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Paloma Hernández García

Progresistas: los nuevos impositores

Estamos hablando de los creadores de la secesión progresista, del latrocinio progresista, del terrorismo progresista y de los indultos progresistas.

Estamos hablando de los creadores de la secesión progresista, del latrocinio progresista, del terrorismo progresista y de los indultos progresistas.
Europa Press

A las pocas horas de conocerse los resultados de las pasadas Elecciones Generales de 2023, y como fruto del diálogo entre secesionistas y social-sumaritas-podemíticos gubernamentales, se estableció el llamado "bloque progresista" cuyo objetivo era afrontar la plurinacionalización de España frente al enemigo común. ¿Qué enemigo? Pues la malvada "derecha", que al parecer dispone de sienes magnéticas con poder de irradiación paralizante y expele fuego por las narices. Y es que, queridos compatriotas, los defensores de la unidad política y territorial de la Nación, aparte de ser malignos y muy fascistas, debemos ser también muy lerdos porque no terminamos de entender que el progreso y la luz sea ponerse a retozar con la soberanía nacional como si fuese una piñata y romper España en cachitos en favor de los intereses de ciertas élites etno-nacionalistas fragmentarias vascas y catalanas. A lo mejor esa falta de entendederas nuestra tiene que ver con "el pequeño estremecimiento en la cadena de ADN" que Joaquín Torra detectaba en los "españoles mesetarios", también conocidos como "bestias con forma humana".

El caso es que los líderes progresistas plurinacionalizadores un día dicen que está muy mal que pasen cosas como la de Ferrovial y que hay que intervenir inmediatamente para no perder soberanía, y sus votantes aplauden como focas. A renglón seguido, sueltan que está muy bien fracturar la soberanía nacional para convertir a Cataluña en un Estado soberano asociado, quedándose con los ríos, bosques, fábricas, autopistas, colegios, museos, playas, monumentos, ganado, hospitales, parques, pueblos, cosechas, minas, catedrales, ciudades, empresas, gente, etc., y sus votantes siguen aplaudiendo como focas. Y es que lo que pretenden nuestros progresistas es plurinacionalizar dichas riquezas para mayor gloria de los separatistas, el mayor expolio contra lo público que pueda llevarse a cabo y la forma más rastrera de depredar legalmente al Estado. ¿Cabe mayor cosa pública que la patria, esto es, que la tierra de los padres donde se depositan todas las riquezas de la Nación? Los progresistas pueden decir un día que la amnistía es mala y afirmar al día siguiente que amnistiando a los sediciosos nos ponemos a la vanguardia de la humanidad y tampoco pasa nada. Y si roban a manos llenas, sus razones tendrán, seguro que lo hacen por una buena causa. A sus votantes lo mismo les da ocho que ochenta: siguen al amado líder, su pastor, con los ojos vendados. No olviden ustedes que estamos hablando de los creadores de la secesión progresista, del latrocinio progresista, del terrorismo progresista y de los indultos progresistas.

Nuestros progresistas se han erigido como únicos portadores de la razón, de la verdad, de la felicidad y del progreso y por ello se presentan como la única fuerza política con capacidad para afrontar una serie de transformaciones "extremadamente urgentes" como serían el colapso climático, la crisis alimentaria, las desigualdades al alza, la reducción del espacio cívico democrático, el crecimiento demográfico, una guerra de alta intensidad —por ejemplo, termonuclear— el ciberterrorismo, pandemias recurrentes, crisis económicas agudas, etc. El progresismo, en efecto, se vende como un seguro de vida para el género humano frente a un posible caos global, de ahí que siempre adquieran ese tono mesiánico, salvífico, tan repelente: se creen los nuevos redentores de la humanidad.

Pero como los patriotas españoles tenemos el ADN estropeado, no somos capaces de entender que el progreso era convertir a España en un país de segunda clase, caracterizado por tener un bajo crecimiento demográfico, industria pesada muy limitada, sin acceso a los centros punteros de desarrollo tecnológico y científico, sometidos financieramente, privatizando nuestros recursos a precio de saldo para los inversores patrios y extranjeros, anulando nuestra capacidad militar y arruinando al sector primario con el fin de priorizar nuestra dedicación al sector servicios. Las reformas iniciadas por los gobiernos de Felipe González, que ya era súper progresista, se encaminaron rápidamente a cumplir dichos objetivos a través de lo que cínicamente llamaron el proceso de reconversión industrial y a través, también, de las distintas reformas educativas tendentes a restar importancia a la instrucción del alumnado permitiendo que, a instancias del Estado, se administraran ideologías basura a los futuros ciudadanos: la patria es la democracia, ciudadanos del mundo, todas las culturas son iguales, la naturaleza es santa, seres humanos extingámonos, los hombres españoles son machistas, el sentimiento da derecho, la escuela me oprime, la maternidad es una injusticia biológica, mi familia también me oprime, etc. El Pacto verde y la Ley de restauración de la naturaleza van en esa misma senda, criminalizando a los productores de la ganadería y de la agricultura en los distintos países europeos porque sus actividades, dicen, atentan contra la naturaleza santa y estropean el paisaje a los turistas.

En suma, el plan de los auto-titulados progresistas es el siguiente: sólo nosotros podremos salvar al planeta Tierra y a la Humanidad, al Todo, y eso lo conseguiremos con la desaparición de los Estados-nación y a través del feminismo universal, de una democracia universal, de la paz perpetua universal, de los derechos humanos universales, de la justicia social universal, etc. Y el que se oponga a estos planes tan bonitos es porque es un fascista. Identificamos a los progresistas como los nuevos impostores porque consideran que conocen la realidad del mundo, cuando ni la conocen ni la pueden conocer. Operan como si tuvieran acceso a alguna suerte de sabiduría exenta que les estuviera indicando los pasos a seguir y eso es una impostura. Es la idea de Zapatero cuando soltó aquello de la Alianza de civilizaciones y cuando hace pocos meses dedicó parte de un discurso a teorizar sobre el universo y el infinito para criticar a la "derecha derechizada y desquiciada" que no se ocupa del cambio climático. Esta fe en el progreso hacia una humanidad unificada era ya la tesis de la socialdemocracia histórica: propugnaban un avance paulatino, gradual y pacífico de las sociedades según el cual la "Humanidad" iría integrándose poco a poco en una unidad armónica primordial perdida. Pero lo que no podemos perder de vista es que en el momento de la Realpolitik lo que está funcionando realmente no es la humanidad santa ni la pachamama, sino la lucha a muerte entre Estados e Imperios y que nuestros progresistas han decidido esquilmar a España en beneficio de propios y extraños.

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