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Don Benito y el "mujericio"

Atractivo, desgarbado, lo que suscita la ternura mujeril. De "superviril y mujeriego" le calificó el Dr. Gregorio Marañón.

Julia Escobar
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Un joven y apuesto Benito Pérez Galdós

"Nunca sentí la necesidad de casarme", declaró Galdós a un periodista cuando ya era un prócer de letras españolas y un paradigma de escritor universal, candidato al premio Nobel. Uno de los motivos de esa pertinaz soltería puede deberse, tal vez, al hecho de tener limpia y cómodamente resuelta su vida doméstica, ya que, hasta el final de sus días, las señoras de su familia, ese "mujericio" como llama él al colectivo femenino que rige, o regía, los destinos domésticos de la vida de los hombres, se ocuparon de él a cuerpo de rey. Pero esa feliz circunstancia no le eximió de la necesidad de conocer mujer ni la de enamorarse, ni la de obsesionarse, e incluso arruinarse, por ellas.

Lorenza Cobian, madre de hija de Galdós

No se sabe mucho de los amores de don Benito, y lo que se sabe es a trancas y barrancas, por la obstinación de los galdosistas en descubrirlo, en injusta correspondencia con la obstinación de su familia –y de él mismo- en taparlos. Gratitud eterna debemos pues a eruditos como el hispanista norteamericano Berkowitz, a D. Pedro Ortiz Armengol, a Dª Carmen Bravo Villasante, por mencionar a algunos de los más destacados investigadores de ese misterio tan bien guardado que fue la vida amorosa de Galdós y de la que hasta que ellos no desempolvaron correspondencias y archivos y desentrañaron claves literarias en las novelas del autor, vivía de rumores, chascarrillos, dimes y diretes. Tal vez debería añadir que todavía queda mucho por investigar: entre otros, algunos archivos familiares que se rumorean estar a buen recaudo: me refiero a los que la leyenda atribuye a la familia Marañón y Pérez de Ayala, pues se sabe que don Gregorio y don Ramón custodiaron una buena parte de los archivos galdosianos.

El joven Benito ya venía a Madrid de su Canarias natal, escaldado de amores no autorizados por su madre, la autoritaria doña Dolores Galdós, modelo de la implacable cacique "Doña Perfecta" que le mandó a la Península a olvidarlos: se llamaba Sisista y era una a modo de prima lejana, fruto de amores ilícitos de uno de sus tíos, adorable y rodeada de encantos exóticos. Hubo de olvidarla, aunque al parecer quedaron rescoldos.

Él mismo es un hombre atractivo, de facciones agradables y regulares, alto, desgarbado, lo que suscita la ternura mujeril. De "superviril y mujeriego" le califica el Dr. Gregorio Marañón, el mejor cualificado, junto al otro médico de su vida, el Dr. Tolosa Latour (el Miquis de sus novelas contemporáneas), para haber hablado, de haberlo querido alguno de los dos, de su vida amorosa que seguramente fueron los únicos en conocer al dedillo. Pero es que sus relaciones amorosas no eran muy aceptables socialmente, por muchos motivos.

Emilia Pardo Bazán

Por un lado, hay una que ha marcado época en las letras españoles y que, por su naturaleza adulterina, ni debía ni podía hacerse pública por ninguna de las dos partes: me refiero a la relación que mantuvo durante casi una década (con altibajos) con Doña Emilia Pardo Bazán, la otra gigante de las letras españolas, la "genio" como la llama Federico Jiménez Losantos. Estos amores, que saltaron a la palestra cuando doña Carmen Bravo Villasante publicó parte de las cartas que ella escribió a don Benito (las que de don Benito a doña Emilia desaparecieron por los malos oficios de sus herederas), correspondencia que acaba de ser completada recientemente en la edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández (Miquiño mío. Cartas a Galdós, Turner Publicaciones, Madrid, 2013).

Galdós y la actriz Carmen Cobeño

Las relaciones entre ambos escritores –efusiones eróticas aparte- son muy diferentes a las que Galdós mantuvo con sus otras mujeres, cuyas identidades no se conocen en muchos casos por la fugacidad y oscuridad de sus encuentros y la mediocridad de sus orígenes y nivel cultural. Por una parte, están las relaciones esporádicas y mercenarias. Federico Sainz de Robles relata algunas anécdotas al respecto. Una de ellas es cuando en una ocasión, se paseaba Galdós con un amigo por la calle de la Montera y una chulapa con la que había tenido relaciones le abordó con aspecto muy poco tranquilizador, tanto que ellos creían que iba a atacarle, tal vez con vitriolo o apuñalarle, pero ella se limitó a plantarse en jarras ante él y decirle, socarrona: "¡Si no fueras una gloria nacional!" En otra ocasión, Blasco Ibáñez conoció a una mercenaria que le contó cómo la visitaba un viejales muy tacaño al que además tenía que dar chocolate todas las tardes. Cuando fue a su casa vio encima de la chimenea un retrato de Pérez Galdós y la preguntó por qué lo tenía allí y ella le dijo: "Ese es el viejo".

La actriz Carmen Cobeña en 1905. Fotógrafo: Derrey

No ocurre así con cierto número de mujeres que tuvieron en su vida una impronta mayor y que, en cierto modo, rompieron el anhelado anonimato a las que el amador quería relegarlas. Son amantes, que aunque pertenecientes a otro estatus social y cultural que doña Emilia, también tienen nombres y apellidos. Muchas de ellas son simultáneas en el tiempo. Empezaremos con Lorenza Cobián, la madre de su única hija reconocida (no se descartan otras paternidades a raíz del dinero que gastaba en mantener a oscuras mujeres con las que ya no tenía relación alguna), luego vinieron Concepción Morell, una hiperéstesica desquiciada, modelo de Tristana, cuyas cartas reales son utilizadas por Galdós en la novela. Concha-Ruth Morell es un caso realmente complejo. Se relacionó con él como aspirante a actriz, fue rival de doña Emilia, y consiguió amargar la vida de don Benito más allá de lo que él estaba acostumbrado a soportar. Concha acabó enloqueciendo, tras haber protagonizado un curioso episodio de conversión a la religión judía, para lo que llegó a implicar a la comunidad israelita de Madrid, creada y liderada en esa misma época por el enigmático banquero y editor Ignacio Bauer y su esposa. Luego vinieron Concha Catalá (una joven actriz de la compañía de Rosario Pino y, por último, que se sepa, Teodosia Gandarias, una mujer sencilla e ignorante que se hacía pasar por maestra de escuela y que murió casi al mismo tiempo que él, concluyendo yo aquí una nómina que seguro está muy lejos de quedar cerrada.

No son todas, según se sospecha, pero sin duda son las más importantes, según se sabe. Todas ellas tuvieron el dudoso privilegio de amar a un hombre bondadoso, afable, sencillo, tolerante y cabal para todo menos para las relaciones amorosas.

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