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Juan Manuel González

'MS1: Máxima Seguridad'

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Creo recordar que en otras ocasiones hemos alabado, hasta cierto punto, el descaro de las producciones de Europa Corp, léase el galo Luc Besson, por su descaro, precisión y modestia. Cintas como Venganza, Desde París con amor, Colombiana o Transporter no son, desde luego, dignas de aplauso por la calidad de sus guiones o sus recursos revolucionarios, pero sí por su carencia de pretensiones y su franqueza a la hora de apuntarse a los recursos más fáciles del cine del género que toque. Además, suponen la cabeza de lanza de un modelo industrial fácil de exportar que, bien complementado con otras tendencias, resulta de lo más estimulante y pingüe.

MS1: Máxima Seguridad es otra producción del que fuera realizador de Nikita, León: El Profesional y El Quinto Elemento, que en esta ocasión ha delegado en los debutantes James Mather y Stephen St Leger la dirección de una cinta que parece tomar por bandera filmes como 1997: Rescate en Nueva York así como su secuela, 2013: Rescate en Los Angeles, ambas de John Carpenter, y al menos media docena de títulos de acción y ciencia ficción paradigmáticos como La Roca o Jungla de Cristal.

Snow (Guy Pearce) es un agente de la CIA acusado falsamente de espionaje. A cambio de su libertad, le obligan a rescatar a la hija del presidente de los Estados Unidos, Emilie (Maggie Grace, rodando ahora mismo la secuela de Venganza). La joven se encuentra atrapada en una prisión de máxima seguridad a la deriva en el espacio, después de haber sido tomada por violentos reclusos.

Lamentablemente, y quizá por el amplio y épico escenario que propone, el de una prisión espacial, las limitaciones de las producciones de Besson quedan demasiado expuestas. MS1: Máxima Seguridad enfatiza algunas de sus lagunas (guión apresurado, horribles efectos visuales) a la vez que atempera sus virtudes debido a un humor socarrón que no funciona. Guy Pearce hace un gran trabajo a la hora de actualizar su particular remedo de Snake Plissken, el célebre protagonista de las muy anárquica dupla de Carpenter, pero las líneas que le toca recitar, procedentes del guión escrito por la pareja de directores y el propio Besson, carecen de ingenio y verdadera subversión.

Bien es cierto que la aventura funciona algo mejor según avanza, que hay ideas prometedoras y que algunas situaciones típicas del género parecen estimulantes sobre el papel, pero todo aparece en pantalla visualizado sin elegancia y tensión. La brillantez visual de sus referentes, o su pura y dura mala leche que intentan reproducir (caso de Carpenter) provocan que la infantil aportación de Besson, apta para un rato sin pretensiones, se hunda en el abismo de la caricatura.

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