
La séptima entrega de Scream no se ha librado de trazar una línea (política) en el suelo, o de que, cuchillo en mano, se la tracen otros. Los seguidores de las dos últimas entregas, dirigidas por el dúo Radio Silence y protagonizadas por la actriz Melissa Barrera, llaman al boicot de la película junto a activistas de la guerra de Gaza después de que la actriz fuera fulminada por la productora tras unas declaraciones en redes sobre Israel. Mientras, los fans de la saga original de Wes Craven celebran el regreso a la misma, ahora en la silla de director, del creador de la idea Kevin Williamson, que recupera el reparto original (y parte del secundario de Scream V y VI), un aire a whodunnit noventero como el que revitalizó el slasher allá por los noventa y una llamada a la fraternidad de los seguidores al margen de todo aquello que trata de sacar la saga de su universo metacinematográfico.
Y eso que Scream, o el thriller de terror adolescente donde el asesino imita a las películas de terror, se queda aquí sin homenajes explícitos al género, aquellas referencias que hicieron famosa y razonablemente revolucionaria la saga original, provocando un inevitable "deja vu" a película convencional.
Si en la cuarta parte el propio Williamson y Craven amagaron con desplazar el comentario cultural a las redes sociales (dando lugar a una excelente villana que, no obstante, no cautivó la taquilla como se esperaba), en esta séptima, el primero en solitario, se ha quedado sin referencias slasher. Scream VII es la primera película de la serie donde la saga deja de reflexionar sobre el género, lo que no quiere decir que Williamson haya entregado una película que se piense a sí misma.
El excelente prólogo, en una reproducción de la casa original convertida en Airbnb, un parque temático de motivos de la película original, ya certifica que el movimiento nostálgico del film va por dentro: la tragedia de una generación es el parque de atracciones de la siguiente.
No es un concepto nuevo en la serie, pero sí uno que se adapta a la madurez de una (excelente) Neve Campbell, quien sufre el acoso de un nuevo psicópata… que toma la forma de un antiguo villano. Williamson dirige sus dardos hacia la Inteligencia Artificial, capaz de modificar la percepción de los acontecimientos y alterar su devenir incluso en casos de violencia doméstica, y hacia cómo Sidney Prescott asume definitivamente su condición de mito andante (ya sea como "final girl" cinematográfica o en su proyección mediática dentro del universo de la película) a través de su efecto en las nuevas generaciones representadas en su hija (excelente, también, Isabel May, de la serie 1883).
Si algo ha distinguido a las entregas de Scream ha sido el superior cuidado de sus actores y su natural fluidez, incluso al margen de su condición de remakes, secuelas o recuelas autoconscientes. Williamson sabe, también, que los primeros 45 minutos son un mero prólogo para el juego del gato y el ratón que viene después, y se concentra en ganarse el aplauso del fan en unos cuantos momentos puntuales y en algún asesinato inesperadamente gore, igualmente preparado para la reacción del público.
La película, en general, fluye más y mejor que cualquier slasher normativo, y eso que Williamson decepciona en lo que a puesta en escena se refiere: demasiadas secuencias resueltas en típico plano-contraplano dentro de un evento palomitero como Scream no ayudan a ese elemento de folletín sentimental, de telenovela, que respeta la continuidad de los personajes; pero en una séptima entrega de slasher, menos da una piedra.
Licenciado en Historia del Arte y Comunicación Audiovisual en la UCM de Madrid. Colaborador en esRadio. Crítico de cine y series en Libertad Digital. Una de las voces del podcast Par-Impar.

