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Fernando Calvo: "En los años 30 la crispación venía de abajo; hoy, de arriba"

Fernando Calvo González-Regueral publica La Guerra Civil, una historia total, una aproximación que busca la objetividad más allá de partidismos.

Fernando Calvo González-Regueral publica La Guerra Civil, una historia total, una aproximación que busca la objetividad más allá de partidismos.
Milicias republicanas en Madrid durante la Guerra Civil | Cordon Press
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De la Guerra Civil se habla mucho y se ha escrito todavía más. Sin embargo, nunca parece suficiente. Con ella se hace cada vez más lo que se quiere. Parece haber una Guerra Civil para cada españolito que viene al mundo, un relato que se amolda torticeramente a los prejuicios ideológicos y a la historia familiar de quien busca pregonarla por motivos diversos. Sorprendentemente, suele ocurrir que quienes más la sacan a relucir son quienes menos la conocen. Quizá tal vez por eso, Fernando Calvo González-Regueral ha escrito su propia Historia total sobre el conflicto más dramático y manoseado de nuestro pasado compartido. Una especie de intento por facilitar su comprensión a quienes quieran entenderla sin posicionamientos previos. La Guerra Civil, una historia total (Arzalia) viene a completar algunas lagunas que suelen dejarse de lado. No sólo hace hincapié en el apartado político e ideológico, sino que se apoya en otros factores como el desarrollo económico y militar de ambos bandos, para tratar de arrojar luz sobre por qué se desarrolló la guerra como terminó desarrollándose. Sobre eso y todo un poco hablamos con él:

Pregunta: ¿Nos hemos contado bien la Guerra Civil?

Respuesta: Sí. Contárnosla nos la hemos contado bien. La bibliografía sobre la Guerra Civil es muy completa y muy extensa. Yo hace años publiqué con Almuzara un libro que se llama La Guerra Civil española, los libros que nos la contaron. Ahí hago un repaso de una enorme cantidad de títulos. Pero entiendo tu pregunta. Por lo general, los españoles creemos que nos hemos contado mal la guerra. Y esto que voy a decir no lo debe decir nunca un escritor, porque si no consigue explicarse bien la culpa es sólo suya, no del lector. Lo que pasa es que yo creo que, en el caso concreto de la Guerra Civil, el que se equivoca suele ser más el lector que el escritor. Me explico: el lector de derechas sólo quiere leer los libros que le den la razón a su historia familiar y le reafirmen en sus tesis; y el de izquierdas igual. Pero en una bibliografía de 90.000 volúmenes, que son más o menos los que se han publicado sobre este asunto, sólo con que el 10% sea aprovechable ya tendríamos 9.000 libros útiles para entender lo que pasó. Y hay libros muy buenos. Incluso aunque tengan un posicionamiento ideológico. Tuñón de Lara es un grandísimo historiador, por ejemplo. La derecha es su bestia negra, pero cuando se pone con los datos no corrompe la historia ni trata de manipularla. Él te saca sus tablas económicas, etcétera. El espíritu de su trabajo es el espíritu de un buen historiador. En el lado de la derecha, por rescatar a otro, Ricardo de la Cierva es igual. Y si hablamos de otros campos, las memorias son fuentes completamente partidistas, subjetivas y están contaminadas ideológicamente, pero esclarecen como ninguna otra muchos aspectos del pasado. Las memorias, si no mienten, no son memorias, pero hay que leerlas. Lo que pasa es que hay que leerlas todas. Hay que leer a Carrillo y a Serrano Suñer. No vale con quedarse sólo con uno.

P: ¿Se puede contar la guerra de manera objetiva?

