
Hace no tantos años Here (Aquí), creada por el equipo artístico de un clásico como Forrest Gump, habría sido reconocida con una acogida al menos decente y una taquilla por lo menos aceptable. Pero estamos en 2024 y esta vez, signo de los tiempos, lo que se han encontrado el director Robert Zemeckis, el guionista Eric Roth y los actores Tom Hanks y Robin Wright, de nuevo pareja en la ficción, ha sido el desprecio crítico y la indiferencia del público en salas. Estoy seguro de que no esperaban otra cosa.
Tanto da, en tanto Zemeckis, exalumno de la escuela Spielberg convertido en un verdadero experimentador de nuevas técnicas dentro de la narrativa y el ideario clásico estadounidense, parece encontrar en Here (Aquí) un verdadero campo donde jugar a su juego. Adaptada de la novela gráfica de Richard Maguire y sin necesidad de convertirse en esa obra maestra que podría (o no) ser, Zemeckis aprovecha todas las posiblidades narrativas no tanto del discutible rejuvenecimiento facial de Hanks y Wright, sino de todos los recovecos que le ofrece un único plano, con cuadros que enmarcan la acción, anuncian lo relevante o precipitan al espectador a la siguiente viñeta... que puede ser inmediatamente después o retrotraerse miles de años al pasado.
La narrativa de Here (Aquí) es tan limpia como solo un depurado narrador como Zemeckis puede proporcionar, y si me apuran, la que mejor comprende la narrativa gráfica de la que procede en un contexto asolado por blockbusters basados en cómics. La película apenas se alarga poco más de noventa minutos absolutamente magros, donde todos y cada uno de sus momentos, incluso los más anecdóticos y banales, resultan relevantes o anuncian un sacrificio posterior. La película se llama Aquí y no House (Casa), Time (Tiempo). Life (Vida), o si nos apuran, América, y lo es por una razón muy concreta que el espectador tampoco tiene que exprimirse demasiado en dilucidar.
Here (Aquí) no es, lo adivinan, solamente una historia romántica sobre el paso del tiempo y su efecto en el matrimonio de Hanks y Wright, como parece vender su campaña promocional, sino un análisis en forma de melodrama bastante coral de la historia de Estados Unidos, de ese "aquí" y "ahora" destinado a desfilar ante nuestros ojos, vista -y aquí viene la filigrana zemeckiana- desde una única habitación y un único punto de vista. Semejante insensatez a lo El Árbol de la Vida solo podría salir de la cabeza del director de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, pero éste tiene alma de bufón contador de anécdotas, no de poeta, y más parece reflejarse en ese trasunto del doctor Brown de su querida Regreso al Futuro (otro noticiero americano disfrazado) que interpreta el simpático David Fynn en la cinta: el inventor de uno de los más legendarios ingenios americanos, el sillón Lazy Boy, creado para más cachondeo justo en la casa de enfrente a la de un descendiente de Benjamin Franklin.
Se trata de una más de las bromas, quizá no entendidas y definitivamente no apreciadas, de Zemeckis al personal contemporáneo, mientras construye una sagaz pero como siempre en él, emotiva, radiografía del fin del sueño americano. El momento en el que la cámara parece salir por el quicio de la puerta para homenajear el comienzo y el final de la citada Forrest Gump, el único instante en el que lo hace en la (brevísima: apenas 100 minutos) película, debería pasar a los anales del cine de este 2024 como uno de los pocos capaces de encoger verdaderamente nuestro cínico corazón. Pero -permítanme tirarme a la piscina- estamos como estamos y nos dirigimos hacia donde nos dirigimos, por lo que esta magnífica alegoría que combina con humor la exaltación de la vida, pero también mira de frente todas las sombras del sueño americano (la renuncia a los sueños, la depresión, la enfermedad, el amor, el olvido y todo lo demás) quedará para el aprecio de unos pocos.