
Raúl del Pozo Page ha muerto este martes en Madrid, la ciudad de la que, en los últimos catorce o quince años, consideraba un error salir. El mejor de todos nosotros, el periodista total que informó del lanzamiento del Apolo XI, rezó el Ángelus en RNE y destapó el caso Bárcenas; el literato voraz al que se la sudaba la posteridad pero que consideraba que si en algo podía parecerse él, "un maldito mono, a un dios, a un creador, es porque sé escribir"; el buscón salvaje y ludópata que sometió a la noche del Foro con Paco Rabal y Lola Flores; el amigo bueno y generoso que, a diferencia de tantos mediocres, educó, potenció y ayudó a los novicios del gremio nuestro; el casanova frugal y discreto que perdió la virginidad con una gitana de Granada y que amaneció no pocas veces en el Palacio de Liria; el viudo enamorado de Natalia Ferraccioli, con ochenta y nueve tacos de calendario..., Raúl, contenedor de multitudes, ya duerme, vuela y reposa.
Leyenda de la vieja escuela, la de los periodistas que, por no tomarse tan en serio a sí mismos, "no aburrían a las ovejas" (Pérez-Reverte), Del Pozo brilló firmando columnas y reportajes, sobre todo, en Pueblo, Interviú y El Mundo; escribió varias novelas y libros de artículos; recibió los premios Francisco Cerecedo (1989), González-Ruano (2005), Mariano de Cavia (2008) y Joaquín Romero Murube (2025). Emiliano García-Page le dio en 2017 la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha, y el periodista, emocionado, celebró que la región supiera "reconocer los méritos de sus hijos"; en 2022, Martínez-Almeida le concedió la Medalla de Honor de Madrid. Murió sin enemigos a su altura: todos la habían espichado antes que él.
El niño furtivo
Del Pozo nació el 25 de diciembre de 1936 en La Torre, una aldea perteneciente a Mariana (Cuenca) en la que había una pequeña central hidroeléctrica que daba nombre al lugar. A su madre "la mató" el Júcar, donde el niño Raúl contemplaba fascinado a los gancheros. Pasó su infancia cazando liebres con lazo y perdices con gloria; cuando atrapaba una fuina –una garduña–, me contaba, no sé si exagerando, que la familia sacaba pasta para vivir durante un año. Desde La Torre, marchaba a pie a la escuela de Mariana, y durante los tres cuartos de hora de paseo, solía encontrarse con guardias civiles y con maquis. Unos y otros les ofrecían a los niños onzas de chocolate, latas de sardinas o pan duro.
Primogénito de cuatro hermanos, en La Torre se enamoró de la música arcaica y castellana del lenguaje de la Serranía de Cuenca. Recordaba las palabras que le oía a su abuelo, como mesmo, vido o truje. Le entró el veneno de la literatura cuando, en la biblioteca de su casa, descubrió Macbeth. Su hermana Angelines me contó que, cuando Raúl tenía diez años, el maestro de Mariana se reunió con su padre y le instó a meterlo al seminario. "Yo al seminario no voy", alegó el muchacho, "¡no quiero ser cura, que los curas no se casan!". El Raúl adolescente rondaba a las muchachas de los pueblos de alrededor. "En el baile de Sotos –me relató–, me dirigí a una chica y le pregunté: '¿Cómo se llama usted, señorita?'. Y ella me dijo: 'Muy deprisa va usted'. Eso estaba a la orden del día".
Se hizo profesor en la Escuela Normal de Magisterio de Cuenca y ejerció en Uclés, donde no llegó a ser maestro de Félix Sanz, pese al mito que propagaban. De la mili no hablaba porque lo consideraba "una vulgaridad": "Es como el que va a Lucio y lo ponen en el piso alto". En la Ciudad Levítica conoció a César González-Ruano, de quien recordaba sus "dedos amarillos y huesudos". En 1961 publicó su primera novela, Hay gorriones en la tumba de Judas, hoy ilocalizable. Por esa época marchó a Barcelona, donde dio clases a los hijos de los charnegos, peinó Las Ramblas, se instaló en la casa del pintor Julián Pacheco y conoció a Paco Rabal, uno de sus más queridos amigos.