R: Se puede intentar ser lo más objetivo que se pueda, sabiendo que la objetividad absoluta es imposible siempre. Sucede algo curioso, y es que estamos hablando de una guerra. Y es algo que, aunque parezca mentira, a veces se nos olvida. Quiero decir que cuando se relata una guerra hay que hablar del componente militar, lógicamente, y sin embargo en la Guerra Civil española el componente ideológico ha tendido a coparlo todo. Es importantísimo, desde luego, pero no es el único. Tú te coges una historia de la Segunda Guerra Mundial y tienes de todo, pero es imposible explicarla sin adentrarse en cómo se desarrolló la batalla de El Alamein. Este libro que publico ahora lleva el subtítulo de Historia total, pero dicho con modestia. Para mí la verdadera Historia total sobre la Guerra Civil la escribió Hugh Thomas. Tenía muchos fallos en sus primeras ediciones, es cierto, pero las fue corrigiendo hasta la versión definitiva de los años 80. Yo he intentado completarla, por así decir. Lo que pasa es que su libro se centra exclusivamente en la guerra política. Por tanto, había dos problemas: por un lado, faltaba introducir mucha información exclusivamente militar; y por otro, desde los años 80 han aparecido más fuentes. Entre los 9.000 libros útiles sobre la guerra que te he mencionado antes, hay muy pocos de historia militar. Normalmente han sido escritos por militares, además, por lo que la bibliografía de la izquierda suele no tenerlos en cuenta, por sospechosos. Y sin embargo hay títulos muy buenos. Pienso en los 18 tomos del Servicio Histórico Militar, por ejemplo. Si quieres hablar de la guerra tienes que ir a esos tomos, porque son legajos del archivo militar de ambos bandos. Órdenes de operaciones y demás. Y son completamente objetivos. Yo creo que es una laguna que tenemos los españoles y que conocemos menos que toda la parte ideológica. La otra laguna que trato de subsanar en este libro es la económica. Hasta el año 2000 no había prácticamente nada escrito sobre el componente económico en cada uno de los dos bandos. Yo soy economista de formación y sé que la economía es importantísima para explicar la historia. No soy un economista marxista, de estos que dicen que la economía lo es todo, entiéndeme. Hay muchos más factores. Pero, desde luego, sin economía no se entiende nada.

P: ¿Por qué ha sido eso? ¿Hay menos fuentes para estudiar la economía de la Guerra Civil?

R: Había poco escrito. Es verdad que obtener datos fiables de una economía en desarrollo como la española de entonces es una tarea muy ardua. Quizá por eso se ha tardado tanto. Por fortuna, recientemente han aparecido algunos títulos maravillosos. Economía y economistas españoles en la Guerra Civil, coordinado por Fuentes Quintana, por ejemplo. Es un trabajo exhaustivo y muy esclarecedor. Estudiar el componente económico es lo que tiene, que ilumina muchísimas cosas. Si tú miras este cuadro (busca dentro del libro), entiendes más que mirando cualquier mapa o cualquier historia. Es la evolución de la peseta republicana y de la nacional durante los años que duró el conflicto. Mira: en dos años, la peseta republicana prácticamente ya no valía nada, mientras que la nacional había conseguido mantenerse, más o menos. Esto explica más de la Guerra Civil que muchos discursos políticos. ¿Por qué? Pues por varias cosas. La República tenía a su favor la cuarta reserva de oro más grande del mundo, en julio del 36, pero la derrochó absurdamente. No quiero decir con esto, como dicen algunos, que los republicanos hicieron mal en utilizar esas reservas. Yo soy la República y claro que hago uso del oro de España. Lo que no hago es mandarlo a Rusia. ¿Por qué? Pues porque una vez mandado allí, te has descapitalizado. Tienes que confiar en los rusos. Oro a cambio de armas. Y los rusos cumplieron, eh. Enviaron muy buen material, pero llevándose sus gastos de corretaje. Digamos que el armamento salió caro. Hay una queja extendida que dice que al bando republicano le llegó peor material que al nacional. No es cierto. Los dos bandos recibieron material de primerísimo nivel. Sobre todo al principio de la guerra. Lo que pasa es que el bando republicano consumió rápido todo el oro. Las comisiones que se llevaron los rusos llegaron a representar el 30% de todo el Tesoro. Y a finales del 37, cuando tanto Hitler como Stalin levantaron el pie del acelerador y las ayudas dejaron de venir con tanta fuerza, la República se encontró con que tenía que buscarse la vida en el mercado negro, a precios exorbitantes, comprando peor material y sin tener tanto dinero ni capacidad de negociación.

P: ¿Cómo se financiaron los nacionales?

