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Amando de Miguel

Don Pío en zapatillas

No es la imagen estereotipada de don Pío Baroja. Realmente lo conocí de esa guisa, con boina, pantalones caídos y zapatillas de fieltro.

Amando de Miguel
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No es la imagen estereotipada de don Pío Baroja. Realmente lo conocí de esa guisa, con boina, pantalones caídos y zapatillas de fieltro.
Cordon Press

Tenía yo 14 años. Vivía en San Sebastián. Compartía con otros amigos cierta afición literaria. Juntos planeamos un día presentarnos en la casa solariega de don Pío en Vera de Bidasoa. Nos recibió encantado y pasamos toda la tarde con él. Le llevé un Aviraneta de la Austral y me lo dedicó con su estilográfica Parker de lujo, seguramente algún regalo. Pero la pluma no la cargaba, sino que la mojaba en un tintero. Comentó chinchorrero que "estos chismes modernos de las estilográficas son una lata". Nos enseñó con detalle su biblioteca, que nos fascinó. El sancta santorum era la colección de libros sobre brujas. Nos desveló su frustración: no saber el ruso para leer a sus autores favoritos.

Hasta aquí el recuerdo lejano. La visita al caserío de Vera prendió en mí el deseo de llegar a albergar una gran biblioteca y a escribir novelas. Tarde muchos años en realizar ambos sueños. Dos grandes autores me influyeron sobremanera, uno bilbaíno, el otro donostiarra: Unamuno y Baroja. Don Miguel me cautivó por su acicalado disenso respecto a lo establecido; don Pío por el manejo de frases cortas y a la pata la llana. Tendría que añadir la tercera influencia de otro del 98, el alavés Ramiro de Maeztu y su "sentido reverencial del dinero". Viene a ser la versión vascongada de la ética protestante de Max Weber. Coincide también con mi manera de ver el mundo. Ya es triste que los tres grandes escritores vascos no hayan sido reconocidos como se merecen en sus respectivas provincias de nación. Y es que los tres fueron contrarios al vizcaitarrismo (el independentismo de su tiempo). Nadie es profeta en su tierra.

Se ha dicho todo sobre el talante misógino de don Pío, pero no es porque despreciara a las mujeres, sino porque desconfiaba del género humano sin distinción de sexos ni de clases. En sus Memorias (Desde la última vuelta del camino, escritas muchos años antes de su final) no queda títere con cabeza. Solo se salvan circunstancialmente Azorín y José Ortega y Gasset, por razones que no quedan claras. La desconfianza del prójimo, con ser un rasgo muy español, facilita el trabajo del escritor al procurarle distancia. Respecto a la tópica misoginia de don Pío añadiré que los caracteres femeninos quedan retratados magistralmente en sus novelas. La misma paradoja ocurre con Galdós, otro solterón vocacional.

Hay autores que ganan con el tiempo. Baroja es uno de ellos. Hoy se le perdonan fácilmente los posibles yerros que le endilgó la crítica de su tiempo: su ambivalencia política, los vasquismos y los vulgarismos que introduce en su lenguaje. Por encima de tales escrúpulos, que suelen acompañar a los escritores con pocos lectores, el donostiarra es un gigante de nuestro parnaso novelístico. Sobre su hombros habrá que alzarse para contemplar el espectáculo humano.

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