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El Coyote

El Coyote, o don César de Echagüe, que tanto monta, fue arrojado a la arena de la literatura en 1944 por José Mallorquí Figuerola, barcelonés de 1913, uno de los novelistas en lengua castellana más prolíficos y populares del siglo XX.

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El Coyote | Cartel de la Exposición 'Antifaz' en Matadero Madrid

El Coyote. José Mallorquí. No son poca cosa esos nombres propios. Recuerdo un artículo de Juan Tébar, quién sabe dónde publicado, en el que se buscaban antecedentes a la figura del petimetre que luego resulta ser un héroe, entre ellos la célebre Pimpinela Escarlata de la Baronesa d’Orczy.

El Coyote, o don César de Echagüe, que tanto monta, fue arrojado a la arena de la literatura en 1944 por José Mallorquí Figuerola, barcelonés de 1913, uno de los novelistas en lengua castellana más prolíficos y populares del siglo XX. Y digo "populares" por emplear el adjetivo que suele acompañar a este tipo de autores, sin que ello signifique que la llamada "literatura popular" sea algo así como una segunda división respecto de la otra literatura, la que no es —presuntamente— popular, o sea, la llamada "gran" literatura, especializada en aburrir a las mismísimas ovejas. En el mundo de las letras no hay alta ni baja literatura. Hay solo buena y mala literatura. Y la que nos legó José Mallorquí rebasa los límites de la bondad para acercarse a los de la optimidad (si me permiten el palabro).

A la novela inicial de la saga del Coyote, titulada precisamente La vuelta del "Coyote" —cuya primera edición en Ediciones Clíper tengo sobre la mesa, con preciosa cubierta de Francisco Batet, el ilustrador por excelencia del personaje—, le siguieron cerca de doscientos títulos más, lo que puede dar una idea de la implantación del Coyote en el imaginario de los españolitos y españolitas de posguerra. Una implantación que sigue viva hoy, más de setenta años después, en este mundo cibernético y deshumanizado que nos ha tocado habitar: los mitos que hunden sus raíces en el subconsciente colectivo de un pueblo, en eso que los románticos alemanes llamaron Volksgeist, permanecen contra viento y marea en nuestras entretelas más íntimas y no mueren nunca del todo.

Admiro profundamente la persona y la obra de José Mallorquí. Junto a las innegables virtudes de su prosa, que reúne eficacia, corrección y lirismo, quienes amamos por igual las letras y la vida hemos de agradecerle que pusiera en el mundo, con la decisiva colaboración de su esposa, Leonor del Corral, a César Mallorquí, uno de los narradores más brillantes que tenemos hoy en España. Si nos fijamos en la antroponimia de la saga coyotesca, veremos que coincide en parte con la de la familia Mallorquí: su hijo César lleva el nombre del justiciero californiano, y la prometida del Coyote se llama Leonor, como la mujer del novelista (para ser más exactos, Leonor de Acevedo, lo que conduce a territorios claramente borgianos, pues así se llamaba la madre del autor de Ficciones). Admiro, asimismo, en el creador del Coyote el hecho de que se volara la tapa de los sesos en otoño de 1972, desconcertado y malherido ante la muerte de su esposa: el suicidio nunca me ha parecido una señal de cobardía, sino una muestra de coraje.

Recuerdo con nitidez cómo fui hace casi veinte años al cine, a ver El Coyote, la película que estrenó en 1998 Mario Camus. Me acompañaban mis hijos Álvaro e Inés. Una película, por cierto, fidelísima al original que contaba con mi admirado César Mallorquí como guionista y con un espléndido José Coronado en el papel de César de Echagüe. Buenos actores (con la sola excepción de Mar Flores, que no podía estar peor), buen director, buen guionista, buena fotografía, buena puesta en escena, buen vestuario. Les recomiendo que la vean. Seguro que está en DVD. Acostumbrados a la murga de que los españoles somos malos o tontos, o las dos cosas a la vez (no hay más que ver películas como El Halcón del Mar, de Michael Curtiz, o Piratas, de Polanski, para convencernos de ello), toparse con un film en que no somos los villanos, sino los héroes, viene muy bien para restaurar el orgullo patrio, sobre todo ahora que Nadal ya no es el de antes y se lesiona con frecuencia.

Mallorquí describe a su personaje más o menos así: un hombre alto, vestido de oscuro, al modo de los charros mexicanos, con un pantalón ajustado, embutido en unas altas botas y sujeto por una ancha faja de seda roja, sobre la cual se ve un cinturón del que penden dos pistoleras, mano enguantada en negro, camisa blanca bajo la adornada chaquetilla, negro antifaz que cubre la parte superior de su rostro, dejando al descubierto unos ojos implacables. Con tipos como ese en California se hablaría tan solo en castellano.

Hace ya unos años que la estupenda colección de novela popular reunida por Fernando Eguidazu está asociada a la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Una de las estrellas de esa colección es, sin duda, José Mallorquí, cumbre máxima de la prosa popular española del siglo pasado. La Fundación GSR, partiendo de la colección Eguidazu, ha organizado una exposición, rotulada Antifaz, sobre la vida y la obra del autor del Coyote, ha auspiciado un ciclo de conferencias sobre el autor barcelonés y ha encargado a Elena González y a José Luis Martínez Montalbán que coordinen un libro colectivo, El hombre tras la máscara, subtitulado José Mallorquí: su escritura y su tiempo, que está a punto de ver la luz.

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