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Adiós a Concha Velasco, la actriz más querida de España

El adiós de Concha Velasco es uno de los más doloroso de la cinematografía española.

El adiós de Concha Velasco es uno de los más doloroso de la cinematografía española.
Concha Velasco. | Cordon Press

Resulta penoso escribir el obituario de una persona tan querida y admirada como era Concha Velasco. Hacerlo en pasado. Apenas – no hace tanto – en 2021 glosábamos su último estreno teatral, para ella emotivo: lo había escrito Manuel, su primogénito, con el título La habitación de María. Le faltaban dos meses para cumplir entonces ochenta y dos otoños. Pero tanto el citado como su otro hijo, Paquito, advirtieron que su salud se resentía. Una artritis progresiva, problemas de hígado, del aparato digestivo... Y no la dejaron actuar más, convenciéndola para que, aun dejando los escenarios, pudiera hacer otros trabajos más livianos. Ni siquiera éstos ha podido. La ingresaron en una residencia céntrica de Madrid, luego otra en las afueras, en Las Rozas, Orpea Punta Galea, que es donde ha permanecido los últimos meses, recibiendo algunas amistades.. Ambos, a su lado hasta el último momento. Con una encomiable responsabilidad no dejaron de informar de cómo su vida se iba apagando. Una vida rica como polifacética artista en el teatro, el cine, la televisión, los discos. Si como mujer ha sido extraordinaria, su talento profesional fue inmenso. Pero ella misma, tan sincera como modesta, ya lo decía: "Mi mayor orgullo es que me quiere la gente".

Nacida en Valladolid el 29 de noviembre de 1939, hija de un oficial militar franquista, que alcanzó el grado de Comandante de Caballería, lo que obligó a la familia a residir unos años, cuando Conchita tenía seis, en Larache y, finalmente en Madrid. Es aquí donde desarrolló siendo adolescente su vocación por el baile, matriculada en el Conservatorio y en la Sección Femenina, recibiendo clases de ballet clásico, solfeo, canto y cultura general. Todavía frecuentaba aquellas clases cuando ya, a los doce años, figuró en la Compañía Nacional de Ópera, en su cometido de bailarina, en funciones que se representaban con grandes nombres en las carteleras: Ana María Olaria, Pilar Lorengar y Manuel Ausensi, entre otros. Por entonces, con su apelativo en letras de menos grosor, la anunciaban como Lucrecia Velasco, seudónimo que eligió por resultarle más llamativo. Su madre, Concepción Emilia Varona, maestra de escuela, había trabajado, de soltera, como actriz de radionovelas, y animaba a su hija para ser lo que ella no pudo conseguir en el teatro. Conchita recordaba muchas veces aquello de "¡Mamá, quiero ser artista!", título que le serviría ya siendo muy popular para una comedia musical y una serie televisiva.

En sus inicios artísticos formó parte de la compañía de Manolo Caracol y su hija, Luisa Ortega, en los primeros años 50, en el espectáculo De color moreno, donde tenía como compañero a Tony Leblanc, con quien más tarde coincidiría en varios repartos cinematográficos. Allí supo lo que eran las giras por toda España, con sus inconvenientes; algo que continuó haciendo como corista en una función que encabezaba la "supervedette" Virginia Matos. Era el año 1956 y tuvo que falsificar el carné de identidad, al ser menor de edad, para que la contrataran. Necesitaba el dinero que iba a percibir, porque en casa atravesaban penurias. Descubierta, fue detenida, trasladada desde Barcelona a Madrid en uno de aquellos trenes lentos, en vagones de madera, de tercera clase. Su padre la sacó de aquel embrollo. Poco más tarde fue cuando la reina de la revista musical, Celia Gámez, le hizo una prueba, pidiéndole que se subiera la falda para ver sus piernas. Y así, sin carné aún del Sindicato Nacional del Espectáculo entró de meritoria, en la compañía que, detrás de Celia, estaba Licia Calderón de primera "vedette", representando La vespa y Viva Madrid.

