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Debo reconocer que las consignas y códigos de financiación que guían la producción cinematográfica española me confunden, cuando no indignan, cada vez más. Pero he aquí el dato: pese a un contexto de rampante crisis económica, en las últimas semanas se han presentado en las carteleras, si bien con distinta suerte comercial y artística –como es lógico y natural- largometrajes tan solventes a un nivel de pura envoltura como pueden ser Tadeo Jones, Invasor, Fin, Operación E, la arriesgada Blancanieves, además de –por supuesto- la magnífica Lo imposible de J.A. Bayona, que ya lleva 40 millones de euros amasados sólo en nuestro país. Pero no es mi intención comenzar un comentario sobre El cuerpo, cinta de suspense hitchcockiano que hereda parte de los códigos de El Orfanato y Los ojos de Julia, con una reflexión sobre el modelo de producción de nuestra inexistente industria. Ni siquiera por sus resultados artísticos concretos, que si les interesa podrán leer en el archivo de esta sección. Me refiero, más bien, a su adscripción a cierto arquetipo de cine que abraza lo comercial sin complejos (sin necesariamente resultar estúpido, parece mentira que aún tengamos que despegar ambos términos), que no es necesariamente complaciente o acomodaticio en lo artístico (pese a esa tendencia a la fotocopia del modelo americano que se adivina en alguna), y que aborda el entretenimiento adulto, e incluso el puro y duro cine de género, sin pedir perdón y sin mostrar arrepentimiento alguno, algo complicado de encontrar en la producción patria.

Pero eso es, precisamente, lo que convierte El cuerpo en un digno producto de entretenimiento. El debut del guionista Oriol Paulo narra la investigación de la desaparición del cuerpo de una adinerada y atractiva empresaria en la morgue y las maquinaciones del viudo para huir de la escena del nuevo crimen casi en tiempo real. ¿Estaba realmente muerta Mayka Villaverde (Belén Rueda)? Si esto es así ¿quién la asesinó? Y lo más importante de todo ¿es el mismo que ha robado el cadáver?... Naturalmente, y como es menester, no es de recibo tratar de derribar El Cuerpo por lo artificioso de su sinopsis, o por el desarrollo de un guión que -como era de esperar- tras algún amago sobrenatural se reserva el derecho de adentrarse en un territorio más realista, y que se se guarda en la manga un giro final que cambia todo lo visto hasta el momento (que sea previsible es otro cantar). Sí resulta más criticable el hecho de que a la puesta en escena de Oriol Paulo, guionista de la citada Los ojos de Julia, le falta garra y convulsión, sentido del horror y del humor malévolo, algo que el guión parece pedir a gritos, como también que a Hugo Silva le falta todavía gravitas para un personaje como el abordado aquí.

No obstante, El cuerpo es un estimable thriller hitchockiano, gozosamente inverosímil, que mantiene la atención hasta el final y que además destaca por un buen trabajo de atmósfera por encima de sustos fáciles (haberlos, haylos). Paulo trabaja y exprime el tópico hasta que el cuerpo aguanta (perdón por el chiste) y se apoya en bastiones solventes como su citado trío actoral, aportando cien minutos de digno entretenimiento. No es una obra maestra, pero tampoco nos hacía falta.

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