
La personalidad de Jordi Mollá es tal en el mundo artístico que se escapa de la biografía de otros actores. Él mismo es el español más internacional en el cine, después de Antonio Banderas y Javier Bardem. Obviamente, a gran distancia de ambos. Sin embargo, su larga estancia en Estados Unidos y sus rodajes en Hollywood no han sido apenas dados a conocer. Cierto que no siempre en papeles importantes, mas no por ello insignificantes. Quizás sea culpa de él mismo, que sigue considerándose un tímido, lo que arrastra desde la niñez cuando se negaba a salir al recreo en el colegio. Para definirlo, recurrimos a un tópico, habida cuenta de sus actividades: actor, director de cine, escritor y pintor. Lo han llamado un hombre del Renacimiento. Por si una referencia pudiera ayudarnos a que nuestros lectores lo reconocieran enseguida, esa sería la de coprotagonista junto a Antonio Resines de la premiadísima película de 1997 La buena estrella.
Jordi Mollá Perales es natural de Hospitalet de Llobregat. Se formó como actor en el Instituto de Teatro de Barcelona, estudios que amplió en Inglaterra, Italia y Hungría. Jamón, jamón fue su primera película, cuyo reparto estaba encabezado, como es harto sabido, por Javier Bardem y Penélope Cruz.
Extensa es su filmografía. Poco es conocida su incursión en Hollywood, donde se hizo por cierto amigo de Johnny Depp, con quien rodó Blow al lado también de Penélope. Otros títulos en estudios norteamericanos son: Riddick, Bad Boys II, Noche y día… Vivía entonces en Los Ángeles, cerca de la llamada Meca del cine. Un Hollywood que a los actores españoles siempre les resultó difícil, porque como mucho, solo aparecían en papeles de latinos, sin relevancia. Jordi Mollá tuvo más suerte, pero no para fijar allí permanentemente su residencia. Y eso que apareció en una película de Mel Gibson y también en series de televisión de la productora Netflix.
No ha sido Jordi Mollá, al parecer, un actor fácil de contentar, pues por ejemplo se negó a intervenir en la secuela de "Star Wars II", que se llamó El ataque de los clones. George Lucas le ofreció un papel y lo rechazó.
No da la impresión Jordi Mollá de haber atravesado épocas en las que pasara necesidades. En esos hipotéticos casos, él recurrió a la pintura, que ya practicaba desde su juventud. En la pandemia, digamos que lo salvó de la inactividad a la que los mortales nos vimos sujetos por no poder salir de casa. A Jordi le vino bien esa reclusión, pues su producción pictórica aumentó.

Se cuenta como anécdota un tiempo en el que no disponía de un estudio adecuado para pintar y tuvo que llevar su caballete y su estuche de pinturas a un párking de Los Ángeles. Estaba tranquilamente con los pinceles en la mano cuando, de pronto, un Land Rover conducido por una señora atravesó por donde Jordi tenía extendida en el suelo una tela, donde había comenzado su obra. El vehículo de aquella lanzada conductora pasó por encima, a punto de llevarse por delante al pintor. Este, cuando luego pudo contemplar su pintura a medio hacer, quedó encantado por los resultados. Las ruedas de aquel coche habían producido unas manchas que para Mollá significaron una concepción pictórica que nunca antes había imaginado. Ese cuadro lo tiene en casa: le cuesta venderlo.
Ha expuesto en varios países y en estas últimas semanas en Madrid, con el título de "Heaven". El cielo como temática. Jordi Mollá es ecléctico en su pintura. Confiesa que el cuadro más caro que ha vendido le reportó veinticinco mil euros. En cuanto a las razones por las que ha estado apartado del cine cierto tiempo y dedicado a la pintura, confiesa que ha sido por propia voluntad, puesto que este año tiene ya comprometido un rodaje en Londres.
Otra actividad suya es la escritura. Ha publicado varios libros: Las primeras veces, Agua estancada, Tú you, novelas, con las que complementa su variada vida artística.
No es un personaje asiduo a las revistas del corazón, aunque ¡Hola! lo haya tenido en sus páginas recientemente. Su vida íntima la guarda para sí. La última novia que tuvo fue hace ya tiempo, en 2013, una vallisoletana, María Rodríguez, treintañera hija de un anticuario, afincada en Marbella. ¿Y ahora? Responde: "No tengo hijos, ni novia, ni amante, ni esposa… Pero tengo de todo".
Reparte su vida entre Madrid y Miami. Orgulloso de sus ancestros, sabemos que tiene una calle rotulada con su nombre en la localidad valenciana de Montesa, que reza: "Camino Jordi Mollá". Es donde nació su madre y donde Jordi pasó muchas vacaciones de su nada aburrida existencia.