R: Es muy interesante. Se trata de un milagro económico, lo que hacen los nacionales. Siempre se ha dicho que el que financia la guerra para los nacionales fue Juan March, el famoso último pirata del Mediterráneo, pero no es del todo cierto. A ver, March tenía una fortuna enorme, pero tanto como para financiar una guerra, no. Él financió los primeros pasos del alzamiento. Lo más útil que hizo fue mover a todos sus contactos internacionales. Los nacionales consiguieron créditos muy baratos y muy favorables. ¿Cómo lo consiguieron? Pues porque como en el bando republicano se estaba produciendo una revolución tan fuerte, los conservadores del resto del mundo veían en la causa sublevada una causa legítima o, por lo menos, un bando preferible por el que abogar.

P: ¿La república no consiguió nada de esto?

R: Sí consiguió, pero no tanto. Ángel Viñas lo ha tratado esto mucho. Pero lo ha tratado de una forma un poco… A ver, la república era el Estado legítimo. Pero el Comité de No Intervención la perjudicó mucho, porque la puso en pie de igualdad con los rebeldes. Pero bueno, eso también forma parte de la batalla negociadora. La república no negoció bien con las cartas que tenía. Francia, que tenía un Gobierno del Frente Popular, saltó rápidamente a ayudar a los republicanos. Lo que pasa es que Inglaterra la contuvo. Era un panorama complejo en el que cada país tenía sus propios intereses. Hitler había militarizado Renania, por ejemplo, y Francia se arrugó… No querían dar más motivos para una posible escalada bélica en Europa. Por tanto, sí que hay mucho de que la República se quedó aislada y tuvo que abrazarse a la URSS.

P: Por resumirlo: la República perdió la batalla económica.

R: Sí. Pero en realidad quienes más perdieron fueron todos los españoles. La República gastó las reservas de oro, pero eso lo que significa en realidad es que se gastó todo el ahorro acumulado por las generaciones anteriores. Franco ganó la guerra y España estuvo pagando créditos a la República Federal Alemana hasta los años 60. En estas cosas, es increíble comprobar cómo tantísimo se va por el desagüe en una firma. Las 707 toneladas de oro equivalen prácticamente a todos los créditos que pagó el Estado español durante los años posteriores. Es decir, pagamos la guerra con el ahorro acumulado y con el esfuerzo de los que vivieron la posguerra. Vamos, que la pagamos dos veces.

P: Por hablar de más asuntos, me han encantado todos los mapas que completan el contenido del libro.

R: El trabajo del cartógrafo ha sido fundamental, sí. Creo que es una de las claves, porque explican de forma muy gráfica todo el contenido.

P: Comparemos tres: el de la división económica del país, el de las elecciones del 36 y el de la división territorial de los dos bandos nada más iniciada la guerra.

R: Ese ejercicio es muy esclarecedor. Si te fijas en el de la división económica te das cuenta de que había una diferenciación norte-sur muy clara. En el sur todos los terrenos pertenecían a latifundistas; en cambio, en el norte, en la parte conservadora, a minifundistas; y en Castilla la Vieja, Aragón, Cataluña y el levante todo eran medianas propiedades, arriendos a corto o largo plazo. Si comparas ese mapa con el de la división política y militar que se produjo en el 36, ves unas semejanzas casi calcadas entre los lugares en los que ganó la derecha, que después serían territorios sublevados, y los que ganó la izquierda, que se mantendrían fieles a la república.

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P: La zona cantábrica es la excepción.

R: Sí. Toda la zona norte, menos Galicia. Pero tiene su explicación. Los vascos demandaban su estatuto de autonomía, pero no tenían nada que ver con los comunistas ni con los socialistas. Santander fue la mayor sorpresa. Era una ciudad muy conservadora. De hecho, en las elecciones ganaron las derechas. Lo que pasa es que lo que hay que mirar bien son las decisiones que tomaron los militares al mando. El regimiento que estaba en Santander quedó para la república y desde ahí mantuvo al resto de la provincia.

P: ¿Conocemos, las personas de a pie, la división que existía dentro del ejército antes de la guerra?

