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Kathryn Bigelow: ovarios de acero

Bigelow es una de las renegadas más valientes de Hollywood y una de las mejores autoras del género más masculino que jamás haya existido.

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Bigelow es una de las renegadas más valientes de Hollywood y una de las mejores autoras del género más masculino que jamás haya existido.
Kathryn Bigelow, en el set de K-19 | Cordon Press

Kathryn Bigelow. Californiana, más de 1.80 metros de altura y físico, a sus 62 años, escultural. Y para colmo, una de las numerosas ex de James Cameron, Rey del Mundo y actual emperador de Pandora. Pese a estas credenciales, a la realizadora de pasadas como Le llaman Bodhi, Acero azul o Días extraños (para quien esto escribe, su mejor película) le ha costado Dios y ayuda desprenderse de la pesada mochila de "la que estuvo casada con el tipo que hizo Terminator". Bien es cierto que su demasiado corta filmografía tampoco ha ayudado. Bigelow ha necesitado un Oscar de la Academia (el primero concedido a una mujer en la categoría de dirección) y un importante giro estilístico, que asimila su narrativa a la de una despiadada crónica periodística, para ganarse los respetos del personal. Y aún así. Porque hablemos claro: a la californiana se la ha considerado hasta hace nada una realizadora de segunda, eficaz (vale) con vocación de estilo (okey) y cierto bruñido de indomable... pero poco más.

Es la maldición de los realizadores de cine comercial sin disculpas, de los que cultivan sin pedir permiso el cruce de géneros, la que les perseguirá hasta el final de sus días a ellos y a nosotros los que nos gusta. Pero en el caso de Bigelow el pecado es doble, cuando no triple. Porque si además cometen la osadía de ganarse las castañas con algo tan supuestamente masculino como el thriller de acción, apaga y vámonos. Detengámonos en esto último, elemento que ha multiplicado el paternalismo con el que se ha mirado su espigada figura por infinito y más allá. Incluso Hollywood, un sistema patriarcal como otro cualquiera, vivió entre extrañado y admirado el ascenso de Bigelow, curtida en la serie B ochentera y la televisión, dentro del género con más atribuciones (y atributos) masculinos que jamás haya parido la meca del cine, el de la acción con músculos y camiseta rota. No hay sin embargo nada en su cine que sugiera, ni lo más mínimo, que la californiana haya tenido que apropiarse de un material ajeno para llevárselo a su terreno. No. Ella ya estaba ahí cuando todo pasó.

Por eso, la firmante de Acero azul (1989) no necesita poner en primer plano reivindicaciones feministas para presentar personajes femeninos heroicos, o construir un discurso intensamente femenino. En aquella película, situaba a una policía como una víctima/verdugo de un psicópata sexual, en una trama con mucho de cine de terror cuyo estudio podría abrir cualquier estudio sesudo sobre la femineidad en el cine. Uno que se cerraría con otra película de Bigelow y el retrato de la ambiciosa agente que incorpora Jessica Chastain en Zero Dark Thirty: La noche más oscura (2012). Pero recordemos la injustamente tratada K-19. The Widowmaker (2002), película cuyo fracaso comercial casi la acaba de expulsar de la industria, y en la que no había ni una sola mujer en el reparto. Allí convirtió al icónico Harrison Ford en un comunista encerrado en un submarino ¡ruso! en una nueva y atrevida transgresión, de esas inesperadas por poco frecuentes en el cine mal llamado comercial. La directora, de nuevo, nos ponía a pensar que había algo raro en su punto de vista, pero todo ello mientras nos daba (más) lo que queríamos y como lo queríamos. A Bigelow, cineasta con pulso y una suprema cinematografía, le gusta hacernos catar el heroísmo del enemigo, hacernos pagar el precio de las machadas y convertirnos en verdaderos hombres. Hombres como ese yonqui del peligro de Jeremy Renner en la oscarizada En tierra hostil (2008), un salvador abnegado siempre al borde del lado oscuro. Admitámoslo: lo de la ex de Cameron es pura seducción por el concepto del otro, ya sea una mujer, un afgano o un ruso, porque así podríamos seguir.

Y no, no se rían. Porque Le llaman Bodhi (1990) es una de las Biblias del cine de acción ochentero, una de las muestras más monumentales del género más trillado de esa década y la siguiente y que, gracias a la energía inyectada por la realizadora (¡esos travellings por los suburbios!), se resiste a desaparecer de nuestro recuerdo (y quizá por eso, está a punto de recibir un innecesario remake). Pese a sus excesos new-age, la película de Bigelow es todavía hoy un imitadísimo "bromance" en el que sus dos protagonistas, Keanu Reeves y Patrick Swayze, alcanzaron sus mayores cotas de belleza animal, pero cuya dureza y magistral dominio de la acción no va en detrimento de una mirada femenina: la fascinación por el peligro, el sexo y el narcisismo de sus dos elementos protagonistas revela una atención al sentimiento -pero a la vez poco sentimental- que la de otros directores veteranos. Le llaman Bodhi es, además de un filme de acción con un aspecto impecable, uno de los tratados sobre la masculinidad todavía por descubrir.

Año 2014. A la hora de hablar de la acción testosterónica de las cintas de Kathryn Bigelow, ahora mismo enfrascada en nuevos dramas bélicos con su nuevo compañero de fatigas y otras cosas, el periodista y guionista Mark Boal, todavía hacemos una mueca de sorpresa. Romper el patriarcado de Hollywood desde dentro, haciendo propia la energía de un género habitualmente atribuido a hombres, superando en su propio territorio a sus propios maestros, es una transgresión que conlleva un precio. Ella lo paga con una actitud muy similar a la de James Cameron: le importa un comino.

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