Por entonces, mediada la década de los 50, Conchita se presentaba a otras pruebas para ver si le daban un papelito en alguna película. Así es como optó para un papelito en la titulada Dos novias para un torero, ensayó unas sevillanas con Licia Calderón, tropezando, y un enfurecido director, Antonio Román, la echó del estudio sin contemplaciones. No todo el monte era orégano, debió pensar la que a partir de los años 60 iba a ser una de las mayores estrellas del cine español.

Curioso resultó que, siendo muy morena, Rafael Gil le proporcionara un personaje en su película La casa de la Troya cuyo protagonista era Arturo Fernández… con la advertencia inexcusable de que tenía que aparecer rubia en la pantalla. Rubia de bote. Y la vallisoletana aceptó. Y así fue introduciéndose poco a poco en el mundo del cine desde que en 1954 debutara en La reina mora, El bandido generoso, La fierecilla domada… De 1957 era Muchachas en vacaciones, con mejor papel, hasta que en 1958 fue una de las cuatro protagonistas de Las chicas de la Cruz Roja, junto a Luz Márquez, Katia Loritz y Mabel Karr, y de ellos Antonio Casal y Tony Leblanc. Puede decirse que con ese título su filmografía comenzó a nutrirse de muchos otros, en el género de la comedia, y encabezando repartos. Ya no tenía que aparecer de corista bailando, ni utilizar sobrenombre alguno, sino con su verdadero apelativo, el de Conchita Velasco, que mantendría mucho tiempo, incluso en la madurez.

Comenzó a ganar dinero, a comprarse ropa nueva, que antes no podía, a ser conocida y aparecer en periódicos y revistas. La estilista de Las chicas de la Cruz Roja, la llevó a una tienda de modas, de las caras de entonces, "Rango". Era Miriam Petacci, hermana de Clara, la amante de Mussolini. El mencionado filme lo vio Franco y su esposa en la sala de cine que había en el palacio de El Pardo. Desde entonces, la actriz sería invitada a ir al palacio de La Granja a cantarle al Caudillo, en el 18 de julio, (fecha que anualmente se celebraba para evocar con fastos la victoria de los nacionales), entre otros artistas de primera. Con Tony Leblanc interpretaba algunos cantables zarzueleros: "Pobre chica, la que tiene que servir..." y el "Dúo de los paraguas". Se da la circunstancia de que el padre de Conchita había sido asistente del Jefe del Estado, dato que el Jefe de su Casa Civil, tras la actuación de ella le transmitía a Franco: "Es la hija de Pío, excelencia".

Y entre película y película, Conchita no dejó asimismo de trabajar en funciones teatrales. Trataremos de sintetizar lo más sobresaliente de ambas dedicaciones, recordando lo bien que se portó siempre con ella Tony Leblanc, que representaba en el teatro Eslava (hoy muy concurrida discoteca) unas comedias musicales junto a Nati Mistral, que era por entonces su novia e iban a casarse. Ella se enteró de algo que no podía nunca pasar por alto y suspendió el enlace como también se despidió de la compañía. Fue entonces cuando Tony recomendó a Luís Escobar, director y propietario del coliseo, a Conchita Velasco, y así es como estrenó en 1959 Ven y ven al Eslava.

Transcurría 1960 cuando Conchita iba a conocer a uno de los mejores directores cinematográficos, José Luís Sáenz de Heredia, que tanta influencia artística y personal significaría para ella. La tuvo a sus órdenes en el rodaje de El indulto, que se filmó en Barcelona, con Pedro Armendáriz encabezando el reparto, cuando este mexicano ya estaba herido de muerte por un galopante cáncer que no pudo vencer, razón por la que prefirió suicidarse con una pistola en Los Ángeles, año 1963. La vallisoletana se había negado a hacerse unas pruebas ante Sáenz de Heredia. Y terminaron ambos siendo amantes durante un largo periodo de tiempo. Con él hizo una serie de películas muy comerciales junto al canoro almeriense Manolo Escobar.

