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¿Se imaginan un thriller norteamericano ganando premios en festivales europeos como, pongamos por caso, el de mejor director en Cannes?. Pues bien: esa película existe, se titula Drive y es probablemente una de las sorpresas cinematográficas más alucinantes del año, un vulgar ejercicio de serie B que en manos de su director, el danés Nicolas Winding Refn, resulta un viaje exquisito que marca las reglas del cine entendido como batidora de referencias. Porque Drive parece una mutación entre el thriller de los setenta, el cine de acción más testosterónico y hasta un psycho-thriller romántico con un tono un tanto perturbador, pero todo ello plasmado con un el afán postmoderno de un Quentin Tarantino hasta arriba de tranquilizantes... al menos, hasta que comienza la violencia.

Y todo esto no lo es por su escueto guión, que se limita a engarzar un puñado de situaciones más o menos convencionales del cine negro. Lo es, sin duda, por el fascinante tratamiento visual de su director, el danés Nicolas Winding Refn, quien realza los contornos pesadillescos y hasta oníricos de la historia a través de unos encuadres inquietantes, perfectos, y el uso del sonido (y del silencio) más espectacular, expresivo y contundente que puede imaginarse. Todo esto y mucho más convierte Drive en una cinta que despertará amores y odios encendidos, pero que incuestionablemente se trata de uno trabajos cinematográficos más arrebatadores del año.

A lo largo de sus primeros cuarenta minutos, la cinta hace gala del mismo laconismo que su protagonista, el anónimo conductor que interpreta Ryan Gosling. Durante el día, el misterioso joven trabaja como especialista en Hollywood, mientras por la noche, se vende al mejor postor como chófer de delincuentes. El misterioso conductor se enamora de su vecina, una joven madre soltera (Carey Mulligan) que encarna la pureza y la esperanza que falta en su vida, y a la que trata con inesperada ternura. Winding Refn orquesta la función potenciando hasta la náusea cierta sensación de tensión sostenida, explotando las bondades de una ciudad, la de Los Angeles, retratada como una urbe desangelada, de largas avenidas y una luz tremendamente seductora, y con puntuales estallidos de violencia que alteran ese tono aparentemente impasible de un relato con ecos del mencionado Tarantino, de Walter Hill, Sergio Leone y hasta el Michael Mann de, por ejemplo, Collateral... por citar sólo algunos de los más evidentes.

Winding Refn demuestra que domina perfectamente los resortes de todos los géneros, pero que su intención es llevarlos más allá de una manera radical. Para ello no tiene inconveniente alguno en coquetear con un sentido de la épica casi grotesca, visible en la caracterización de los villanos, y desde luego a una violencia rayana con el gore que resulta tremendamente sorprendente (la escena del ascensor ya se ha hecho famosa, aunque no se pierdan el tiroteo en el motel, o ciertas reacciones de un excelente Albert Brooks: en todas ellas salta la sangre y la carne a la pantalla). No obstante, y por si no había quedado claro todavía, el danés no parece demasiado interesado en convertir Drive en un relato convencional, por mucho que éste aparezca adornado con ocasionales persecuciones, todas ellas rodadas con un gusto extremo. Todo en ella, en realidad, es una excusa para que desplegar su talento, su capacidad para retorcer una convencional historia de cine negro y convertirla en un cuento de hadas urbano de texturas casi terroríficas. A Drive, repito, se la ama o se la odia... algo que forma parte de su inusual atractivo.

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