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En un momento de El Mensajero, el padre coraje interpretado por el forzudo Dwayne Johnson pregunta a un agente de la DEA cómo infiltrarse en el narcotráfico sin ser descubierto. Su objetivo es liberar a su hijo adolescente de la pena máxima por tráfico de drogas, que le ha sido endosada por una ley -la de condenas mínimas a narcotraficantes- que presumimos aberrante y excesiva. "Sé tú mismo", contesta lacónicamente aquél. Casi un eslogan que debe ser el mismo lema que el atleta y exluchador ha aplicado a su carrera cinematográfica, adornada por títulos como las recientes G.I.Joe: La Venganza o Fast & Furious 6, y ampliada ahora con este modesto thriller dramático basado en hechos reales que ha cosechado un decente resultado en su exhibición estadounidense, y que a diferencia de aquellos, protagoniza él en solitario.

Llama la atención que El Mensajero venga interpretada por Dwayne Johnson y no por Kevin Bacon, Gerard Butler o Bruce Willis, tanto me da. Y es que, lejos de los ejercicios de acción física y grotesca protagonizadas por el apodado "The Rock", la película es un thriller oscuro en el que prima el desarrollo de personajes sobre la acción y en el que el drama pesa igual que el retrato de los entresijos del mundo criminal. Y lo cierto es que el actor, lejos de sentirse desubicado y sin tampoco rayar a gran altura –seamos serios-, se desenvuelve lo suficientemente bien como para ganarse, de nuevo, todo nuestro respeto y simpatía. El californiano se pasea por el largometraje con todo el carisma, la honestidad y también discreción que le son posibles, demostrando que es capaz de adaptarse al material pero a la vez sin permitir que la evidente pesadumbre o el tono pseudorealista –carente de todo tipo de ironía- impuesto por Ric Roman Waugh afecten su condición heroica. Johnson se integra perfectamente en el devenir de un relato noir plano y simple, y a la chita callando remata una sutil maniobra de aquello que podríamos definir como cambio de registro, sin haber acaparado titulares por ello. Y eso, señores, es ser una estrella.

Porque Johnson es, en definitiva, lo único que separa El Mensajero del correcto devenir de un relato de sobremesa. Ric Roman Waugh, antaño director de especialistas, realiza un eficaz y voluntarioso ejercicio de thriller dramático, inspirado en unos hechos reales (narrados a su vez en un documental del programa Frontline) y que está bastante lejos de la acción prototípica protagonizada por Johnson, al menos hasta su tramo final. Pero evidentemente Roman Waugh no es Antoine Fucqua, ni mucho menos Michael Mann (Collateral, Miami Vice), por lo que por muchos baños de honestidad que tenga El Mensajero, la película flaquea y se acomoda pronto como un sucedáneo light de The Wire. Al descenso a los infiernos de su protagonista le faltan contornos pesadillescos, verdadera violencia, pero gracias a Dios y pese a la escasez de glamour (esperen a ver a Johnson en la nueva de Michael Bay, Dolor y dinero) el realizador conjuga el verbo narrar, y la película se ve con moderado interés. A ello contribuye una Susan Sarandon realmente bien operada y la equilibrada dosis de crítica social con acción, perfecto cóctel para ese público tradicional al que el productor Jerry Bruckheimer consiguió apelar con tanta fortuna. Es esa artesanía y esa clase de glamour fast-food, por cierto, lo que se echa de menos en El Mensajero.

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