R: Es algo que está muy estudiado, pero es cierto que en la visión que algunos promulgan de la Guerra Civil se ha querido enfrentar a los militares, sublevados, contra el pueblo heroico y resistente. No fue así. Para que se produzca una guerra civil el ejército debe estar dividido. Primero hay que quemar varias etapas, claro. Y por desgracia durante la república el ambiente político se fue enrareciendo hasta límites exagerados. Era una época en la que los totalitarismos eran modelos a imitar. Los comunistas querían imitar la revolución rusa y los falangistas miraban hacia el fascismo italiano. La juventud estaba crispada. Si tenemos en cuenta las desigualdades económicas marcadísimas que existían, con una tasa de analfabetismo superior al 40% y un número de desempleados de más de un millón de trabajadores sobre una masa laboral de en torno a diez millones… imagínate. La española era una economía en vías de desarrollo. Una economía atrasada, que todavía no había experimentado su propia revolución industrial. Las diferencias entre el norte y el sur, como hemos dicho, eran extremas. Lo que quiero decir con esto es que la guerra no se puede entender como ejército contra pueblo. El pueblo estaba igual de dividido que el ejército. Y la guerra lo vino a demostrar.

P: ¿Si el ejército no hubiera estado dividido, hubiera habido guerra?

R: No. Lo más seguro es que hubiese triunfado el levantamiento, al estilo decimonónico, y que se hubiese dado un golpe de mano "tradicional", por así decir. Fíjate, el que prepara el levantamiento, que es Mola, tenía una gran formación política. Había sido director general de Seguridad durante la última época de Primo de Rivera y ya había visto la fuerza de los movimientos sociales. En sus instrucciones a la conspiración dejó escrito que el golpe tenía que ser en extremo violento y veloz. Se dio cuenta de que o se descabezaba a la República rápidamente o habría problemas. En el año 36, de los 14.000 oficiales en activo, 8.000 se sublevaron y 6.000 permanecieron fieles a la República. Es decir, sí, hubo mayoría sublevada, pero, en realidad, la cosa estuvo muy repartida. Un error de la República fue disolver a los militares sublevados, porque en la práctica lo que hizo fue disolver a todo el ejército. Puso a los militares de su bando en entredicho hasta que las cosas se complicaron. Y perdió bastante tiempo. El ejemplo más claro es la batalla de Madrid, en noviembre del 36. El Gobierno se fue a Valencia y dejó por fin al mando a militares de carrera. Al general Miaja, al coronel Vicente Rojo… Eran africanistas. Eran gente que había estado en Marruecos con Franco y con Mola. Se conocían perfectamente. Pero cuando cogieron las riendas, la República consiguió igualar la balanza. De hecho, Madrid no fue tomada hasta mucho después.

P: ¿Hasta qué punto saber que todo acabaría dando paso a la dictadura franquista nos dificulta la tarea de juzgar correctamente los posicionamientos de cada uno de los altos cargos militares que participaron en la guerra?

R: Nos dificulta la tarea bastante, sí, porque se puede tener la tentación de asociar a todos con la dictadura. Pero en esos momentos la dictadura no entraba en los planes de nadie. Todos los sublevados, incluido Franco, se levantaron al grito de "¡Viva la República!". Mola era general de brigada, que era menos que general de división. Por eso eligió como líder a Sanjurjo. A Sanjurjo se le conoce ahora sobre todo por la Sanjurjada del 32, pero en ese momento tenía mucho prestigio por haber pacificado Marruecos. Entre los militares tenía mucho nombre, pero de ideal político andaba escaso. El caso es que se mató en un accidente de avión al comienzo de la sublevación, y los militares se quedaron descabezados. Mola era el que había conspirado más fervientemente. Franco se había mantenido indeciso casi hasta el final. Lo único que tenía claro es que iba a ir de Canarias a África, pero las fuerzas de África se suponía que iban a jugar un papel secundario en los planes de la conspiración. Y luego estaba Goded, muy importante, que fue de Mallorca a Barcelona, pero fracasó.

P: Ahora está muy de actualidad la figura de Queipo de Llano, y sin embargo en esos momentos su posicionamiento sorprendió.

R: Completamente. Queipo de Llano era de ideal repúblicano. De hecho, había conspirado para traer la República junto a un hermano de Franco. Su adhesión a la conspiración sorprendió a los propios conspiradores. Lo que pasa es que vivió la deriva de la República de una forma muy sentida, y pretendía enmendarla. Él dirigía el Instituto de Carabineros. Era una fuerza muy grande, que además le permitía tener mucha movilidad. Aprovechándose de eso se trasladó a Huelva, en un supuesto viaje de inspección, pero el 18 de julio se presentó en Sevilla. Se hizo con la capitanía de la ciudad a golpe de pistola, apoyándose en rangos medios. Fue otra sorpresa mayúscula, porque Sevilla en ese momento tenía mucho peso obrero. Lo que querían los conspiradores era una cabeza de puente que conectase con África, porque ya sabían que la Marina prácticamente iba a quedar en su totalidad del bando republicano.

