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En un momento de Combustión, el delincuente interpretado por Alberto Ammann realiza una investigación sobre el turbio pasado del coprotagonista de la historia, que iba a ser víctima de un robo pero acaba levantándole la novia al ladrón. Y descubre frustrado que ni siquiera tiene perfil en Tuenti, red social habitualmente reservada al coqueteo de adolescentes. La anécdota no viene a colación del insondable anonimato del sujeto, tan gregario que ni siquiera existe en Google (¡!) o del papel de esa red social a la hora de financiar la película (cosa que me parece correcta), sino más bien de los puntos fuertes y limitaciones del guión de Combustión... thriller criminal a medio camino del romance y la acción que pese a todo mejora notablemente los resultados de la última película de Daniel Calparsoro, que hace muy pocos meses presentó la desastrosa Invasor

Combustión conserva el gusto del realizador por los requiebros argumentales, método del barcelonés para reivindicar cierto sello propio en lo que de otra manera parecería una suerte de "rip-off" de Hollywood, esta vez a colación de las carreras macarras Fast and Furious. Pero a su favor hay que decir que, de acuerdo al estilo de vida y temperamento de sus personajes, éste golpe de efecto sucede aquí de manera mucho más evidente, brutal... y también sincera. Lo que en principio parece una muestra de serie negra urbana en forma de película de robos, se torna en un momento una historia de traiciones y competiciones con triángulo amoroso de por medio, filmada por Calparsoro con un adecuado convencimiento y como si de una mezcla de Tony Scott y Michael Mann se tratase.

Salvando las distancias, el resultado se deja ver bien. La música electrónica de Carlos Jean y el buen trabajo de puesta en escena maquean los bandazos de la segunda mitad del guión, que oscila entre la visceralidad machorra de Le llaman Bodhi (cuyo germen, por cierto, ya habitaba la primera entrega de The Fast and the Furious) y una versión con alerones de la Juani de Bigas Luna. Carparsoro desaprovecha la oportunidad de hacer un buen cubata con ambas, al menos uno con el adecuado sentido del humor, pero tampoco llega a ofrecer garrafón ni llega a perder el control del vehículo pese al escaso carisma de algunos miembros de su reparto, que insisten en susurrar sus frases en vez de pronunciarlas. El resultado saca un muy buen provecho de los exteriores madrileños, y aunque el hatajo de pijos chonis que pueblan su historia no despierta excesivas simpatías, al menos deja atrás la moralina política y de parvulario de otras películas del autor. Carparsoro pone toda su convicción en entretener y dotar de peso y atmósfera nocturna al asunto, al tiempo que apela descaradamente a su público objetivo, precisamente ése que le da al Tuenti desde la mañana a la noche y que convirtió Tres metros sobre el cielo en una máquina de ganar millones aquí y fuera de España... proporcionando un buen número de giros filmados con un esteticismo en el que está la verdadera clave de la propuesta.

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