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Los Gremlins llenan el Palafox de Madrid

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Imaginen una versión alternativa de Gremlins en la que la cabeza cortada de una de las protagonistas sale rodando escaleras abajo, ensangrentada. O en la que el perro del joven Billy es devorado por los monstruitos del director Joe Dante y el productor Steven Spielberg. La existencia de esas escenas, plasmadas en el guión pero nunca filmadas, fueron algunas de las confesiones –que los fans se conocían de memoria- reveladas por el propio Dante en el primer Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna, clausurado el domingo en Madrid.

El director es uno de los gurús del cine de fantasía de los setenta y ochenta, y al igual que John Carpenter en las distintas variedades del cine de género, ha ejercido con gusto el papel de outsider dentro de la propia industria, tocando todos los palos de la producción de Hollywood durante su extensa carrera. De su comienzo en la factoría de Roger Corman y la serie B de la mano de Piraña (1978) hasta el terror de bajo presupuesto de Aullidos (1981), una importante reformulación del mito del Hombre Lobo, Dante saltó al cine de gran presupuesto de la mano de Spielberg, antes de regresar a la televisión y la financiación independiente al margen del mainstream (su último filme, Miedos 3D, data de 2010).

Dante estuvo este fin de semana en Madrid para recibir el primer premio Maestros del Fantástico del recién inaugurado festival y para presentar -cortesía de otra iniciativa a celebrar, Phenomena- una proyección en 35 mm de una copia original de Gremlins, su mayor éxito, ante un enfervorecido público entre los que estuvo también el director Mick Garris (Sonámbulos, Critters 2). "Desde aquí arriba todos parecéis Gremlins", dijo desde la tarima el realizador, y no era para menos. La sala 1 del Palafox se llenó hasta la bandera de fans de uno de los hallazgos del cine comercial de los ochenta, icono de la nueva nostalgia cinéfila (y más todavía cuando hablamos del cine que marcó la infancia de toda una generación) e inagotable fuente del merchandising aún a día de hoy. Una sala llena y dispuesta a aplaudir los momentos álgidos de la película y los nombres del músico Jerry Goldsmith, el productor Steven Spielberg y el propio director según aparecían impresionados en los títulos de crédito, en su glorioso formato original y sin digitalización alguna.

El propio Dante, sin embargo, supo contextualizar el fenómeno: "Los 80 no fueron especiales. Todos recordamos con nostalgia mejores tiempos. En los 80 recordábamos los 50, y ahora los 80 son los nuevos 50". El realizador, tan rebelde con Hollywood como nostálgico irredento de su Edad de Oro en el cine de género, lo tiene claro a la hora de valorar una película: "No es tan importante lo que es, sino lo que significa para ti". El director de El Chip Prodigioso y Pequeños Guerreros pudo colar su cinefilia gamberra y dosis sorprendentes de inconformismo político en el cine de gran formato hasta que la industria se lo dejó de permitir.

¿Y en qué lugar queda Gremlins vista hoy en día, a tan sólo un año de su 30 aniversario? Pues muy bien. Su mezcla de humor y terror, siempre al borde de la parodia pero sin (casi nunca) caer en ella, sigue resultando demencial y atrevida, y la frescura que desprenden sus anticuadas marionetas gana en expresividad a muchos de los diseños digitales de última hornada. Un sentido del humor que no anula cierto suspense gracias al buen hacer de Dante, que logra que una historia de serie B tenga el clímax digno de una superproducción, sin ni siquiera olvidarse de ofrecer la adecuada redención heroica al monstruito Gizmo (al ritmo de la juguetona partitura del fallecido Jerry Goldsmith).

Gremlins es, huelga decirlo, uno de los títulos míticos que marcaron el cine de la generación de los ochenta, aquella en la que –no me avergüenza decirlo- se crió un servidor. Una traviesa película de terror adulta sobre el peligro que entrañan las apariencias, y que incluso apunta una malintencionada crítica contra el superficial modo de vida occidental. Todo ello introducido de manera ladina e inteligente dentro de una película para niños, aunque quizá sea una de niños metida dentro de una adulta, tanto me da. Una cautivadora y traviesa ambigüedad que motivó que, junto a Indiana Jones y el Templo Maldito, ambas bajo la batuta de Steven Spielberg, se crease la calificación PG-13, es decir, el equivalente a lo que aquí llamaríamos para mayores de trece.

Dante desveló que el guión de Chris Columbus abundaba en el terror, y que tras la llegada de Spielberg al proyecto se eliminó gran parte del contenido sangriento. Sin embargo el director, cuyos conocimientos enciclopédicos del cine de terror de los 50 sólo es igualado por su admiración por los dibujos animados de Chuck Jones, se guardaba unos cuantos ases en la manga. El entrañable pero a la vez sarcástico sentido del humor de la película extrañó incluso a Steven Spielberg. "En la proyección de prueba se llevó varias veces las manos a la cabeza", se congratuló el director en la tertulia posterior al largometraje.

El concepto de Gremlins sigue vigente todavía, con el reciente anuncio de un remake en el que dijo no estar envuelto ("sólo hay dos productores y ningún guión") y el permanente auge del cine de terror, género que con sus idas y venidas, parece inagotable. El público preguntó preocupado por el uso de efectos digitales en vez de las entrañables marionetas, y Dante escurrió el bulto con inteligencia: "El digital ofrece más posibilidades, ahora pueden borrar al marionetista, nosotros teníamos que esconderlo", aseguró, citando La Vida de Pi como ejemplo de la perfección alcanzada por los efectos visuales por ordenador a la hora de interactuar con actores. No obstante, Dante sabe cómo complacer a su audiencia y se reservó lo mejor para el final: "Yo prefiero los muñecos".

La nostalgia es un arma de doble filo, pero la del sábado fue una jornada para recordar.

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