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Freud, el celebérrimo doctor de leyenda... negra

Este 6 de mayo se cumplen 160 años de su nacimiento. Así eran las neurosis del padre del psicoanálisis.

Santiago Navajas
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Freud, el celebérrimo doctor de leyenda... negra
Sigmund Freud mirando su propio busto realizado por Nemond | Cordon Press

El psicoanálisis es el equivalente entre la gente de clase media-alta de la homeopatía. En realidad, es una medicina alternativa (para el "alma"). Del mismo modo que con la acupuntura o las dietas macrobióticas, no hay ningún estudio científico que lo corrobore y son infinitos los ejemplos de mala praxis profesional y de abuso de los pacientes, a los que se les cobran unos emolumentos disparatados por tumbarse en divanes cubiertos de tapices persas durante un tiempo indefinido.

Portada del libro

Sobre cómo es posible que tan pocos engañaran a tantos, existen dos ensayos en forma de biografía sobre cuándo se jodió Sigmund Freud (1856-1939). En uno de los lados del ring tenemos al deconstructor de Freud, el filósofo nietzscheano y socialista libertario Michel Onfray. En la otra esquina del cuadrilátero, la sacerdotisa encargada de seguir manteniendo viva la llama, y la fuente de ingresos, del psicoanálisis, la freudiana Elisabeth Roudinesco. El título de Onfray es una declaración de intenciones y también de guerra: Freud: El crepúsculo de un ídolo.

El de Roudinesco constata desde el principio que ella ha venido a defender a su ídolo, a salvar lo que se pueda del chiringuito psicoanalítico en la era de la neurología: Freud. En su tiempo y en el nuestro.

Roudinesco trata de disculparlo pero de hecho termina por reducirlo a una especie de Darth Vader de la psiquiatría, reconvertida en una mescolanza indigesta entre saber racional y pensamiento salvaje, entre medicina del alma y técnica de la confesión, entre mitología y práctica terapéutica:

En realidad, ponía en práctica algo totalmente distinto: una revolución de lo íntimo originada en la Ilustración oscura y el romanticismo negro, una revolución a la vez racional y obsesionada por la conquista de ríos subterráneos.

De las páginas de Roudinesco emerge un Freud al que aplicándole su propio análisis basado en la sospecha resulta un paranoico que confundía las críticas propias del entorno científico con persecuciones de índole personal

Freud recibió severas críticas (...) estos juicios lo sumieron en una fuerte amargura y lo indujeron a concebir, como más adelante lo harían sus hagiógrafos, la idea de que lo detestaban debido a sus geniales innovaciones de sabio solitario.

Un neurótico que somatizaba sus innumerables traumas infantiles con migrañas, insomnios y estreñimientos; un narcisista compulsivo que se comparaba con Aníbal, con Jesús, con Sócrates; un mitómano que hacía interpretaciones delirantes de las tragedias de Sófocles o Shakespeare, convirtiendo a Edipo o Hamlet en espejos de sus propios complejos y síndromes.

Freud en su despacho

El psicoanálisis, según el retrato que traza involuntariamente Roudinesco, no es más que un espejo de la mente retorcida e histérica del propio Freud, que se jodió en el tránsito desde su maestro Charcot a su cómplice Fliess. El primero le había advertido de que "la teoría, aun la más pertinente, es impotente frente a una realidad que la contradecía" o que "la teoría es buena, pero eso no impide que las cosas sean como son".

Del mismo modo, su primer compañero en el desvelamiento de la enfermedad mental, Breuer, era un "profesional riguroso, deseoso de verificación experimental, dudaba de todo, formulaba sin cesar reservas sobre sus propias hipnosis y aconsejaba a Freud la mayor de las prudencias". Lo que llevó a Freud a romper con él y echarse en brazos del majadero de Fliess fue que

Freud no toleraba que lo contradijera un hombre que había sido su benefactor. Deseoso de afirmarse en un momento en que se expandía su pasión por Fliess, e incapaz de dominar su orgullo, transformó una vez más al amigo íntimo en su enemigo.

Keynes escribió de Newton que más que el primer de los científicos modernos habría que considerarlo el último de los magos. De las ciencias naturales. Porque en el reino de las ciencias humanas, tal "homenaje" habría que reservarlo para Freud al que en la familia de Anna von Lieben, una de sus primeras víctimas-pacientes, denominaban precisamente "der Zauberer" (el mago). Por supuesto, a Anna, como a ninguno de sus otros pacientes (ni Bertha Pappenheim, ni Fanny Moser, ni Aurelia Öhm, ni Anna von Lieben, ni Ilona Weiss), logró curarla jamás.

Freud y familia

Lo describe Roudinesco como perteneciente "a la prolongada estirpe de sabios prometeicos puestos en valor por la literatura romántica", es decir, una mezcla de doctor Frankenstein, doctor Fausto y doctor Moreau. Por ejemplo, Fliess, el "Kepler de la medicina" como lo llamaba Freud, operó de la nariz a una paciente de su amigo, colega, admirador: "Entre 1892 y 1895 la joven y bella Emma Eckstein fue la principal víctima de los intercambios clínicos y las divagaciones teóricas de Fliess y Freud". El resultado fue una carnicería a medio camino de La matanza de Texas (1974) de Tobe Hopper e Inseparables (1988) de David Cronenberg.

La clave está en que Freud abandonó su proyecto de

referir a un modelo neurofisiológico el conjunto del funcionamiento psíquico, tanto normal como patológico: el deseo, los estados alucinatorios, las funciones del yo, el mecanismo del sueño, etc.

lo que pasó a ser catalogado, lo que parece estupendo a Roudinesco, como "mitología cerebral". Es decir, abandonó la ciencia médica en sentido estricto -a la que catalogó como "delirio, balbuceo y galimatías"- para pasarse al reverso tenebroso de la "medicina alternativa", ya que la duda como talante y la refutación como método de la ciencia le habrían cortado las alas a sus delirios de grandeza y sus interpretaciones barriobajeras.

La adoración de Roudinesco por Freud es equivalente a la que podemos rastrear en el filósofo esloveno Slavoj Zizek por Lenin o el economista griego Varoufakis por Marx. Y su biografía es algo parecido a lo que podría ser la vida de Hugo Chávez escrita por Pablo Iglesias. Es valiosa si se es capaz de separar el grano de la información que proporciona la autora francesa de sus interpretaciones torticeras, entre la hagiografía y el cuento de hadas. O, mejor dicho, de ogros.

Freud. En su tiempo y en el nuestro. Élisabeth Roudinesco. Traducción de Horacio Pons. Debate. Barcelona, 2015. 608 páginas.

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