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Por qué febrero tiene 28 días: de la superstición romana al ajuste astronómico

Cada cuatro años se suma una jornada extra para cuadrar el tiempo terrestre con el estelar, herencia de las reformas de la Roma clásica y la Iglesia.

Cada cuatro años se suma una jornada extra para cuadrar el tiempo terrestre con el estelar, herencia de las reformas de la Roma clásica y la Iglesia.
Pixabay/CC/Clker-Free-Vector-Images

Febrero ocupa un lugar singular en el calendario: es el único mes que no alcanza los 30 días y el único cuya duración varía según el año. Habitualmente tiene 28 días, pero cada cuatro años suma uno más durante el año bisiesto. Lejos de ser un capricho, esta anomalía es el resultado de siglos de ajustes entre creencias antiguas y necesidades astronómicas.

El motivo científico de fondo está en que el año solar no dura exactamente 365 días, sino aproximadamente 365 días y casi seis horas más. Ese desfase se acumula y, cada cuatro años, obliga a añadir un día extra para evitar que las estaciones se desplacen en el calendario. Sin esta corrección, con el tiempo el invierno y el verano acabarían cayendo en meses que no les corresponden.

Un calendario que nació incompleto

La historia de febrero se remonta a la Antigua Roma. Según la tradición, el calendario más antiguo atribuido a Rómulo, fundador de la ciudad, tenía solo diez meses y comenzaba en marzo. El periodo invernal simplemente no se contaba de forma organizada, ya que la actividad agrícola y militar disminuía.

No obstante, fue el rey Numa Pompilio quien, según los relatos históricos, reformó ese sistema e incorporó dos nuevos meses: enero y febrero. Este último se situó al final del año y quedó vinculado a ritos de purificación, de donde deriva su nombre, relacionado con la palabra latina februa.

Supersticiones que marcaron los días

En la Roma antigua existía la creencia de que los números impares traían buena suerte. Por ello, muchos meses se ajustaron a duraciones de 29 o 31 días. Sin embargo, al intentar cuadrar el total anual con los ciclos lunares, era inevitable que uno de los meses tuviera un número par de días.

El elegido fue febrero, que quedó con 28 jornadas. Así, este mes heredó una duración menor que el resto y una cierta fama de periodo menos favorable, asociado a rituales de cierre y transición.

El problema del desfase solar

Aquel calendario romano, basado en gran parte en ciclos lunares, no coincidía con precisión con el año solar. Con el tiempo, las estaciones empezaron a desajustarse respecto a las fechas oficiales. Para corregirlo, se añadían meses extraordinarios de forma irregular, una práctica que a menudo dependía de decisiones políticas y provocaba aún más confusión.

La gran reforma llegó en el año 46 a.C., cuando Julio César instauró el calendario juliano, inspirado en el modelo solar egipcio. Estableció un año de 365 días y fijó que, cada cuatro años, se añadiera un día adicional. Febrero mantuvo sus 28 días habituales, pero pasó a tener 29 en esos años bisiestos.

Del calendario juliano al actual

Durante más de 1.600 años, el calendario juliano rigió en buena parte del mundo occidental. Sin embargo, seguía acumulando un pequeño error anual. En 1582, el papa Gregorio XIII impulsó una nueva reforma que dio lugar al calendario gregoriano, el que utilizamos hoy.

Ese ajuste perfeccionó el cálculo de los años bisiestos, pero mantuvo intacta la peculiaridad de febrero. El día adicional se fijó definitivamente como el 29 de febrero, consolidando la imagen de este mes como el más corto y variable del año.

Lejos de ser una simple rareza, febrero es el reflejo de cómo la humanidad ha intentado, durante milenios, reconciliar el tiempo del cielo con el de la vida cotidiana. Su brevedad es, en realidad, una huella histórica que sigue marcando nuestro calendario.

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