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Notre Dame, museo y encarnación de la historia

A lo largo de nueve siglos la catedral de Notre Dame ha ido absorbiendo una parte de la historia de las civilizaciones que han vivido bajo su amparo.

La consagración de Napoleón, de Jacques-Louis David | Cordon Press

Con las llamas que han devorado Notre Dame ha ardido buena parte de la historia de occidente. Esta frase, repetida de diversas maneras en artículos y reportajes que ahora rinden homenaje a ese monumento inmenso, aún podría ser completada, tal vez de manera innecesaria: con las llamas que han devorado Notre Dame han ardido también todas las personas que a lo largo de nueve siglos construyeron, modificaron, inspiraron o engrandecieron una obra que nació para rendir culto a Dios, y que acabó representando en esencia al mismo hombre que la edificaba.

Citando a Cendrars, el crítico y escritor Luc Sante destacó el proceso profundamente social que siempre era la construcción de una catedral, "labor que, por lo general, duraba más de un siglo, y a la que llegaban dementes, enfermos, iluminados, devotos, monjes predicadores, criminales, borrachos, burgueses y nobles que rondaban el sitio día y noche, pues siempre es entretenido mirar mientras los demás trabajan". Y más abajo, centrado ya en Notre Dame, añadía: "Los escultores escogían al azar a algunos miembros de esa multitud como modelos para las tantísimas estatuas que pueblan sus pórticos y la façade: 'Todas esas rocas talladas son retratos de personas que tenían nombre (aunque solo se recuerden los de los donantes), todas esas estatuas fueron cinceladas justamente allí, en directo, sin trampa ni cartón, en medio de la vida, conservando las actitudes, gestos, ropas y complementos, a menudo con un gran sentido del humor o de la sátira cruel'".

Durante los dos siglos que duró la construcción, la iglesia se fue vistiendo con los ropajes que le ofrecían los propios hombres y mujeres que la observaban desde abajo. Fue contagiada de su esencia medieval, se elevó como uno de los primeros monumentos góticos, y sirvió también de escaparate inmortal, para retener de manera imperecedera al menos una parte de esa gente que la engendró. Pero la cosa no acabó allí. Como toda obra humana destinada a durar, Notre Dame evolucionó con el paso de las décadas. Continuó haciendo las veces de espejo, y reteniendo el reflejo de las épocas que la acompañaron.

A finales del siglo XVII el Rey Sol protagonizó una de sus mayores modificaciones: se cambiaron sepulcros y vidrieras para hacerlas más acordes a los gustos de la época barroca. Y ya en el siglo XIX Eugène Viollet-le-Duc se encargó tal vez de su mayor reconstrucción. Además de restaurar y engrandecer la enorme aguja que ayer sucumbió a las llamas —un trabajo de ingeniería únicamente comparable al que habían protagonizado los propios arquitectos góticos—, se atrevió a añadir en su fachada varias estatuas que siguieron completando la historia de ese monumento a Dios. En el lugar donde ayer se inició el incendio, por ejemplo, Le-Duc incorporó un conjunto escultórico de los Doce Apóstoles, todos observando a la ciudad salvo uno, Tomás, en cuyas facciones se autorretrató él mismo, y al que colocó con la cabeza elevada a las alturas, como observando su obra.

Museo y testigo de la historia

La grandeza de una catedral no reside únicamente en ella misma, como conjunto arquitectónico o como cumbre de la ingeniería. Una catedral, y Notre Dame más que ninguna, es una obra de arte hecha de obras de arte. Y todavía más que eso: es un lugar común, una zona céntrica y transitable, entre cuyas paredes o frente a cuya fachada se han sucedido y se suceden todos los días pequeños milagros de cotidianidad y grandes hitos históricos.

Bien conocidos son los tesoros que guardaba. Desde la Corona de Espinas hasta la Túnica de San Luis. De todos ellos se cree que tanto la Piedad, o Descendimiento de la Cruz, realizado por Nicolas Coustou en el siglo XVIII y colocado en el altar mayor, como las diferentes reliquias pictóricas de autores como Jacques-Louis David, Laurent de la Hyre o Jacques Blanchard se han salvado. No parecen haber tenido la misma suerte ni las vidrieras de los rosetones ni el órgano principal, realizado por Aristide Cavaillé-Coll en el siglo XIX.

Lo que no ha perecido, porque no es algo material, es toda la literatura que se ha construido alrededor del monumento. Víctor Hugo fue el que más hizo por él gracias a su historia, popularizada por Disney, del jorobado y la gitana, que llena las páginas de su Nuestra Señora de París, novela gracias a la que la sociedad francesa volvió a mirar hacia aquella catedral y se dio cuenta del lamentable estado de abandono en el que estaba.

Y tampoco han perecido los relatos de la historia que tuvieron lugar ante sus muros: la ejecución de Jacques de Molay, último Gran maestre de la Orden del Temple, quemado vivo frente a la catedral; la coronación de Enrique VI de Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años; la autocoronación de Napoleón como emperador —ese gesto con el que media Europa, incluido el genio Beethoven, terminó de perderle el respeto al hombre que había determinado el destino del continente—; o la beatificación, ya a principios del siglo XX, de Juana de Arco.

Ayer, poco antes de las siete de la tarde, ardió Notre Dame. Con ella se incendió parte de la historia de Occidente, junto a todos los hombres y mujeres que a lo largo de nueve siglos construyeron, modificaron, inspiraron o engrandecieron una obra que nació para rendir culto a Dios, y que acabó representando en esencia al mismo hombre que la edificaba. Ahora tocará reconstruirla, para añadir, con nuestra pincelada particular, el testimonio de esta nueva época que empieza y que, como tantas otras, también merece ser exhibida grandiosamente en el altar histórico que sigue siendo Notre Dame.

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