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Por qué el mejor arte español se dio durante el franquismo: Cela, Delibes, Martín Gaite

En tiempos de Franco, por el contrario, el Estado era el enemigo y, en consecuencia, el artista no tenía que transigir lo más mínimo.

En tiempos de Franco, por el contrario, el Estado era el enemigo y, en consecuencia, el artista no tenía que transigir lo más mínimo.
Cela en el rodaje de 'La Colmena' enero de 1982 | Cordon Press

Giuseppe Grilli dijo en 1992:

Paradójicamente, la literatura catalana vivió su momento de oro durante el franquismo. En los años más negros se publicaron los mejores libros: las 'Elegies de Bierville', 'Bearn', 'La plaça del diamant'… las reflexiones de Fuster, Rubió o Riquer.

Ya, ¿pero quién era Grilli, un franquista cultureta? Pues era el president de l'Associació Italiana d'Estudis Catalans y dirigía la cátedra de Lengua y Literatura Catalana de la Universidad de Nápoles cuando, el 28 de marzo de 1992, La Vanguardia le entrevistó y soltó esa perla que hoy, en la Cataluña de Puigdemont, Junqueras, Illa y demás apellidos catalanistas, sería impublicable.

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El caso es que, ahora que El País ha sacado un par de listas con lo mejor de la literatura y el cine en el período 1975-2025, lo que destaca es que en ambos dominios fue mucho mejor el panorama artístico en el período 1939-1975. La lista de El País la han realizado más de cien especialistas, pero basta un lector sin sesgos ideológicos y con valoración exclusivamente literaria para darse cuenta de que una lista que contase —sin ánimo de ser exhaustivo— con Nada de Carmen Laforet (1945), La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela (1942), Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos (1962), El camino de Miguel Delibes (1950), San Camilo, 1936 de Camilo José Cela (1969), La colmena de Camilo José Cela (1951), Cinco horas con Mario de Miguel Delibes (1966), El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio (1955), Señas de identidad de Juan Goytisolo (1966), La sombra del ciprés es alargada de Miguel Delibes (1948), más algunas obras de Juan Benet, Juan Marsé, Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Torrente Ballester, Gironella, Carmen Martín Gaite, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Blas de Otero, José Hierro, José María Pemán, Luis Martín-Santos, Alfonso Grosso, Dámaso Alonso, Valente, Claudio Rodríguez o Ángel González… resulta imbatible frente a la que ha salido en El País y seguramente frente a cualquier otra que no tuviese el sesgo habitual en el periódico de izquierdas.

Una revolución verbal sin parangón

Desde un punto de vista estrictamente literario —calidad estilística, innovación formal, densidad conceptual, ambición estructural y profundidad en el uso del lenguaje—, el período 1939-1975 supera con nitidez a la época 1975-2025 porque en aquellos años se concentró una revolución verbal sin parangón posterior: Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos (1962) trata de hacer con el español lo que el Ulises con el inglés; San Camilo, 1936 de Cela (1969) lleva el flujo de conciencia a un extremo de virtuosismo inhumano, demasiado inhumano; Reivindicación del conde don Julián de Juan Goytisolo (1970) dinamita la concepción de España y rehace el español desde sus raíces; y las novelas de Región de Juan Benet construyen un universo narrativo de densidad faulkneriana que nadie ha igualado después en español. En apenas quince años (1960-1975) se produjo una explosión formal —monólogo interior radical, deconstrucción idiomática, prosa laberíntica, collage histórico— que no ha tenido equivalente en los cincuenta años siguientes. Las obras más celebradas del período democrático (Corazón tan blanco, Crematorio, Soldados de Salamina, etc.) son excelentes novelas, a menudo magistrales en la construcción de personajes y en la claridad narrativa, pero ninguna alcanza la audacia lingüística ni la ambición estructural de aquellas cuatro o cinco obras maestras irrepetibles del tardofranquismo. Por pura potencia técnica y revolucionaria del lenguaje, 1939-1975 constituye uno de los momentos culminantes de la prosa en español del siglo XX y deja en segundo plano, desde la más estricta exigencia estética, todo lo publicado en España entre 1975 y 2025.