A finales de los 50 Conchita había protagonizado títulos que se harían muy populares: El día de los enamorados, Los tramposos, Crimen para recién casados… En los dos primeros volvía a reencontrarse con su amigo del alma, Tony Leblanc. Rodaron varias escenas en el campo del Real Madrid para El día de los enamorados, su presidente los invitaba con frecuencia al palco del equipo merengue, del que se hicieron socios.

De nuevo recordándoles datos y anécdotas de Conchita, ya en los años 60, le resultó sorprendente que en Barcelona, durante una temporada teatral, la entrevistaran varias veces en televisión. Y es más: uno de sus presentadores más conocidos, Federico Gallo, la convenció para que realizara su mismo cometido en el entonces recién nacido Festival del Mediterráneo. Dos veces lo hizo junto a Joaquín Soler Serrano, demostrando que también podía lucirse en esa faceta. Como la de cantante en la pantalla, en La verbena de la Paloma, una nueva versión en color que resultó un exitazo popular en 1963, formando pareja con Vicente Parra en los papeles tan archiconocidos del Julián y la Susana. Fue dirigida por Sáenz de Heredia.

Como decíamos, hacía compatible los rodajes con el teatro. Alfonso Paso, el comediógrafo más prolífico de la época, la llamó para estrenar la comedia Los derechos de la mujer, en 1961, donde tímidamente se planteaban las primeras reivindicaciones feministas.. Al año siguiente, representó otra comedia que estaba representando entonces en Londres Julie Andrews, Boy Friend. Fue en el Eslava, con el galán Carlos Larrañaga, función de la que Conchita evocaba las veces que Ava Gardner se introducía en el camerino de éste para lo que ustedes se imaginan. Le contaba Conchita a su biógrafo, el crítico cinematográfico de esRadio Andrés Arconada, que Carlos se las hizo pasar canutas, porque se llenaba la boca de ajos y recortes de cebollas a sabiendas que luego tenía que besarla en el transcurso de cada representación. Otros estrenos escénicos fueron en esos años 60, Las que tienen que servir, con libreto también de Alfonso Paso, que también con ella de protagonista se llevó a la pantalla; Don Juan Tenorio, que para la gran actriz supuso un acontecimiento, pues trabó amistad con Salvador Dalí, quien hizo unos fantásticos decorados; El cumpleaños de la tortuga, formando pareja magnífica con Alberto Closas; Una chica en mi sopa, al lado del veterano Guillermo Marín… Fue una época que Conchita "iba a por todas", pues también grababa espacios dramáticos para Televisión Española, entre ellos otra versión adaptada del Tenorio de Zorrilla, con Paco Rabal ejerciendo de don Juan, y ella, naturalmente, de doña Inés. Finalizaban los 60 cuando el reconocido autor Antonio Buero Vallejo la eligió para su obra La llegada de los dioses, donde Conchita dio rienda suelta a su capacidad dramática, lo que no pasó inadvertido para la crítica más exigente. Igual que demostró dos años después, en 1972, en Abelardo y Eloísa, la pieza clásica donde tuvo de oponente al brillante Juan Diego, que ocupó en la vida real su corazón, rota ya su relación con Sáenz de Heredia. "Para poder llorar – me confiaba – tenía en escena que acordarme de mis padres, que les estuviera pasando algo malo y de ese modo, con mis ojos secos de tanto esfuerzo, conseguía que me saltaran las lágrimas".

Reanudando, tiempo atrás, su filmografía, citamos Historias de la televisión, película de Sáenz de Heredia donde Conchita cantaba "La chica ye-yé", que todavía a estas alturas sigue escuchándose. Era de 1964. Década en la que siguió coprotagonizando películas con Tony Leblanc: "Los que tocan el piano", "Una vez al año ser hippy no hace daño", y también los años en los que rodó junto a Manolo Escobar las ya enunciadas películas formando divertida pareja, donde la Velasco seguía también luciéndose como intérpretes de coplas arregladas a ritmo pop.

