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Salter, el prosista de la palabra exacta

Este domingo a muerto James Salter, autor de Años Luz, Juego y distracción o la posterior Todo lo que hay.

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Este domingo a muerto James Salter, autor de Años Luz, Juego y distracción o la posterior Todo lo que hay.
James Salter | Corbis

El escritor estadounidense James Salter, maestro de prosa sofisticada, ha muerto este sábado 20 de junio a los 90 años de edad en Sag Harbor (Nueva York). Su esposa, Kay Eldredge, confirmó la luctuosa noticia al diario The New York Times.

Casado dos veces y con cinco hijos, Salter descubrió que quería ser escritor durante su tiempo en el Ejército estadounidense, que abandonó en 1957, años después de graduarse en la academia militar West Point y ser piloto durante la guerra de Corea.

El miembro más longevo de la generación de Richard Yates o Jack Kerouac, fue considerado maestro por Richard Ford. Lejos de obsesionarse con ser prolífico, Salter trabajaba despacio y con cuidado, y a lo largo de su vida solo publicó seis novelas y dos colecciones de relatos.

El barniz del tiempo ha revalorizado su obra, jalonada con grandes títulos como Años Luz o Juego y distracción, o la posterior Todo lo que hay.

Su novela más famosa sigue siendo A sport and a pastime (Un deporte y un pasatiempo), obra corta publicada en 1967 sobre una intensa aventura amorosa en Francia que hoy se considera un clásico de la literatura erótica. La sensualidad marcó esta novela. En una entrevista afirmaba: "El sexo es para mí algo de una importancia inmensa, pero del tipo de importancia que brota de manera natural, que no genera preguntas". Mujeriego empedernido, pensaba que "las nuevas generaciones tienen que lidiar con un tipo de mujer que a mí me intimidaría, mucho más preparada y desafiante".

En abril de 2014, Salter confesaba en una entrevista con la agencia Efe, poco después de publicar All That Is (Todo lo que hay), su primera novela desde 1979, que sus ideas no habían cambiado mucho a lo largo de los años, "pero sí mi manera de escribir. He dejado deliberadamente la filosofía atrás, he escrito más directo, sin metáforas. Con la edad la poesía desaparece, se pierde la capacidad para la sorpresa y el asombro. Pero la energía la tengo". El escritor nacido en Manhattan en 1925, aseguraba en aquella entrevista que seguía pensando lo mismo que escribió en 1975 en su novela Años luz: "Que la vida deja en la antesala al conocimiento y se rinde a la pasión, la energía y la mentira".

El tiempo era, quizá, el gran protagonista de su obra. Su paso inexorable sobre los principios, las pulsiones, los afectos y las verdades de sus personajes, siempre atrapados entre el impulso visceral y la responsabilidad moral. En la cuerda floja entre la libertad y el egoísmo. "Estamos tan influenciados por los que nos rodean, sobre lo que esperan que seas, que se enmaraña todavía más la perspectiva sobre tu identidad. Al final, todo se reduce a preguntarte si estás satisfecho", decía. Él, al final de sus días, se describía así: "Plácido y satisfecho, pero todavía con inquietudes".

May Britt y Robert Mitchum en 'The Hunters'

Su primera novela fue la transición de un mundo a otro, The Hunters, sobre su experiencia bélica, fue entonces cuando decidió cambiar su nombre al de James Salter. Luego empezó a escribir historias menos autobiográficas tanto para el cine como para la literatura.

Siempre le quedó el uso de las palabras con la precisión de su mejor disparo, pues no en vano su prosa fue calificada por los críticos como de "le mot juste" (la palabra exacta), manejando nombres tan distintos como Ernest Hemingway, Henry Miller, André Gide y Tom Wolfe como referentes y sirviendo a su vez como influencia a Richard Ford.

Galardones

Recibió varios reconocimientos por sus relatos cortos. Ganó el PEN Book Award por la colección Dusk y otros relatos (1988) y dos homenajes por las historias breves escritas a lo largo de su carrera: el premio Rea y el premio PEN/Malamud.

En 2012 fue candidato al premio Pen Malamaud y en 2013 recibió el premio Whindham Campbell de Literatura. En 2014, Salter fue candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que finalmente fue a parar al irlandés John Banville.

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