a los estadios de fútbol, de cena con los amigos, a los toros o a una conferencia sobre el franquismo también es cultura. La bomba atómica y la infibulación también son cultura.

El mito de la Cultura

Ya lo dijo Gustavo Bueno, la idea moderna de "Cultura" es un mito que trata a la "Cultura" —en singular y con mayúsculas— desde coordenadas metafísicas entendiéndola como aquello de donde emanan todos los valores supremos: la "Cultura" eleva, santifica, dignifica. El mito de la Cultura supone la secularización del mito de la Gracia y, a su vez, no es más que el sustituto. Este mito ha sido en extremo pernicioso en Hispanoamérica al combatir a la cultura hispana en favor de las culturas indígenas y no digamos anglosajonas.

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Vamos a detenernos en este asunto porque no olviden ustedes que, nada más estrenar su cartera ministerial, Urtasun comparó el Congo belga con la Hispanidad. El error de estos sujetos de tanta autoridad consiste en interpretar al Imperio español como un imperio colonial más, es decir, como un imperio depredador. Solo ven los ejemplos de rapacidad, pero no ven la norma generadora que distancia radicalmente al Imperio español de otras empresas colonialistas abrasivas. Y esta confusión no es un invento de Podemos. Recordemos que hasta principios del siglo XX el imperio era la máxima expresión de prestigio internacional. La devaluación de esta idea fue incubándose a partir de la publicación en 1902 del libro Estudio del Imperialismo donde el economista inglés John Atkinson Hobson ofrecía una crítica a las políticas imperialistas de Gran Bretaña. Esta obra influyó notablemente en Lenin, quien en 1916 publicó Imperialismo, fase superior del capitalismo. Pero es necesario entender que cuando Lenin hablaba de "imperialismo" se estaba refiriendo al colonialismo abrasivo del XIX y principios del XX pues, siguiendo sus propias coordenadas, sería absurdo clasificar a los imperios previos al modo de producción capitalista como "fase superior del capitalismo".

La crítica a los imperios fue continuada por los teóricos de la Escuela de Fráncfort, cuyo hito más reseñable fue la llamada "Teoría Crítica", que hacía referencia a la crítica de la sociedad "occidental capitalista", a la que estos pensadores marxistas veían alienada tras largos siglos de opresión judeocristiana. La Teoría crítica determinó que el "sistema occidental" era responsable de fomentar el surgimiento de todo tipo de conductas "fascistas", sobre todo en los individuos que crecían en el seno de familias tradicionales de clase media y que promovían los valores del patriotismo, la defensa de la familia y la moral religiosa. Pues bien, en torno a estas posiciones se desarrolló la crítica al "colonialismo", pero sin hacer distinciones entre los diferentes modelos de imperio que han funcionado a lo largo de la historia. Desde estas coordenadas tan groseras, estos teóricos acusaron al "sistema occidental" en bloque —como si este fuera una sola cosa y toda igual— de cometer todo tipo de atrocidades y genocidios contra otras sociedades y "culturas". Nos encontramos en pleno proceso de descrédito y condenación moral de los imperios.

Los planteamientos de la Teoría Crítica contra la "colonización occidental" —surgidos de universidades estadounidenses— han dado lugar en Hispanoamérica y en España a la pujante corriente de la decolonialidad, profundamente implantada en los ámbitos políticos, universitarios, artísticos y periodísticos en las naciones que fueron parte del Imperio español. Los efectos más inmediatos de estas teorías decoloniales son el extravío identitario y la endofobia, cuyas consecuencias disolventes resultan cada vez más visibles en todas las regiones de tradición hispánica. De forma trágicamente ingenua por parte de unos, desinformada, maliciosa o cobarde por parte de otros, esta actitud derrotista por parte de los hispanos de ambos hemisferios no hace más que debilitarnos de cara a la dialéctica de Estados y de Imperios de nuestro presente en marcha, así que más nos vale espabilar.

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