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Trueba, too much

Las películas de este mediocre hacen que mucho cinéfilo patrio se avergïuence de compartir nacionalidad con él.

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Si ves una película de Buñuel, Berlanga, Erice o Fernán Gómez, sientes un prurito de orgullo de que eso lo haya hecho un compatriota, alguien que comparte tu lengua, tu tradición, tus costumbres, tus ideas... en fin, unos antepasados y cierta forma de estar en el mundo. Hay un patriotismo pernicioso, el nacionalismo, que te hace ser excluyente y xenófobo, que se fija más en lo accesorio que en lo fundamental. De esos tipos que, infectados de sectarismo e ignorancia, te pegan un tiro por quítame allá un manifiesto en defensa del español, por ejemplo. También hay un patriotismo crítico, que lo mismo se enorgullece de los logros como se avergüenza de las miserias de los que le precedieron y, además, es capaz de integrar en esa corriente cultural a los que quieren nadar en la misma dirección con diversos estilos. Ser un patriota de verdad, sin ostentación grandilocuente pero banal, consiste en subirse a los hombros de los gigantes que te precedieron para, con la ayuda de su altura ética y estética, ser capaz de mirar aún más lejos.

Fernando Trueba, al recoger el Premio Nacional de Cinematografía, se ha encaramado a Rafael Azcona para, con postureo cínico, confesar que a él lo que le gusta de los premios es el "vil metal". Posteriormente, que nunca se ha sentido español, salvo cinco minutos o así, porque Cervantes está bien pero también Balzac. El caso es que si Trueba ha podido hacer cine ha sido gracias a los españoles que han pagado sus películas, bien sea a través de subvenciones o pasando por taquilla. Podría haber renunciado orgullosamente al premio, como hace sistemáticamente Javier Marías con vergüenza torera porque no se lo dieron a su padre, pero entonces se hubiera perdido los 30.000 euros. Igual es que los euros le parecen más exóticos y glamurosos que las humildes pero rancias (por españolas) pesetas.

Pero el cosmopolitismo vacío de Trueba es sintomático de una serie de realizadores en España que están faltos de la tradición necesaria que les sirva de humus sobre el que edificar sus propias obras. El cine de Trueba y adláteres ha hecho que muchos cinéfilos españoles quisieran ser portugueses como Manoel de Oliveira, franceses como Eric Rohmer y hasta tailandeses como Apichatpong Weerasethakul, antes que verse identificados con ese cine bobalicón, simplón y cursilón que repite una y otra vez Trueba, el director de cine que más ha hecho para que sintamos durante la duración de sus películas el bochorno de compartir nacionalidad.

Por otra parte, Trueba ha adoptado una pose pseudolibertaria para criticar al Estado su faceta controladora para reclamar, al mismo tiempo, que abra espacios de libertad. Es decir, en su boca socialdemócrata, que conceda el ministro de Cultura –que aguanta impertérrito cómo le muerde la mano el artista al que acaba de tirar un cheque– todavía más subvenciones y privilegios a la casta cinematográfica que ha conducido el cine español a ser de forma mayoritaria "intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico".

La boutade de Trueba, además, esconde el españolísimo carácter de su cine. Porque aunque cuando recibió el Oscar por Belle Epoque dijo que su dios era Billy Wilder, en realidad esa mezcla de sal gorda y el sueño de un mono loco que caracteriza su cine lo emparenta más bien con la comedia de trazo grueso y gracia escatológica de Pedro Masó y Pedro Lazaga, pero sustituyendo la humildad de aquellos con sus injustificadas ínfulas.

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