P: ¿Cómo consiguieron conectar al ejército africano con la península sin contar con la Marina?

R: Bueno, he hecho, la primera ayuda que piden los sublevados a Hitler son diez aviones de transporte. No querían en esos momentos mucho más. Pero también hay que entender que en la Marina lo que sucedió fue que los altos mandos fueron depurados en motines, para asegurar la fidelidad a la República de la mayoría de los buques. La flota española era bastante buena, pero al quedar descabezada no pudo actuar con la contundencia necesaria en el estrecho.

P: ¿Qué terminó decidiendo la victoria militar? ¿Había mucha diferencia de fuerzas?

R: La verdad es que no. La República también tenía un ejército muy fuerte. Pero es que las guerras se deciden por muchos factores: estratégicos, militares, anímicos, económicos… Hay que estudiar el desarrollo de todos ellos para darse cuenta de por qué ganaron los sublevados.

P: Se dice mucho que el factor diferencial fue que los sublevados se aglutinaron pronto bajo la batuta de un único líder que ostentaba todo el poder, mientras que los republicanos estuvieron demasiado divididos.

R: Eso es cierto y es otro factor importante, sí. Mira, por ejemplo, las decisiones de ambos bandos en la retaguardia. Yo digo en el libro que los dos bandos actuaron con el convencimiento de que iban a ganar la guerra, porque si no no se explica la impunidad con la que cometieron sus crímenes. Pese a todo, existen diferencias entre unos y otros. La represión que hicieron los nacionales fue espeluznante. No querían dejar bolsas de resistencia detrás. En el bando republicano la represión también fue horrible, pero en ella hubo muchas más peleas internas entre aliados enfrentados. A Franco lo nombraron Generalísimo el 1 de octubre. Hasta entonces había habido una Junta de Defensa dirigida por el general Cabanellas, de ideal republicano y masón, curiosamente. Las directrices entre los sublevados siempre estuvieron claras.

P: ¿En qué momento concibió Franco la dictadura? ¿Para qué se sublevó? ¿Para qué quería ganar la guerra? ¿Lo tuvo claro todo desde el principio, o fue cambiando de idea con las circunstancias?

R: Es una muy buena pregunta. Y difícil de responder. Ya hemos dicho que los generales se sublevaron todos al grito de "¡Viva la República!". No fue un golpe contra el sistema, fue un golpe contra el Gobierno. El Frente Popular español, hay que decirlo, era más moderado que otros. Lo que pasa es que los meses que van desde febrero hasta julio son caóticos. Las masas sociales, con la victoria del Frente Popular, se desmadraron. Hubo luchas callejeras, pistolerismo, asalto a conventos e iglesias… Creció la sensación de que la República estaba perdiendo las riendas y no estaba sabiendo mantener el orden público. En ese sentido, un ejercicio que hay que hacer es leer todos los bandos de proclamación del Estado de Guerra. Es muy interesante. Porque cada uno de los generales redactó el suyo propio. Queipo de Llano, Mola, Franco… Cada uno es diferente. Es una cosa muy curiosa. Todos, eso sí, acaban con ese grito que ya hemos mencionado, y todos asumen la bandera tricolor, en un principio. La posición de Franco hay que tratar de entenderla en su contexto. Al principio de la guerra no era esa caricatura que nos ha llegado después. No era ese militarote monárquico cerrado, ni era tan devoto como luego lo fue. En eso tuvo mucha influencia su mujer, Carmen Polo. Él había estado en la Legión… Quiero decir, no era ateo, por supuesto, pero tampoco era un capillitas. Por otro lado, hay una carta suya a comienzos del 36 dirigida al ministro de Defensa, que se ha interpretado después como una amenaza, pero que yo interpreto como un aviso. Lo que le dice es que en los cuarteles estaba habiendo mucho ruido, que la situación era preocupante y que a lo mejor sería conveniente declarar el Estado de Alarma. Es una carta que se puede interpretar, pero lo que a mí me hace pensar que era sincero es que después tardó mucho en confirmarle a Mola que se sumaba a la conspiración. Casi hasta el 17 de julio Mola no sabía si Franco se iba a sumar o no. Era gallego, imagínate. Para mí es un perfil muy típico del militar español que se decantó por el bando nacional. Ser monárquico en el 36 no tenía sentido. Alfonso XIII había quedado amortizado. Muchos de los que habían sido monárquicos trataron de republicanizarse, pero lo que no querían bajo ningún concepto era una revolución comunista. Mola a todos sus colaboradores les decía que si ganaban la guerra lo que había que hacer era estabilizar el país y después abrirlo nuevamente en un referéndum republicano. Las figuras de Alfonso XIII y de don Juan nunca tuvieron demasiado peso. Y tampoco se tuvo nunca la idea de una dictadura de 40 años. La idea principal era básicamente frenar la revolución.

