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Juan Manuel González

'Sherlock Holmes. Juego de Sombras'

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Con Sherlock Holmes (2009) el director británico Guy Ritchie, responsable de inaugurar el género de mafiosos londinenses con Lock & Stock, entró en Hollywood como un elefante en una cacharrería. No creo que, pese al posible desacuerdo que puedan manifestar los admiradores de su admirada etapa inglesa, jamás estuviera destinado a otra cosa distinta que a facturar espectáculos de acción como el que nos ocupa, que acerca de forma más o menos curiosa a la pareja de personajes creada por Arthur Conan Doyle a la mitología de las aventuras del famoso 007, Indiana Jones, y por qué no decirlo, a la verborrea violenta y testosterónica de los protagonistas de la recordada (al menos por mí) Arma Letal. Prueba de ello es que lo hizo de la mano del productor Joel Silver, creador del musculoso género de acción en la década de los ochenta a la que pertenece aquella película protagonizada por Mel Gibson y Danny Glover (así como su estupenda secuela, Arma Letal 2, o las dos primeras entregas de Jungla de Cristal), y a cuya mano también se deben gran parte de los aciertos y errores de esta secuela, Sherlock Holmes. Juego de Sombras.

Londres 1891. Una cadena de atentados con bomba, atribuidos a anarquistas, asolan el territorio británico. Como esto no deja de ser un serial a la antigua usanza, nos reencontramos sobre la marcha y sin más presentaciones con Holmes (Robert Downey Jr.), naturalmente detrás del responsable de las explosiones y a punto de sacar conclusiones a puñetazo limpio. El investigador sospecha que todo forma parte de un plan urdido por James Moriarty (Jared Harris), un brillante profesor universitario, por mucho que sus verdaderas y pavorosas consecuencias todavía están por llegar. Con su verborrea habitual, y después de una serie de eventos que tampoco significan demasiado, Holmes consigue implicar a su fiel escudero Watson (Jude Law), dando comienzo a un viaje que le llevará por la mitad de Europa, y que culminará de forma espectacular en lo alto de unas cataratas en Suiza...

Fiel al esquema de una secuela al uso, Juego de sombras es más excesiva que la anterior, que como quizá recuerdan, no se trataba de un filme precisamente sobrio. Trata de ser más divertida, más espectacular, más oscura, y más (súper) poblada de personajes, como se demuestra con las incorporaciones de Stephen Fry y Noomi Rapace, quienes tampoco tienen tiempo de aportar demasiado. No obstante, y pese a las buenas maneras que apunta la trama, preñada de referencias más o menos veladas al actual terrorismo islamista, Ritchie no consigue del todo dirigirla en la dirección adecuada, como tampoco logra que toda esta retahíla de personajes interactúen y se relacionen entre ellos, cosa que sí hacían la pareja de policías de la mencionada buddy-movie, o el villano y el héroe de la primera Jungla de Cristal. Dado que el humor no llega a funcionar, y que el relato no brilla por su tensión, su solución no es otra que acumular de todo y empujar la película hacia delante, logrando que esta peculiar mezcla entre relato policiaco y casi superheroico (Holmes y Watson aparecen dibujados como dos superpolicías invencibles), funcione simplemente por la efectividad de sus fuegos de artificio.

No obstante, hay suficientes momentos a lo largo de Juego de sombras que permiten atisbar el filme que hay en él, o que reportan instantes de interés que nos recuerdan a las mejores muestras del género de acción como las que citamos. La conversación que envuelve a Moriarty e Irene casi al inicio del filme, o la que el villano mantiene en su despacho con Holmes, por poner dos ejemplos, son capaces de llamar la atención por sí mismas, sin necesidad de más adornos, y se complementan con set pieces ruidosas y verdaderamente acertadas, además de un desenlace algo más sutil de lo esperado.

Lamentablemente, todos ellas se ven obligadas a convivir con cierto número de situaciones y personajes que hablan mucho, pero dicen muy poco, y que no parecen tener finalidad alguna dentro del relato (¿para qué la boda de Watson?), por no mencionar los numerosos instantes en los que Ritchie trata de esforzarse en señalar que es él quien está detrás de las cámaras mediante enfáticas alteraciones visuales. Los manierismos del director refuerzan la impresión de que todo en sus manos se convierte en un juguete, lo que resta emoción tanto a las escenas de acción como a los recovecos más interesantes de la trama.

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