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El rey está desnudo

Carlos Reyero, catedrático de Historia del Arte, analiza en su libro 'Monarquía y romanticismo' la propaganda de los liberales para hilar a los reyes con el nuevo Estado y la nación.

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Isabel II | Internet

La política popular siempre ha ido del brazo de las emociones, no de la razón. Lo emocional no procede tan solo de esas grandes palabras que pueden ser pronunciadas por cualquiera con significado distinto, sino de las imágenes. La imagen es, y ha sido, el instrumento político más poderoso para la movilización. Llegaba a todo el mundo, fuera letrado o analfabeto, razonable o visceral. El dominio de la comunicación articuló la revolución norteamericana de 1776, y la francesa de 1789. Unió a los dispersos italianos del XIX en una nación imaginada. Quebró la monarquía en España en 1931, tras casi cien años de propaganda basada en imágenes creadas por la literatura, el arte y la política, sin que hubiera detrás una teoría constitucional de la república. Por tanto, caeríamos en el adanismo más enternecedor si nos asombráramos hoy del éxito de Podemos por su manejo eficiente de la comunicación: desde la coleta y camisa remangada, hasta la jerga, los ademanes, o las performances políticas de teatro de bachillerato.

La imagen creada por la oposición siempre ha sido más poderosa que la institucional en la edad contemporánea. ¿De qué valen los actos oficiales de un Rey, un Presidente o un alcalde cuando se moviliza a la opinión pública con imágenes sobre su corrupción o negligencia? La comunicación, o propaganda, trabaja sobre la cultura popular, porque cualquier régimen representativo, como escribió Jefferson hace más de doscientos años, no descansa sobre un Parlamento, sino sobre la opinión pública y la sociedad civil.

Portada del libro

En la construcción de los Estados nacionales en Occidente, la imagen fue un elemento básico. Era preciso crear emociones que vincularan al régimen, con sus directores y la nación a través de imágenes que evocaran valores y sentimientos, ideas y actitudes útiles para diseñar una sociedad sobre la que construir una nueva forma política. En el caso español fueron los liberales, de un extremo al otro, los que procuraron hilar a los reyes con el nuevo Estado y la nación, rodeando la imagen de los monarcas de los valores más adecuados a cada momento.

Esta propaganda institucional es la que ha estudiado Carlos Reyero, catedrático de Historia del Arte, en su libro Monarquía y romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873. La obra repasa la construcción oficial de la imagen de los reyes desde Fernando VII a Amadeo de Saboya. Lo cierto es que la palabra "hechizo" del subtítulo quizá no esté bien elegida al tenor de las conclusiones: la propaganda institucional no sirvió para mantener sus coronas, y el republicanismo fue aumentando. Veámoslo.

Fernando VII retratado por Goya

Fernando VII solo fue "el Deseado" en sus años de rey imaginado. Los patriotas de la Guerra de la Independencia forjaron una imagen del Borbón acorde con las necesidades bélicas y políticas del momento, aunque está más que demostrado que desconfiaban de él, e incluso que le despreciaban por su cobardía y connivencia con Napoleón. Durante su reinado efectivo, entre 1814 y 1833, la propaganda oficial consistente en visitas, inauguraciones y actos, entre otras cosas, no sirvieron para crear un vínculo sentimental positivo del pueblo con su rey. Todo lo contrario. A partir de 1833, se impuso el mote de "el rey felón" que le adjudicaron los liberales escarmentados. Y así sigue.

El caso de la propaganda institucional sobre Isabel II, bien descrito por Carlos Reyero, es el más interesante por su evolución, tanto como por el contraste con la creación de la imagen negativa de la reina, aspecto básico que no está presente en su libro. A partir de 1833, la reina niña fue el "iris de paz" y la "alumna de la libertad", pero todo se quebró a partir del aciago matrimonio con su primo Francisco de Asís. A partir de ahí, la propaganda institucional, que intentó relanzarse entre 1858 y 1865, fue totalmente inútil. La imagen que se creó de mujer casquivana, adúltera y meapilas sepultó el sentimiento borbónico y alimentó el odio contra la Familia Real, al tiempo que daba pábulo a un republicanismo indefinido.

Amadeo de Saboya

El colofón a esa imagen, que ciertamente encajaba más con la realidad, lo pusieron Galdós, con la "reina de los tristes destinos", y Valle-Inclán, con el esperpento de "la corte de los milagros". Nadie se acuerda ya de la imagen institucional frente a la fuerza de la imagen popular. Lo mismo ocurre con Amadeo I de Saboya, objeto de las burlas de los españoles incluso antes de que pisara la Península, cuando se estrenó una comedia titulada "Macarroni I", en un teatro de Madrid. No hace falta más que ver las caricaturas satíricas –desgarbado y enjuto, con una corona y un bigote demasiado grandes- que le dedicó el periódico La Flaca. Daba igual lo campechano y burgués que se mostrara el italiano porque los españoles se movían ya por imágenes que les provocaban rechazo y falta de respeto.

La obra de Carlos Reyero, no obstante, resulta útil para conocer el otro lado, el del esfuerzo de los gobernantes para crear una imagen integrante del discurso oficial, sin olvidar que la gente sabe que debajo de la ropa el rey está desnudo.

Carlos Reyero, Monarquía y romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873, Madrid, Siglo XXI, 2015, 352 págs. 18€

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