P: ¿Cómo se acabó dando esa dictadura de 40 años, entonces?

R: Es curioso. La primera ministra que tuvo España en su historia, Federica Montseny, anarquista, explicó que lo que precipitó la revolución fue precisamente el alzamiento contra la revolución. A lo mejor no se hubiera dado. A lo mejor sí. No se puede saber. Otros dicen que ya había estallado. La revolución del 34, por ejemplo, no fue tanto anarquista como socialista. Y aunque se aplacó, es cierto que después de ella el ambiente que se respiraba en el país era el de que se estaba traspasando el punto de no retorno. La política viró a los extremos. La campaña electoral del 36 fue bautizada como la "batalla electoral". Eso ya explica lo que se estaba fraguando. En fin, hay tesis para todos los gustos. Ahora bien, una vez estallada la guerra, ¿en qué momento decidió Franco que no iba a abandonar el poder? La verdad es que yo creo que sucedió después de terminada. Antes del 1 de octubre, durante las discusiones para nombrar a Franco Generalísimo, se terminó decidiendo que el decreto dijese que Franco era, a partir de ese momento, Jefe del Gobierno del Estado Español durante el tiempo que durase la campaña. Ya la primera frase es curiosa. ¿Es jefe del Gobierno o del Estado? Pero luego lo más interesante es lo que viene después, porque el decreto fue manipulado a posteriori por Nicolás Franco, y esa parte que especificaba que el cargo tenía validez durante el tiempo que durase la campaña se suprimió. En el año 39, acabada la guerra, el escenario es otro. Y creo que en Franco confluye una mezcla de muchas cosas. Por un lado era muy militar, y consideraba que no se podía ir sin haber puesto orden. "Hemos ganado la guerra, ahora hay que ganar la paz", ¿no? Había que evitar que volviesen a surgir movimientos sediciosos; había que evitar la revolución; casi al instante estalló la Segunda Guerra Mundial, por lo que también había que estar atentos a cómo evolucionaba la situación política internacional… Y luego, el poder engancha y corrompe, por supuesto. Me atrevería a decir que incluso le llegó a invadir una especie de ataque de paternalismo, por así decir. Se creyó que el país le necesitaba. Se veía casi como el padre de familia, el patriarca que tenía que velar por las personas que estaban a su cargo. Él era un general muy querido por sus soldados. Debemos situarnos en la mente de un militar. Digamos que fue retrasando su marcha porque siempre encontraba motivos que le impedían dejar a los españoles "a la intemperie", desde su punto de vista. Con la llegada de la década de los cincuenta consiguió su segunda victoria. Firma del concordato con la Santa Sede, por un lado. Hasta ese momento no lo había conseguido. También los acuerdos con Estados Unidos. Y también el acceso de España en las Naciones Unidas. Se termina el aislamiento. Ya está. Una vez logrado eso, el régimen se afianza definitivamente y Franco ya no se va bajo ningún concepto.

P: Hablemos de los políticos. ¿Cómo se prendió la mecha de la guerra desde el apartado ideológico?