De ahí, tiró a París y allí, sin noción alguna de francés —Angelines del Pozo: "Él tiene dificultad para los idiomas y, en París, cuando llegaba a un sitio, para saber si había españoles, entraba y gritaba: '¡Aquí solo hay maricones!'. Automáticamente, saltaba alguno y decía: '¡Maricón serás tú!'"—, descubrió el concepto de "cama redonda" y Alberto Oliveras lo reclutó para Radiorama. A este le quemó la casa sin querer. Los gendarmes que lo detuvieron lo tomaron por un miembro del Frente de Liberación Nacional. Aquella odisea efervescente y golfa la noveló en un libro secreto: El cielo sobre mis párpados.
Una estrella de 'Pueblo'
Se vino a Madrid con su hermano Augusto y se instalaron en una pensión de la calle Libertad. Los baños de esta tenían tanta mugre que marchaban a los de los cines de la Gran Vía para "gozar del mármol". Colaboró en el Ya y en Eurofoto, conoció a José María García en el Café Gijón y este le hizo de puente para fichar por el diario Pueblo, que entonces dirigía Emilio Romero. Publicó su primer reportaje el 21 de abril de 1966, abriendo la sección local: "¡Guerra a las ratas! Un viaje a las entrañas de Madrid". El 23 de octubre de 1971, el periódico de los sindicatos verticales publicaba su edición número 10.000, y Romero le brindó un espacio destacado para celebrar la efeméride. Ahí recopiló sus, hasta entonces, grandes éxitos:
Uno sueña, y ve cumplidos sus sueños. Sentirá la 'titiritaina' de Florida cuando sale el Apolo XI a la Luna; viajará con cuatrocientos mil hippies a la isla de Wight; verá cómo los hombres se matan a tiros y a odios en la puerta de la Universidad de San Andrés, de La Paz (Bolivia).
Fue corresponsal en Moscú, Londres, Argentina, Lisboa y, durante muy poco tiempo, Roma. Me contaba que la capital rusa era la leche: "No he visto nada tan divertido en mi vida". Sin embargo, el subdirector Julio Merino, que en paz descanse, me dio otra versión muy diferente: "Cuando llamaba a redacción, nos decía: '¡Por favor, sacadme de aquí! ¡Hace un frío de la hostia, llevadme de nuevo a Madrid!'. Y nosotros le respondíamos: '¿Acaso no eres comunista? Pues disfruta de tu paraíso'". El 17 de mayo de 1984, Pueblo publicó su último número. Raúl lo cerró con un artículo precioso, "Las gafas": "Cuando llegué aquí veía las ratas en la oscuridad, ahora tengo que ir cuando cobre a recoger las gafas a San Gabino. También se aprende a vivir".
"Que le den por culo" a Hirohito
Dispersó su firma por Mundo Obrero, Interviú, El Independiente, y Diario 16. El 23-F le pilló en el Congreso acreditado con la escarapela del periódico del PCE. Pensaba que le iban a fusilar. "Ahora soy excomunista", me decía, "y sólo hay algo peor que un comunista: un excomunista". En 1980 publicó, junto a Diego Bardón, un libro estupendo sobre El Cordobés: Un ataúd de terciopelo. En cierta ocasión, Raúl se montó con el torero, emporrado perdido, en la avioneta de este: "Me decía: 'Tengo la cabeza troná, pero esto va como una pava, con una sola mano'. Cuando transcribía la cinta, Natalia –su queridísima esposa, con quien estuvo 48 años casado–, la pobrecita, no se lo podía creer".
En los ochenta fue guionista de Jesús Quintero durante la etapa de El Loco de la Colina en la Cadena SER. El conquense le levantó al andaluz a Nadiuska. Quintero retó a Del Pozo y quedaron para cantarse las cuarenta en un restaurante del barrio de Salamanca. Cuando llegó el primero, halló al segundo de rodillas, esperándole a porta gayola, sosteniendo una servilleta a modo de capote. Se descojonaron y firmaron la paz con un abrazo macho.
