
El 15 de marzo, conocido como los idus de marzo en el calendario romano, pasó a la historia por el asesinato de Julio César. Según el historiador Rubén García, durante su intervención en Es la mañana de fin de semana de Es Radio, aquella jornada fue "un punto de inflexión que desencadenó la caída de la República y abrió el camino al Imperio romano".
Antes del asesinato, César había acumulado gran poder tras sus victorias en la Galia y la guerra civil contra Pompeyo. La República, que llevaba cinco siglos desde la expulsión del último rey, enfrentaba crisis internas, desigualdad y recelos entre los senadores, y como recuerda García, "la República llevaba cinco siglos funcionando, pero el poder de César generaba mucho odio y recelo".
La figura de César se había vuelto controvertida: era dictador perpetuo, un título que muchos republicanos veían como el regreso de la monarquía. En palabras del historiador, "cuando a César le llamaban rey, él respondía siempre que era el César", lo que aumentaba las tensiones en el Senado.
El asesinato y sus consecuencias
El día 15 de marzo, César recibió advertencias: un desconocido le entregó un pergamino que le aconsejaba no ir al Senado, y su esposa Cagurnia había soñado su muerte. Aun así, acudió a la sesión. Durante la reunión, Tulio Zinberg tiró de su túnica, dejando su cuello descubierto, lo que permitió que 23 senadores lo apuñalaran, siendo la segunda herida, propinada por Cayo Casca, la mortal. César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo, un detalle que García califica como "irónico y dramático" y que resalta la intensidad del momento.
Rubén García explica que "ese fue un gran error de los conspiradores, porque habían planeado arrojar su cuerpo al Tíber y no lo hicieron", un descuido que sería clave para los días siguientes y para el desarrollo de los acontecimientos posteriores.
Tras el asesinato, Marco Antonio tomó la iniciativa, promoviendo la impunidad de los conspiradores, nombrando gobernadores en provincias lejanas y organizando la lectura pública del testamento de César, donde cada ciudadano recibía 300 sestercios y terrenos. Como recuerda García, "la muchedumbre se volvió contra los asesinos y lo que debía salvar la República terminó acelerando su desaparición".
Finalmente, Octaviano, sobrino nieto de César, asumió el poder tras sucesivas guerras civiles, transformando la República en principado y convirtiéndose en el primer emperador de Roma, conocido como Augusto.