En ese decenio de los 70 esa densa filmografía suya estuvo mezclada de cintas más o menos afortunadas, destacando Tormento, basada en una obra de Pérez Galdós, que la obligó a engordar unos cuantos kilos. Se empeñó en ser elegida para el papel hasta que el productor, José Frade, accedió, no muy convencido. Mas ella logró una de sus más afortunadas interpretaciones. Lo mismo que en la comedia dramática Pim, pam, pum… ¡fuego!, ambientada en la postguerra, en el personaje de una prostituta a la que sostiene económicamente el personaje de Fernando Fernán-Gómez. Y en los 80, es cuando aparece en el reparto coral de La colmena, emparejada con José Sacristán, los dos magníficos en sus papeles. Con quien también rodó Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, también en teatro, con argumento de Adolfo Marsillach, divertida comedia trufada de canciones posteriores a la guerra civil.

En el teatro, entre los 70 y hasta el presente, impresiona la lista de obras representadas por Concha Velasco, ya sin el diminutivo de su nombre en las carteleras: Las cítaras colgadas de los árboles, Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipcíaca, Filomena Maturano, Buenas noches, madre (formidable al lado de la eximia Mary Carrillo), La rosa tatuada, y otras de corte musical: Mamá quiero ser artista, Carmen, Carmen, La Truhana, Hello, Dolly!…En la época de los 80 y en adelante ejercía, además de primera actriz, como empresaria; tuvo entre éxitos de público y taquilla algún serio tropiezo económico. Caso de La Truhana, donde perdió ciento treinta millones de pesetas. No era la primera vez que iba a sufrir un quebranto en su patrimonio. Llevada por su pasión teatral, no le importaba a veces arriesgar tanto, ya con su marido, Paco Marsó. Esas pérdidas las pudo enjugar gracias a lo mucho percibido en algunos de sus mejores programas en distintos canales de televisión: ¡Viva el espectáculo!, Querida Concha y Encantada de la vida, amén de que hizo anuncios y "spots" publicitarios, para hacer frente a sus elevadas deudas, incluyendo con Hacienda, que estuvo pagando hasta fechas recientes. Citadas esas apariciones en la pequeña pantalla estaremos seguros de acuerdo en que su papel en la serie Teresa de Jesús, emitida en 1984, le supuso llegar a la cima de su bien merecida fama de actriz. Memorable. Como lo estuvo ya en la última etapa de su vida en otras funciones escénicas: Hécuba, una tragedia que siempre había soñado representar. La estrenó a partir de septiembre de 2013 en el Teatro Romano de Mérida; Reina Juana, temporada 2016-17. Después, siguió sin desmayo en su presencia casi permanente en las tablas, de vez en cuando en programas de televisión, para hacer mutis definitivo como actriz, con la comedia de su hijo Manuel, ya citada al comienzo del presente texto, "La habitación de María", en un teatro de Logroño, el Bretón de los Herreros el 21 de septiembre de 2021, unos días antes de haberlo anunciado en el teatro Calderón, de Valladolid, su tierra, después de ciento cuarenta y cuatro representaciones. Con gran dolor para ella, pues dijo siempre que no quería retirarse.

Se dio la circunstancia de que su penúltimo estreno fuera El funeral, otra comedia escrita por Manuel Martínez Velasco, su primer hijo. Tenía que aparecer en escena dentro de un féretro. Ello la llevó, utilizando humor negro, a decir que así se acostumbrada diariamente a la muerte, que no la temía. Llegando, siguiendo esa broma algo macabra, de que pensaba irse de este mundo a los 82 años. Finalmente ha ocurrido dos años más tarde, a los 84, quebrando su profecía.

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