También fue tertuliano del programa Protagonistas de Luis del Olmo. El 7 de enero de 1989, mientras el ponferradino anunciaba en directo la muerte de Hirohito, Raúl apostilló: "Que le den por culo". Estando en su casa, Del Olmo le llamó para decirle que había llamado la Embajada de Japón exigiendo que Raúl se disculpara. En televisión, dirigió Entre dos luces y Sabor a Lolas, y fue tertuliano con María Teresa Campos o Susanna Griso.
'Noche de tahúres'
En 1991 fichó por El Mundo, se ciscó en la corrupción socialista y en el crimen de Estado y fundó con, entre otros, Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos, Antonio Gala o Camilo José Cela la Asociación de Periodistas y Escritores Independientes, apodada El Sindicato del Crimen y terriblemente odiada por los otrora paladines de la progresía que hoy adora el centrocentrismo político y mediático. En 1994, publicó Noche de tahúres, un viaje íntimo a su ludopatía. Según su psiquiatra, Néstor Szerman, de no ser por Natalia, Raúl "hubiera terminado arruinado y pidiendo en las calles". La escribió en el Real Monasterio de Santa María de El Paular, en Rascafría. Los frailes le echaron por incluir el siguiente chiste en un artículo sobre su estancia en el monasterio: "Va Jesucristo, ya resucitado, y le pregunta a Pedro, quien le había negado tres veces poco antes de morir: '¿Me amas, Pedro?'. 'Sí, te amo', responde. '¿Me amas, Pedro?', 'Sí, te amo', '¿Me amas?', insiste Jesús. Y contesta Pedro: 'Sí, pero el maricón es Juan'. Y ahí dejaron de hablarme los frailes, ya no pude volver".
El ruido de la calle
Cruzado de la democracia, paladín de la libertad, alérgico al nacionalismo, el 16 de octubre de 2000, los Tedax desactivaron en la estafeta de Correos de Chamartín un paquete bomba dirigido a Raúl, no se sabe si de ETA o de unos anarquistas. Tras la muerte de Francisco Umbral, Pedro J. Ramírez le brindó la última página del periódico, donde ha estado publicando, de lunes a viernes, hasta el 1 de enero de 2026, "El ruido de la calle". Su mejor artículo fue el obituario de su esposa. Su última novela, El reclamo, le valió el Premio Primavera. Publicó compilaciones de artículos y fue biografiado en un libro raro y que no se vendió una mierda, escrito por dos amigos que le querían mucho: Julio Valdeón y un servidor. Miraba los comentarios que le dejaban en las redes. Señalaba que nada le había reportado tanta fama como su sección "Viva el vino", con Alsina. Me inoculó el amor a los clásicos y el odio al tópico, me enseñó que las mejores chicas de Madrid iban al Museo del Prado y me pegó una canción absurda que ya cantaba en Pueblo y que jamás olvidaré: "Por detrás / me aseguran / que duele un poco más". Una vez se la cantó a Javier Maroto, del PP, y este le respondió: "Ay, Raúl, qué antigua eres. Hay cremas".
Raúl vivía en la Colonia Los Cármenes y era vecino de Ana Rosa Quintana y de Manuel Vicent, quien le felicitaba cada año nuevo así: "Se acerca el día del gran disgusto. De este año no pasa". Extramuros, alardeaba de su ateísmo; en el jardín de su casa, cuando no había testigos y se despojaba de sus máscaras, me confesaba que creía en la existencia, a la manera de Voltaire, de un relojero: "Hay un orden, un sistema. Mira el granado: es una prueba del laboratorio que es el universo. No soy anticatólico, ni antirreligioso, ni agnóstico ni ateo: yo no sé lo que soy". Como el padre de Jorge Manrique, "aunque la vida murió, / nos dexó harto consuelo / su memoria". Esperemos que en el Cielo exista el mismo teléfono del Hotel Jolly de Roma; el mismo que, cuando marcabas el 2, al poco subía una camarera y te hacía "un pompino". Qué cronista tan magnífico se ha agenciado el superior de León XIV. En cuanto acabe, llamaré a Raúl Cancio para llorarle juntos. Va un beso febril y doliente para la doctora Belén. Como cantaba Sabina, a quien conoció siendo corresponsal en Londres, sin saber inglés: "La muerte, que es celosa y es mujer, se encaprichó con él". Vale.

