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Juan Manuel González

Crítica: 'The Amazing Spider-Man 2. El poder de Electro'

La secuela de Spider-Man es un gargantuesco folletín tan confuso como fascinante.

Juan Manuel González
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Hace dos años, The Amazing Spider-Man supuso un nuevo comienzo cinematográfico, para muchos prematuro, de las aventuras del trepamuros de la editorial Marvel. Habían pasado poco más de diez años del estreno del primer Spider-Man de Sam Raimi, y tras la sustitución del anterior equipo creativo tras Spider-Man 3, la más exitosa hasta el momento (y la primera con síntomas de cansancio creativo), el estudio se apresuró a presionar el botón de "restart" con una nueva película cuya necesidad de repasar los mismos acontecimientos oscureció sus innegables virtudes. Porque sí, están leyendo a uno que disfrutó, hasta cierto punto, con esa infravalorada cuarta/primera entrega.

The Amazing Spider-Man 2. El Poder de Electro es la secuela de ese reboot y, a la vista de los resultados, no va a cambiar absolutamente ninguna concepción. Vamos a decirlo pronto, para ahorrarles líneas que leer: pese a que su éxito de taquilla será clamoroso, la película que dirige de nuevo Marc Webb no va a convencer a los escépticos, es más, profundiza tanto en los virtudes como, sobre todo, los defectos de esa primera película. Sólo que en esta ocasión todo es más desmesurado, monumental, emotivo... y también caótico.

The Amazing Spider-Man 2 es el típico blockbuster de nuestros días. Una película que es más un evento transmediático diseñado para vender tantas entradas como merchandising, cómics, novelas, videojuegos y juguetes. Y su narrativa parece reflejar, y resentirse, de ese cúmulo de obligaciones heredadas y una cierta confusión en su concepción. Anunciamos ya que a quien no le fascine el fenómeno del blockbuster la película de Webb le va a suponer un verdadero dolor de cabeza, un espanto de 142 minutos alargado hasta casi la extenuación concebido, además, para dar lugar a todavía más secuelas y spin-offs. No les falta razón. Aunque este cronista no encuentra inconveniente en aplaudir su desmesura, su histeria, imbuirse en su espíritu pop, la película se resiente de lo que parecen constantes injerencias del equipo de producción, un defecto que comparte con la mencionada Spider-Man 3 y no pocas películas del estudio. Pero a diferencia de aquella, la presente triunfa gracias al carisma de su pareja protagonista y su despendole entre humorístico y sentimental, que se siente bastante cercano al espíritu de la creación de Stan Lee y muy similar en lo esencial a las entregas más aplaudidas de la saga original.

¿Cómo explicar, en estas circunstancias, la atracción que provoca la película? The Amazing Spider-Man 2 es el mayor y más hipervitaminado serial pop realizado hasta la fecha, un maremágnum de información, subtramas y objetivos comprimidos en un filme colorista, siempre caótico y a veces fascinante, que abarca sin transiciones ni progresión dramática el macroespectáculo y el folletín sentimental. Amistades perdidas, encuentros y desencuentros, estruendosas escenas de acción y sí, despedidas, se dan cita en un largometraje que trata de abarcar, y no puede, eventos que alimentarían la temporada entera de una serie televisiva. A menudo infantil, siempre alegre y en ocasiones terriblemente cruel, The Amazing Spider-Man 2 es probablemente el culebrón más desmesurado jamás realizado, un cóctel de relaciones paternofiliales disfucionales y romances fallidos, recorrida por un constante sentimiento de pérdida, que cambia de tono casi en cada secuencia y que sacrifica toda fluidez para dar cabida a las necesidades del cine franquiciado, ese misterioso "four quadrant movie" nacido de los estudios de mercado que busca satisfacer los deseos de la audiencia global, de todo género, edad y extracción social.

Pero pese a todo, o precisamente por eso mismo, la película funciona como reformulación del personaje, totalmente fiel a la colorista anarquía y cálculo narrativo de un cómic. Si ello ocurre es por la pericia de Marc Webb para, en medio de semejante caos, seguir alimentando la película de elementos vivos y auténticos, o si se quiere, más tradicionales, que manifiestan cierta capacidad del autor de 500 días juntos para dejar su impronta (el romance iniciático, el trabajo con los actores) entendida ésta como medio alcanzar la ansiada fidelidad a la figura impresa de la Marvel. La química entre Andrew Garfield y Emma Stone, dos actores cuya impaciencia y pasión juvenil parece impregnar la propia película, resulta genuina por razones palpables; las impresionantes secuencias de vuelo arácnido, en las que brilla por derecho propio el uso del 3D, resultan vertiginosas; y las ruidosas pero tampoco tan abundantes secuencias de acción, como el publicitado ataque en Times Square o el desenlace en la central eléctrica (precedido de una serie de estampas fascinantes y ominosas sobre el puente de Brooklyn, cuyo significado aquí ignoraremos para preservar la experiencia) cumplen su cometido. Todo ello son muestras de la película que pudo ser y no fue, o más bien que es para bien y para mal: un gargantuesco retrato adolescente en clave de cartoon épico-sentimental que fascina, epata y conmueve sólo si se acepta su histérica naturaleza, no muy alejada de lo que podría ser la mente de nuestro amado Peter Parker.

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