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Las similitudes entre Hitchcock, la película, y la mente supuestamente retorcida del legendario director británico no resultan particularmente significativas. Digo esto porque, en el momento de escribir estas mismas líneas, y por razones que todavía desconozco, me ha venido a la cabeza La Red Social, el celebrado filme de David Fincher sobre la figura del ínclito creador de Facebook, Mark Zuckerberg. Como aquella, Hitchcock no es un biopic al uso, al limitar su campo de acción a una cronología concreta, aquí el antes, durante y después del rodaje de la mítica Psicosis, en el año 1960. Pero a diferencia del estupendo filme de David Fincher, o incluso de la actual Lincoln, de Spielberg, la película no es como su personaje, ni como la situación que tuvieron que afrontar. Si en La red social Fincher parecía adoptar los algoritmos de la mente de Zuckerberg para desenredar una película fría, distante, cínica y frustrante, como frustrante era –suponemos- el creador de Facebook y su lucha por el poder, Gervasi se limita en Hitchcock a elaborar un amable drama cómico sobre la figura del legendario realizador, un genio indiscutible cuyo retrato psicológico nunca da la impresión de ir más allá de los ademanes adoptados por Anthony Hopkins, que no son más que la visible y conocida faceta juguetona del director de Con la muerte en los talones.

No me entiendan mal. Hitchcock, inspirada en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho de Stephen Rebello, trata de ahondar en la figura del realizador de más de una decena de obras maestras del cine, y lo hace en un filme agradable, simpático, divertido y bastante entretenido. Pero tampoco aporta muchos más datos sobre su figura, o sobre la concepción y rodaje de Psicosis, de las que se pueden encontrar en algún excelente making of de los que se encuentran en el DVD. Y de hecho fracasa cuando trata de autoafirmarse como drama, limitándose a vincular la sangrienta historia de Psicosis, su audaz puesta en escena y su desafío a la moralidad del público, con la irritación e inseguridad que provocaba en Hitchcock la potencial infidelidad de su esposa Alma Reville (interpretada por Helen Mirren de manera más firme que su partenaire, probablemente más intensa por carecer de un referente tan icónico como fue Hitch).

¿Que puede aportar el realizador Sacha Gervasi, guionista de la infravaloradísima La terminal, de Spielberg, que ayude a perfilar la figura de uno de los iconos más característicos del cine? Lo mejor de Hitchcock, que como sabemos fue un maestro a la hora de crear su propio personaje, de construir él mismo el icono que ya era entonces, habita en sus sugerencias. ¿Y si alguien realmente bueno abordase una "estúpida película de terror", tal y como le asegura a Alma Reville en una de sus conversaciones de alcoba? ¿Y si el cine de género fuese la herramienta para desafiar las convenciones sociales, sentir la libertad artística rompiendo barreras? Bien es cierto que Hitchcock, la película, resulta un show demasiado domesticado a la hora de indagar en el motor de ese avance, fundamentado en la culpabilidad, la obsesión sexual y el carácter cascarrabias y burlón del genio, en su búsqueda de desafíos y nuevos juguetes que romper. Pero se trata de una película lo bastante ágil y liviana como para sugerir claramente esas pulsiones irracionales.

Hitchcock es breve y además avanza sin complicarse la vida demasiado, gracias a sus numerosas y cómodas elipsis, ancladas con limpieza (o simpleza) en la acción-reacción, causa-efecto, más básicas. Si Hitch está valorando qué actriz será la protagonista del filme, en la siguiente escena se produce el encuentro con ésta. Si Hitchcock espía a su esposa con el guionista Whitfield Cook (Danny Huston), a continuación nos muestra al realizador fingiendo acuchillar con rabia a Janet Leigh (adecuada Scarlett Johansson) durante el rodaje de Psicosis. Sacha Gervasi apenas escarba en la oscuridad, sino que la utiliza para matizar las bondades del personaje, su agradable encanto construido de defectos: su indisimulado voyeurismo, su carácter celoso, su espíritu gamberro, así como su inenarrable y juguetona facilidad para introducirse y enredar en la psique ajena. No obstante, la verdadera densidad no la otorga esta vez Anthony Hopkins, enterrado bajo demasiado maquillaje y limitado por algunos de los tics cultivados por el propio director británico. Es Helen Mirren, que interpreta a su esposa Alma Reville, quien otorga la adecuada gravedad al relato una vez este debe ponerse un poco serio. Hitchcock carece del riesgo de los ejemplos citados arriba, así como del atrevimiento del personaje referido. Pero es un filme agradable y recomendable.

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