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Inventar mitos para crear democracias

A partir de 1945, en Francia e Italia se apresuraron a construir una explicación del pasado reciente sobre el que levantar sus nuevas democracias.

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A partir de 1945, en Francia e Italia se apresuraron a construir una explicación del pasado reciente sobre el que levantar sus nuevas democracias. La derecha francesa, encabezada por René Rémond, se apresuró a decir que el fascismo era ajeno a la tradición francesa y que procedía de una influencia minoritaria y extranjera. En su clásica clasificación de la derecha de Francia –ultramontana, conservadora y bonapartista–, los fascistas no habían tenido lugar y, por tanto, la nueva República y sus casi nuevos partidos podían estar exentos de responsabilidad por lo ocurrido desde 1940. Es más, la Francia de Vichy había sido un paréntesis en la historia de la libertad del país; y la Francia de Laval, la ocupada por los nazis, puramente colaboracionista. A esto había que añadir la reconstrucción que la izquierda hizo de una Resistencia animada por el PCF. Se dejó de lado que los comunistas franceses tuvieron a los nazis como amigos hasta 1941, cuando la Operación Barbarroja rompió la alianza de Hitler con Stalin. Entre la derecha y la izquierda ya tenían el mito fundacional de la IV República: antifascismo y Resistencia patriótica y, por tanto, irresponsabilidad general por la represión contra judíos y disidentes desde 1940 hasta 1944.

Lo mismo ocurrió en Italia. La proclamación de la República en 1947 precisó de una reconstrucción de la identidad nacional. La guerra civil desatada entre 1943 y 1945 por la formación de la República Social de Salò, a cargo del depuesto Mussolini pero bajo protección nazi, y contra la Italia que había firmado el armisticio, quedó silenciada. Terminaban entonces veintitrés años de fascismo italiano, en el que buena parte de la sociedad había estado involucrada; o había mirado hacia otro lado en la represión y en el establecimiento de la dictadura. Nació entonces la "República antifascista" sobre la "retórica de la Resistencia"; es decir, la unión de los italianos contra el fascismo hasta su extinción durante la guerra civil. La nueva clase dirigente eran antiguos partisanos, como el primer ministro de 1945 Ferruccio Parri, del Partido de Acción. Esa "retórica de la Resistencia" recreó una identidad italiana tradicionalmente aferrada a la libertad y la democracia. La derecha, con Benedetto Croce, presentaba el fascismo como un cuerpo extraño, un paréntesis en el espíritu italiano. Los partisanos, en cambio, eran los luchadores por la libertad, "precursores" de la República, cuyos nombres se podían leer en placas y monumentos, escuelas y calles.

De esta manera, en Italia y Francia funcionó un paradigma histórico sobre el que se levantaron nuevos regímenes e identidades colectivas. El cambio vino en los años ochenta. Entre los franceses, el norteamericano Robert Paxton puso en su sitio a Petain y a la Francia de Vichy y señaló su responsabilidad en la deportación de miles de judíos a los campos de exterminio. Por su parte, el israelí Zeev Sternhell rastreó el fascismo francés desde finales del siglo XIX y el caso Dreyfus. En Italia, fueron Renzo de Felice y Emilio Gentile los que iniciaron la puesta en cuestión del paradigma resistencial, incluyeron a los fascistas en la historia italiana y hablaron de una "zona gris": la de los italianos que no se identificaron con unos ni con otros y que solo se preocuparon por sobrevivir. Giampaolo Pansa publicó La sangre de los vencidos en 2003, en la que hacía el relato de la persecución despiadada de los fascistas, perseguidos tras la Liberación en 1945.

Parecía que una lenta despolitización de la disciplina histórica permitiría avanzar en el conocimiento del pasado, pero no ha sido fácil. Sergio Luzzatto, profesor en la Universidad de Turín, escribió Partigia. Una storia della Resistenza, que se encontró con la negativa a su publicación por parte de algunos autores de Einaudi (la editorial italiana tradicionalmente vinculada con la Resistencia). Luego, cuando salió a la luz, en 2013 en Mondadori, le llovieron las críticas, por "revisionista" y "sensacionalista". El pecado de Luzzatto fue seguir el testimonio de Primo Levi, uno de los autores más importantes del XX italiano e identificado con la República, que contaba un episodio oscuro de la Resistencia, y a partir de ahí estudiar la realidad de los partisanos.

Levi estuvo en la Resistencia entre octubre y diciembre de 1943. El 9 de este último mes su banda decidió ejecutar a dos de sus compañeros por indisciplinados (robaron a unos lugareños). Los dispararon y enterraron en el mismo lugar de su muerte, al "modo soviético", dice Luzzatto. Tras la Liberación, esos dos hombres fueron encumbrados por la República como mártires de la Resistencia, se les inventó una historia de combates heroicos y se les definió, por tanto, como precursores de la democracia, cuando en realidad no lo habían sido. A partir de aquí, Luzzato estudia a los partisanos del Valle de Aosta y la suerte de los fascistas de la República de Salò, despojándose de ideología, sin ver santos ni monstruos, sino hombres enfangados en una guerra civil.

El estudio muestra tanto la distancia generacional con un régimen, el de la República de 1947, que necesitaba una invención histórica para echar al olvido facetas de su pasado colectivo e individual, como el acercamiento al pasado sin lastres, sin buscar argumentos recreados ad hoc para justificar el presente o legitimar ideas o actividades políticas.

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