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Juan Manuel González

'Pollo con ciruelas'

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Pollo con ciruelas es la adaptación cinematográfica de la novela gráfica homónima de Marjane Satrapi, autora de la célebre Persépolis, también presente aquí en calidad de codirectora junto a su colaborador Vincent Paronnaud. La cinta es una solvente coproducción francesa que demuestra que hay vida más allá de los relatos de superhéroes en un momento de apogeo en la intersección entre celuloide y cómic. Pollo con ciruelas es también, al margen de esa indudable necesidad, un producto ideal para todos aquellos que reniegan del músculo de esas superproducciones Marvel y prefieren refugiarse en la supuesta higiene intelectual de un producto europeo, presuntamente más refinado y al margen de convencionalismos.

En todo caso, y dejando de lado mis reticencias ante esos pseudo elitismos, tampoco exentos de todo sentido, lo cierto es que la codirectora Marjane Satrapi plantea aquí una poética y trágica historia de amor (o más bien, del vacío que deja) que acaba sobreponiéndose a bastantes de esas desconfianzas. Inspirada en la vida de sus propios antepasados, y narrada y filmada en clave de cuento de hadas onírico e imaginativo, Pollo con ciruelas acaba beneficiándose de una estética cercana al trabajo de Jean Pierre Jeunet (Amelie, Delicatessen) pero a la vez distanciándose de él gracias a un humor negro mucho más seco y un desaforado sentido trágico más amargo y desencantado de lo previsto.

Estamos en el Teherán de 1958. Nasser Ali Khan (Mathieu Amalric), uno de los músicos más famosos de su época, ya no tiene ganas de vivir. Al no encontrar un instrumento digno de sustituir a su viejo violín, decide meterse en la cama y morir. Durante los siguientes ocho días, Nasser se sume en ensoñaciones y recuerdos ante la frustración de su mujer y sus hijos. Mientras, un narrador omnisciente y en off (del cual nos reservamos su identidad) nos muestra cómo el músico viaja a su propio pasado e incluso se imagina el futuro de sus hijos.Y como si de una cebolla se tratase, vamos quitando capas y descubriendo poco a poco el motivo de la renuncia a la vida de Nasser...

Con una brillante y exuberante puesta en escena, bien alejada del trazo descuidado de las obras en papel de Satrapi, Pollo con ciruelas bebe de la elegancia fantasiosa de Amelie y la angustia onírica más culterana de la misma manera en que mezcla drama y comedia. Aunque se trate de un filme menor que esos posibles referentes, Satrapi y su codirector Vincent Paronnaud logran que su aportación resulte autónoma y original (quizá menos de lo que desearían) aceptando, precisamente, la comunión del filme con la viñeta y potenciando la tremenda interpretación de Amalric, un actor nacido para este tipo de papeles. Pollo con ciruelas encuentra momentos para la sonrisa más extraña y delicada incluso en algunos de sus momentos más crueles, y alberga un romanticismo tan irreal como genuino, pero dentro de los márgenes de un nihilismo sorprendente. La ausencia de un acto final redentor deja con el corazón en un puño, convirtiendo a Pollo con ciruelas en una experiencia poética, desencantada y, en efecto, romántica.

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