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Summit Entertainment ha experimentado en el último lustro un incremento desmesurado de su actividad cinematográfica. La causa de su éxito ha sido, con toda seguridad (y de forma legítima), las adaptaciones de la saga Crepúsculo, serie de cintas de corte juvenil que continúa a día de hoy llenando las arcas del pequeño estudio y de la que queda por estrenar su último capítulo. A ese mismo sector parece tratar de llamar Sin Rastro, un thriller muy en la línea de la imitada Frenético, de Polanski, pero adaptado a un target menos adulto gracias al protagonismo casi exclusivo de la rubia Amanda Seyfried, solvente actriz de una extraña e inquietante belleza vista en Mamma Mia!, Chloe o Cartas a Julieta, y ciertamente ideal para papeles como el que aborda aquí.

Seyfried interpreta a Jill, una joven atormentada cuya hermana desaparece en su propia casa súbitamente y sin dejar rastro alguno. La chica tiene el pálpito de que ha sido secuestrada por el mismo psicópata asesino que dos años atrás la tomó a ella, y del que consiguió escapar in extremis. No obstante, las autoridades no creen a Jill debido a sus antecedentes psiquiátricos. Sin nadie a quien recurrir, ella misma se pondrá en marcha para encontrar a su hermana y acabar con el anónimo sujeto...

Hay varias maneras de acercarse a la cinta del brasileño Heitor Dhalia, y en ninguna de ellas la película llega a cumplir las más limitadas expectativas. Como vehículo para el lucimiento de su protagonista apenas llega al aprobado raspado: la joven actriz cumple el expediente y, efectivamente, aporta cierta mezcla de inocencia y oscuridad a una heroína impulsada por la comprensible paranoia y la obsesión... pero nada más. La rutina que se desprende del guión, que apenas aprovecha esta premisa –ya por no haber, apenas hay giro final- y la aburrida puesta en escena del realizador, incapaz de enriquecer con un hálito de vida o de expresividad la literalidad del texto, tampoco ayudan a levantar el pabellón por encima de los códigos del género.

La elección del título español, el mismo que el de una serie de televisión reciente, ya ilustra de forma involuntaria que, de alguna manera, sus responsables dan la película por perdida desde el comienzo. Sin rastro tiene alguna metáfora inquietante, como ese sendero horrible que la joven Jill sigue al final de la cinta, y se beneficia de los bellos pero siniestros paisajes de Oregón. También se adivinan en ella ciertas implicaciones sobre las consecuencias psicológicas de la violencia en la mujer. Pero se trata de un filme sin ningún secreto y demasiado ordinario como para llevarlos a algún término.

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