R: Hay muchas mechas. Pero por hablar de cosas muy concretas, la primera que podríamos citar fue la reforma agraria. Era una reforma necesaria, desde luego. De hecho, más tarde la hizo Franco. A su manera y con otros objetivos, pero España necesitaba una reforma agraria. Y necesitaba una reforma agraria ambiciosa, además. Todas esas imágenes tópicas de los jornaleros miserables, empobrecidos y maltratados son bastante ciertas. Y eso explica también por qué el movimiento anarquista prendió tanto en España. Es un caso único en el mundo, comparable tal vez solamente con el de Italia. La CNT tenía un millón de afiliados. Era una locura. El socialismo también era fortísimo. Tenía más de un millón. Pero eso se explica porque además de sindicato, el socialismo tenía partido. El anarquismo había estado menos organizado hasta hacía bien poco, por así decir.

P: ¿Cómo es que se los terminó comiendo el comunismo?

R: El comunismo no tenía nada. Cincuenta mil afiliados, solamente. Pero como la única ayuda que va a recibir la República es la de la URSS, comienza a llevarse el pastel. Los asesores soviéticos se infiltraron bien, sobre todo entre las juventudes socialistas. Las Juventudes Socialistas Unificadas eran una mezcla de comunismo y socialismo. El socialismo ponía la base y el comunismo la cabeza. Las fusionó Carrillo, de hecho. Todo esto es interesante porque si miramos al bando sublevado, ocurrió lo mismo. Antes de la guerra el falangismo era minoritario. A medida que la guerra se fue acercando, por distintas razones, la gente se fue yendo a los extremos.

P: Cada uno fue reaccionando contra lo peor del rival ideológico, ¿no?

R: Eso es. Poco a poco, entre altercados y altercados, las derechas se fueron acercando cada vez más a las posturas abiertamente autoritarias de Falange, por ejemplo. Los carlistas sólo tenían peso en ciertos lugares del mapa, pero también consiguieron hacerse muy fuertes allí. E incluso los monárquicos regresaron con fuerza bajo la tesis de que la República no había servido para solucionar los problemas del sistema anterior. En las izquierdas ocurrió lo mismo, por supuesto. Hay que entender que la idea de democracia que manejaban entonces no tiene nada que ver con la que manejamos ahora. Entre los socialistas es posible que ni siquiera un Besteiro, pero desde luego ni Prieto ni Largo Caballero abogaron nunca por la democracia que defendemos hoy. Los anarquistas y los comunistas, por otro lado, eran abiertamente antidemocráticos, porque consideraban que la democracia republicana era una falsa democracia burguesa. Y a medida que fueron cogiendo fuerza en cada lado las tesis más radicales, los otros se refugiaban en las tesis más radicales de su bando, para sentirse protegidos. Los extremismos se alimentan unos a otros.

P: ¿Tienen razón quienes decían, y dicen a día de hoy, que la Constitución del 31 era una constitución partidista de izquierdas?

R: Es un tema complicado, porque se abre fácilmente a ser manipulado. Mira, te voy a leer una frase que recojo en el libro y luego te digo quién la dijo. (Rebusca en el libro). Esta: "La Constitución del 31 es una Constitución avanzada [y lo era, en serio, era muy avanzada en muchas cosas] no socialista, pero es una Constitución de izquierdas. Esta Constitución debe ser así para que no nos digan que hemos defraudado las ansias del pueblo". La dijo Luis Jiménez de Asúa, del PSOE, presentando el proyecto de Constitución. En ese sentido, ellos mismos reconocían que estaba orientada a la izquierda. Ahora bien, no era tan radical como creen las derechas. Inauguraba un país laico, sí, pero no perseguía abiertamente a los católicos, ni cosas por el estilo.

P: Una crítica que se le hace es que, sin querer ser radical ni anticlerical en su redacción, sí que favoreció la impunidad de los radicales y anticlericales, que comenzaron a cometer más crímenes contra los religiosos.

