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Crítica: 'Ferdinand', de los estudios Blue Sky

Los aficionados al toreo no encontrarán en 'Ferdinand' una sangrante caricatura.

Juan Manuel González
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La saga Ice Age ha proporcionado a los estudios Blue Sky el suficiente aire para sobrevivir bien en medio del absoluto dominio de Disney en el mundo de la animación digital. El suficiente para, al menos, evitar la debacle comercial de la antaño segunda líder, Dreamworks Animation (autores de Shrek y otros derivados cómicos de grán éxito hasta hace una década) y llegar a títulos como la presente Ferdinand, basada en el libro El Cuento de Ferdinando de Munro Leaf y Robert Lawson (y objeto en 1938 de una adaptación a manos de, precisamente, Walt Disney). Que el filme sobre la figura del toro que no quería ser carne de cañón se nos presente justo en los albores de la adquisición de Fox, distribuidora del filme, a manos de precisamente la compañía del ratón es quizá fruto del azar o, en todo caso, una fotografía perfecta de hacia dónde van a ir los tiros industriales en el Hollywood de los próximos años: un monopolio casi absoluto que casi parece la conclusión lógica ante la débil personalidad de su competidor.

Sin embargo, Ferdinand se alza, con facilidad y junto a Peanuts, como el mejor filme de la compañía. Pero que esto signifique mucho o poco ya es otro cantar. El listón, con las sucesivas secuelas de la Edad de Hielo, era ya muy bajo y solo se justificaba por el éxito comercial (que cayó en barrena con la última entrega) y su incuestionable funcionalidad a la hora de ofrecer algo que morder a los más pequeños de la casa. Pero los de Blue Sky son el epítome de esa plaga que ha reducido el cine de animación de la meca del cine al mínimo común denominador durante muchos años, y esa es la base de la que partimos.

Ferdinand, que, repetimos, tampoco está mal, no aprovecha las inmensas posibilidades que le ofrece el cuento. Tanto para reflejar ese mundo español de fantasía (el retrato de la cultura y geografía española es, de todas formas, respetuoso y de largo lo más atractivo del filme) como por ese comentario al mundo del toreo que, como mucho y exagerando, solo se plantea en el último acto del convencional guión, una vez Ferdinand se enfrenta a la decisión final porque, ya saben, película necesita calzarse un buen final. No hay, por tanto, reflexión sobre la muerte que enerve a los aficionados del toreo o seduzca a los exaltados de la opción contraria: Ferdinand es una película muy, muy blanca que prefiere con mucho sostener su planteamiento y nudo en otro conflicto distinto, el de la clásica metáfora humana del animal antropomorfizado, un ejemplar especial que se resiste a aceptar el destino que el mundo, por su aspecto exterior (fiero por fuera, blando por dentro) le ha adjudicado, que en cuestionar el negocio del toro.

Dando por hecho que el tamaño del sensible Ferdinand es su tamaño y no otra cosa, lo cierto es que la película del brasileño Carlos Saldanha se reserva algunos buenos momentos. Sin haber podido apreciar el filme en su versión original (dicen que el doblaje de John Cena es excelente) lo cierto es que hay déficit de un humor verdaderamente loco, e incluso la larga secuencia en el matadero carece de aliento perturbador. Pero la película algún toque emotivo (la imagen repetida de la flor) sin resultar insistente, una banda sonora (de un -esperemos- felizmente recuperado John Powell) muy buena, y un enredo que pisa el acelerador en plena capital de España (representada de manera estilizada pero, ejem, civilizada) que sostiene el pabellón del entretenimiento hasta el final. Todo es rutinario y correcto, de manual de guión, y sin el gag grotesco y aliento cartoon del cortometraje de Disney. Suficiente para consumir pero en ningún caso para ofender... o encantar.

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