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Cuando derrotamos a los moros

En 1860 muchos soldados, hombres demacrados y sucios, fueron recibidos como héroes en Cataluña, Valencia, Madrid, Alicante. Venían de la Guerra de África contra el Imperio de Marruecos.

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Batalla de Tetuan por Rosales (1868) | Internet

Desembarcaron en Barcelona el 3 de mayo de 1860 sobre las nueve de la mañana. La ciudad había estado preparando el recibimiento durante días; incluso esa noche, según escribió el catalán Víctor Balaguer, mucha gente se quedó sin dormir para engalanar las calles.

Dos cañonazos habían anunciado la llegada de los vapores que traían a los Voluntarios catalanes y al batallón de Arapiles. Largas columnas de hombres demacrados y sucios desfilaron ante una multitud que los recibía entre vítores. A su paso volaban flores y coronas. Mientras, la banda de música intentaba en vano que se oyera el Himno de Riego.

En los rostros de aquellos soldados se veía el hambre y el cólera que habían diezmado a la mayoría de sus compañeros. Al fondo, las autoridades, prestas a apuntarse la victoria. La gente les colmaba de abrazos y besos, de comida y bebida. Barbudos y con los pertrechos destrozados por la campaña, los soldados sonreían en un último esfuerzo por parecer héroes. La misma escena se vivió en Valencia, Alicante, Madrid y en todas las ciudades a donde llegaron.

El mismo clamor popular les había despedido a finales de 1859. Un ardor patriótico, hijo del romanticismo, animó a la opinión pública a empujar al gobierno a una guerra contra el Imperio de Marruecos. Los incidentes en las fronteras habían sido frecuentes. En las prisiones de Alhucemas, Melilla y el Peñón, el ejército estaba autorizado a repeler los ataques de las tribus rifeñas según el tratado de 1845, pero en Ceuta el responsable del orden era Marruecos. El 10 de agosto de 1859, los rifeños de la cabila de Anyera derribaron un cuerpo de guardia.

Leopoldo O’Donell, presidente del Gobierno y jefe del ejército enviado a Marruecos.

El gobierno español, presidido por O’Donnell, pidió al sultán Ab dar-Rahmán que castigara a los atacantes y reparara el agravio a la honra española con el saludo a la bandera por parte del bajá de Tánger y Tetuán. En plena negociación, murió el sultán. España dio una prórroga para que se asentara su sucesor, Mohámmed IV. Sin embargo, hubo dos ataques a los batallones de cazadores recién llegados a Ceuta. O´Donnell pidió entonces que se ampliara el territorio ceutí para mayor seguridad, y dio el 15 de septiembre como plazo para el acuerdo.

El conflicto ya estaba preparado. Desde agosto se movilizaron tropas para embarcar, y los embajadores sondearon los límites de la campaña con Gran Bretaña y Francia. La operación de desagravio y de ampliación de la seguridad española estaba permitida, pero no la conquista. El imperialismo europeo estaba en pleno auge, y España se encontraba desubicada. La campaña podía servir como elemento de cohesión interna, como escribió Pedro Antonio de Alarcón, cronista del progresista La Iberia. Era, decía el literato, "una gran cuestión nacional para España, porque reúne en un interés común a sus mal avenidos hijos". Pero también para mostrar a Europa que el "letargo de España", en palabras de Balaguer, había terminado.

El 22 de octubre, O’Donnell anunció en el Congreso de los Diputados la declaración de guerra. El apoyo fue unánime. El diputado progresista Calvo Asensio, director de La Iberia, habló en nombre de la prensa para asegurar su "entusiasmo" y "patriotismo". González Bravo, portavoz del Partido Moderado, anunció su apoyo en pro de la "dignidad y los intereses de nuestra nación". Olózaga, líder del progresismo, declaró que deseaba la guerra al "bárbaro y obcecado" gobierno marroquí, que sentara otra vez a España en los "Consejos de las Naciones".

La prensa inició una campaña a favor de la guerra. El discurso patriótico recordaba al de la Guerra de la Independencia. El honor español había sido manchado, y esa mancha, según escribió el conservador Manuel Ibo Alfaro, "sólo se lava con sangre". Los recuerdos a los grandes personajes, como Don Pelayo, El Cid, Guzmán el Bueno y los Reyes Católicos, eran llamamientos a los grandes valores del ser español; y la cita de acontecimientos, como las Navas de Tolosa, la toma de Granada o Lepanto, servía para vincular a los españoles que "derrotaron a los moros" con la nueva guerra de África. El demócrata La Discusión decía que "con audacia conquistamos el mundo. ¿No podemos con esa audacia conquistar dos ciudades?".

Llegada de las tropas españolas a Marruecos

La sociedad quedó inmersa en un espíritu belicoso. Los periódicos le dedicaban sus tiradas, se publicaron libros y folletos, poemas y cánticos, y los teatros no perdían la ocasión de estrenar piezas patrióticas. En Cataluña no costó reclutar un cuerpo de Voluntarios, quienes fueron los primeros en poner la bandera española en Tetuán; y las provincias vascas aportaron cuatro Tercios y una buena cantidad de dinero.

La "raza española", decían, estaba destinada a "civilizar a los pueblos bárbaros" como hacían las potencias europeas. "La guerra de África interesa a la civilización occidental", escribió Emilio Castelar. La unanimidad para calificar al enemigo como bárbaro y déspota, por ejemplo en el trato a las mujeres, no existía a la hora de definir la oportunidad que brindaba la guerra. Mientras el carlismo y la Iglesia la veían como una empresa cristina que debía prohibir costumbres como la poligamia o la esclavitud; el liberalismo la entendía como una misión benéfica, regeneradora y garantista de la tolerancia religiosa.

Tras la victoria en Tetuán, el 6 de febrero de 1860, la prensa pidió que se marchara sobre Tánger y Rabat. Luego vino el triunfo en Wad Ras, el 23 de marzo. El gobierno O’Donnell consiguió una paz aceptable, con territorio, ventajas comerciales e indemnización, y las tropas volvieron. La Iberia habló de "guerra grande, paz chica". El recibimiento fue apoteósico, los ánimos se calmaron, y regresaron las discordias caseras.

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