R: Sí, eso es cierto. En este caso creo que hay una figura muy importante para explicar la deriva que surgió a partir del 31: la de Manuel Azaña. Azaña fue un enorme estadista, que sin embargo cometió un gran error. El 14 de abril del 31, a los republicanos la República les cayó como un regalo del cielo. Y el país no estaba preparado. Ni las élites ni el pueblo. El gran error de Azaña fue pensar que España era como él, que la República debía ajustarse inquebrantablemente a su visión política. Hubo problemas de implantación del nuevo sistema porque los republicanos no supieron entender la realidad heterogénea del país. De hecho, las derechas no se republicanizaron más porque no las dejaron. Se las acusaba de filofascistas mucho antes de que Falange cogiese verdadero peso. Azaña emprendió muchas reformas, muchas de ellas muy necesarias, pero de manera muy acelerada y, sobre todo, muy poco dialogante. Por ejemplo, la reforma del ejército era necesaria y estuvo bien planteada, pero la manera de imponerla importunó en exceso a la mitad de los militares. Con la cuestión religiosa, educativa y territorial podemos hablar un poco de los mismo. Cosas como esas facilitaron que los discursos más radicales de ambos lados del espectro político se alimentasen entre sí. Y sobre todo teniendo en cuenta que los totalitarismos no estaban tan mal vistos como ahora.

P: ¿Por qué ha quedado la idea de que el bando republicano, en la guerra, era el bando democrático, cuando muchos de sus componentes no lo eran?

R: Yo creo que eso se explica en varias fases. En la primera fase, durante la guerra, los comunistas se fueron infiltrando con la idea clara de la propaganda entre ceja y ceja. La propia Pasionaria reconoció que tenían que vender que luchaban por una democracia, eso sí, siempre "popular". Ahí las palabras eran muy importantes. Era una manera un tanto torticera de homologarse a las democracias occidentales. Ten en cuenta que los posibles apoyos internacionales eran relevantes. Después, nada más ganar Franco, los movimientos del exilio también jugaron un papel. Y por último, recientemente, ni siquiera durante la Transición, sino ya entrado el siglo XXI, esta idea que mencionas ha vuelto a coger fuerza. Yo creo que es un error. Comparar la Segunda República con la democracia actual es un anacronismo, para empezar. Pero además es falso. Los años 30 no tienen nada que ver con el presente actual. Son realidades incomparables.

P: Y sin embargo, por la crispación política y por las cosas que se dicen en el Parlamento, cuesta no compararlas.

R: A ver, hay que entender el contexto de entonces para entender también lo que lo diferencia del de hoy. Entre el año 31 y el 36 España vivió una tormenta perfecta dentro de otra tormenta perfecta, que se estaba dando en el resto del mundo. En la Primera Guerra Mundial perdieron todos. Alemania fue la derrotada, pero en términos exclusivamente económicos perdieron todos. Por eso surgieron con tanta fuerza los Estados Unidos y la Rusia soviética. Con el crac del 29, la cosa empeora aún más. La utopía capitalista se resquebraja un poco. Los totalitarismos, como alternativa a ese sistema que estaba colapsando, comenzaron a ser vistos con buenos ojos cada vez por más gente. La Rusia soviética, con sus planes quinquenales, dio la impresión de que el comunismo podía ser una alternativa viable. En aquella época, abogar por el comunismo tenía verdadero sentido, porque llegó a parecer que funcionaba. En España, todos los atrasos económicos y sociales, junto con el eco de las Guerras Carlistas del siglo anterior, generaron un caldo de cultivo todavía peor. Todo eso no tiene nada que ver con lo que ocurre ahora. En los años 30 la situación se tensó de abajo a arriba. Había unas masas sociales que necesitaban nada para lanzarse al monte detrás de un líder populista. Indalecio Prieto, Largo Caballero, Primo de Rivera… Pero el millón de afiliados a CNT los iba a haber con Montseny o sin ella. Claro, los políticos eso lo detectaron y lo aprovecharon. Radicalizar a masas propensas a radicalizarse era mucho más sencillo hacerlo entonces que ahora, y daba más votos todavía. La República puede estudiarse, sin quitarle mérito a muchas de las políticas que trató de llevar a cabo, como una absoluta caída en picado hacia la radicalización. Pero venía de abajo, como digo. A mí lo que más me fastidia de lo que vivimos ahora es que la radicalización viene de arriba. Es cierto que ha habido un descontento, que cristalizó en el 15-M, y que ese descontento ha tenido una explicación económica, pero los discursos que utilizan nuestras élites políticas son anacrónicos. De hecho, diría que es algo que lleva pasando desde el año 2000, más o menos. No empezó ayer. Los políticos que tenemos ahora no tienen talla política. No han leído un libro. Y por eso se atreven a tratar de enardecer a las masas con etiquetas recuperadas de un pasado que no conocen y que no se ajusta a la realidad en la que vivimos hoy.

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