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Pocas películas recientes han acusado tanto y tan mal la obligación de promocionar a su estrella principal. Sin salida, protagonizada por el joven Taylor Lautner, es un thriller de acción al servicio una de los inexpresivos jóvenes de la saga Crepúsculo, que ha sido dirigida por John Singleton, antaño joven promesa del cine de denuncia norteamericano y ahora fagocitado por los grandes estudios a la hora de facturar (mal) cine de acción.

En Sin Salida Lautner interpreta, es un decir, a Nathan, un adolescente que descubre su propia foto en una web de personas desaparecidas. Inmediatamente se pone en marcha un dispositivo de las autoridades de EEUU, y también de un misterioso grupo de delincuentes extranjeros, que no dudan en provocar la huida del joven, previo asalto a la casa de los padres del protagonista (y que da lugar al único momento de la cinta de veras expresivo, con Lautner contemplando las ruinas de su anterior hogar).

Sin Salida trata de presentar una trama de suspense y persecuciones que en ningún momento cristaliza. Con la saga Bourne por bandera, la serie de películas que ha derivado en fundamento de cualquier thriller actual que se precie, Singleton se limita a concebir la acción como un vehículo para el lucimiento de las habilidades físicas de Lautner, quien ciertamente muestra algunas capacidades más a la hora de saltar o correr que cuando toca escuchar, hablar o besar.

Los requerimientos de cualquier cinta adolescente (hormonas desbocadas, la obligada inserción de una trama romántica, las miradas de rebeldía de Lautner) aparecen mal diseminados a lo largo de un guión que carece del encanto y emotividad que sí tuvieron producciones de hace décadas, y aquí se me ocurre mencionar Juegos de guerra, también un thriller tecnológico protagonizado por adolescentes despertando en un mundo adulto. A lo largo de Sin Salida, cinta adornada por esporádicos tiroteos y peleas, no asoma ni una sola gota de sangre, lo que demuestra el poco atrevimiento de un thriller sin paranoia, de una obra de acción que carece de primitivismo alguno.

Singleton ni siquiera tiene las cosas claras sobre cuándo comenzar la persecución de marras, y su miedo o incapacidad le lleva a confiarse a un extenso reparto de actores secundarios que son los que sostienen la función en contadas ocasiones. Mientras Sigourney Weaver aporta su habitual porte a sus escenas, y también lo hacen Jason Isaacs y Maria Bello, la labor del resto oscila entre la consecuente guasa, caso del sueco Michael Nyqvist (visto en la saga Millenium), o el puro aburrimiento, como en el de Alfred Molina.

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