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Juan Goytisolo

Habrá a quien pueda parecerle justicia poética, pero que El País haya olvidado al censor Camilo José Cela es una de esas deliciosas paradojas de una época que presuntamente rezuma libertad, pluralidad y buen rollo, pero que en realidad no hace sino convertir la cultura en un espectáculo, el arte en un premio nepotista y la historia en un ocultamiento sistemático de los que no se plegaron a los dogmas progres.

En la lista de las mejores obras del período 1975-2025 encargada por El País a una serie de expertos no aparece ninguna obra de Cela, cuando solo Vargas Llosa —otro que tampoco tiene ninguna en el top 50— podría discutirle la supremacía suprema de la literatura española tras la muerte de Franco. Por cierto, también estarían ambos en la lista de mejores obras desde el final de la guerra civil hasta la muerte de Franco. Pero un conservador tan destacado y un liberal tan conocido como Vargas Llosa no tienen cabida en el actual zeitgeist "progresista". Y no solo por sus afinidades ideológicas, tan lejanas del orbe socialdemócrata, sino porque su obra está llena de una cualidad subversiva en la actual mojigatería posmoderna: la fuerza. Para comprender la supremacía de Cela y Vargas Llosa en el real panteón de la literatura española en democracia debemos considerar el concepto central propuesto por el filósofo del arte Mencke: la fuerza como eje de una antropología estética para la que el tema central es la libertad humana, equiparada a preocupaciones prácticas como la justicia o el bien. Pero la libertad moderna, para Mencke, está atrapada en el paradigma de un yo que se cree que puede autodeterminarse. Por el contrario, el filósofo alemán plantea que, para conocerse realmente, el sujeto no ha de reprimir lo no racional, lo corporal o lo contingente. Eso es justamente lo que realizan en sus dominios tanto Cela como Vargas Llosa.

El olvido tanto de Cela como de Vargas Llosa revela una característica reveladora de la literatura que El País trata de hacer hegemónica desde el núcleo irradiador de editoriales que, como se vanaglorió Jorge Herralde cuando dirigía Anagrama, se caracterizan por no premiar ni publicar a autores fuera del rebaño de los políticamente correctos que transitan por el lado bueno de la historia sin dejar de balar, cuando no practican directamente el silencio de los corderos.

¿Por qué durante el franquismo?

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Rafael Sánchez Ferlosio

Volvamos a la cuestión planteada en el título del artículo: ¿por qué el mejor arte español, en este caso la literatura, se dio durante el franquismo? La respuesta la tenemos en la denuncia que hizo Rafael Sánchez Ferlosio sobre cómo las instituciones culturales de la democracia postfranquista "compraron" a los intelectuales, en particular a los novelistas y poetas, convirtiéndolos en funcionarios de la cultura a rebufo de subvenciones, premios, festivales y demás saraos y chiringuitos pagados por el Estado, grandes empresas y editoriales que en gran parte vivían estupendamente con cargo a aquellas. En tiempos de Franco, por el contrario, el Estado era el enemigo y, en consecuencia, el artista no tenía que transigir lo más mínimo. En lugar de funcionarios, eran partisanos. Eran sus propios amos, mientras que ahora el poder fáctico los ha convertido en acomodaticios siervos del statu quo. Corría 1984, los primeros años del felipismo, cuando Sánchez Ferlosio publicó su clarividente "La cultura, ese invento del Gobierno". Cuarenta años después, hemos cambiado el felipismo por el sanchismo, pero la cultura sigue siendo un invento del gobierno, los medios de comunicación afines y el entramado de intereses e ideología que corona mediocridades políticamente correctas. Contra Franco se escribía mejor.

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